Archive for 31 agosto 2013

Parábola de los talentos

Del santo Evangelio según san Mateo 25, 14-30

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: Un hombre que se iba al extranjero llamó a sus siervos y les encomendó su hacienda: a uno dio cinco talentos, a otro dos y a otro uno, a cada cual según su capacidad; y se ausentó. enseguida, el que había recibido cinco talentos se puso a negociar con ellos y ganó otros cinco. Igualmente el que había recibido dos ganó otros dos. En cambio el que había recibido uno se fue, cavó un hoyo en tierra y escondió el dinero de su señor. Al cabo de mucho tiempo, vuelve el señor de aquellos siervos y ajusta cuentas con ellos. Llegándose el que había recibido cinco talentos, presentó otros cinco, diciendo: Señor, cinco talentos me entregaste; aquí tienes otros cinco que he ganado. Su señor le dijo: ¡Bien, siervo bueno y fiel!; en lo poco has sido fiel, al frente de lo mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor. Llegándose también el de los dos talentos dijo: Señor, dos talentos me entregaste; aquí tienes otros dos que he ganado. Su señor le dijo: ¡Bien, siervo bueno y fiel!; en lo poco has sido fiel, al frente de lo mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor. Llegándose también el que había recibido un talento dijo: Señor, sé que eres un hombre duro, que cosechas donde no sembraste y recoges donde no esparciste. Por eso me dio miedo, y fui y escondí en tierra tu talento. Mira, aquí tienes lo que es tuyo. Mas su señor le respondió: Siervo malo y perezoso, sabías que yo cosecho donde no sembré y recojo donde no esparcí; debías, pues, haber entregado mi dinero a los banqueros, y así, al volver yo, habría cobrado lo mío con los intereses. Quitadle, por tanto, su talento y dádselo al que tiene los diez talentos. Porque a todo el que tiene, se le dará y le sobrará; pero al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará. Y a ese siervo inútil, echadle a las tinieblas de fuera. Allí será el llanto y el rechinar de dientes. 

Oración introductoria

Señor, gracias por los talentos que me has dado. No permitas que la apatía o el desánimo me lleven a enterrarlos o a utilizarlos para mi beneficio personal. Ilumina mi oración, permite que me acerque a Ti con confianza y con un corazón sincero, para desprenderme de mi voluntad y unirme más a la tuya.

Petición

Padre, ayudanos a comprender que lo que se nos ha dado se multiplica dándolo. Es un tesoro que hemos recibido para gastarlo, invertirlo y compartirlo con todos.

Meditación del Papa

Al volver a casa, el amo pide cuentas a los servidores de lo que les había confiado y, mientras se complace con los dos primeros, se queda desilusionado con el tercero. Aquél servidor, en efecto, que mantuvo escondido el talento sin revalorizarlo, hizo mal sus cálculos: se comportó como si su amo ya no fuera a regresar, como si no hubiera un día en el que le pediría cuentas de su actuación. Con esta parábola, Jesús quiere enseñar a los discípulos a usar bien sus dones: Dios llama a cada hombre a la vida y le entrega talentos, confiándole al mismo tiempo una misión que cumplir. Sería de tontos pensar que estos dones se nos deben, así como renunciar a emplearlos sería menoscabar el fin de la propia existencia. Comentando esta página evangélica, san Gregorio Magno nota que a nadie el Señor le hace falta el don de su caridad, del amor. Escribe: “Por esto es necesario, hermanos míos, que pongáis todo cuidado en la custodia de la caridad, en toda acción que tengáis que realizar”. (Benedicto XVI, 13 de noviembre de 2011).

Reflexión

Los talentos no sólo representan las pertenencias materiales. Los talentos son también las cualidades que Dios nos ha dado a cada uno.

Vamos a reflexionar sobre las dos enseñanzas del evangelio de hoy. La primera alude al que recibió cinco monedas y a su compañero, que negoció con dos. Cada uno debe producir al máximo según lo que ha recibido de su señor. Por eso, en la parábola se felicita al que ha ganado dos talentos, porque ha obtenido unos frutos en proporción a lo que tenía. Su señor no le exige como al primero, ya que esperaba de él otro rendimiento.

Igualmente se aplica a nosotros, según las posibilidades reales de cada individuo. Hay personas que tienen gran influencia sobre los demás, otras son muy serviciales, otras, en cambio, son capaces de entregarse con heroísmo al cuidado de personas enfermas, los hay con una profesión, con un trabajo, con unos estudios, con una responsabilidad concreta en la sociedad…

Pero puede darse el caso del tercer siervo del evangelio: no produjo nada con su talento. A Cristo le duele enormemente esa actitud. Se encuentra ante alguien llamado a hacer un bien, aunque fuera pequeño, y resulta que no ha hecho nada. Eso es un pecado de omisión, que tanto daña al corazón de Cristo, porque es una manifestación de pereza, dejadez, falta de interés y desprecio a quien le ha regalado el talento.

Analiza tu jornada. ¿Qué has hecho hoy? ¿Qué cualidades han dado su fruto? ¿Cuántas veces has dejado sin hacer lo que debías?

Propósito

Señor, qué fácilmente olvido lo fugaz y lo temporal de esta vida. En vez de buscar multiplicar, en clave al amor a los demás, los numerosos talentos con los que has enriquecido mi vida, frecuentemente me dejo atrapar por el camino fácil de la comodidad o la ley del menor esfuerzo. Concédeme la gracia de saber reconocer y multiplicar los dones recibidos

Pobres riquezas y ricas pobrezas

Pobres riquezas y ricas pobrezas

Mc 10, 17-30 Cuando salía para ponerse en camino, vino uno corriendo y, arrodillado ante él, le preguntó:

—Maestro bueno, ¿qué debo hacer para conseguir la vida eterna?
Jesús le dijo:

—¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino uno solo: Dios. Ya conoces los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no dirás falso testimonio, no defraudarás a nadie, honra a tu padre y a tu madre.

—Maestro, todo esto lo he guardado desde mi adolescencia –respondió él.
Y Jesús fijó en él su mirada y quedó prendado de él. Y le dijo:

—Una cosa te falta: anda, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo. Luego, ven y sígueme.
Pero él, afligido por estas palabras, se marchó triste, porque tenía muchas posesiones.
Jesús, mirando a su alrededor, les dijo a sus discípulos:

—¡Qué difícilmente entrarán en el Reino de Dios los que tienen riquezas!

Los discípulos se quedaron impresionados por sus palabras. Y hablándoles de nuevo, dijo:

—Hijos, ¡qué difícil es entrar en el Reino de Dios! Es más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el Reino de Dios.

Y ellos se quedaron aún más asombrados diciéndose unos a otros:

—Entonces, ¿quién puede salvarse?
Jesús, con la mirada fija en ellos, les dijo:

—Para los hombres es imposible, pero para Dios no; porque para Dios todo es posible.
Comenzó Pedro a decirle:

—Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido.
Jesús respondió:

—En verdad os digo que no hay nadie que haya dejado casa, hermanos o hermanas, madre o padre, o hijos o campos por mí y por el Evangelio, que no reciba en este mundo cien veces más en casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y campos, con persecuciones; y, en el siglo venidero, la vida eterna.

Entre las muchas enseñanzas de Jesucristo que podemos meditar a partir de los versículos de san Marcos, consideremos esa evidente disparidad de criterios, acerca de la verdadera riqueza, entre Jesús y el personaje que le abordó en esa ocasión. Aquel hombre, que con su mejor buena voluntad pregunta al Señor por lo que debe hacer para conseguir la vida eterna.

Notemos, para empezar, que lo que parece en un primer momento una excelente disposición, por su parte –llamando a Jesús Maestro bueno y postrándose ante Él– es, sin embargo, un tanto aparente. De hecho, esos gestos y esas palabras iniciales que deberían manifestar un lógico sometimiento a Jesús, no se mantienen cuando el Señor le indica lo que en concreto debe hacer para conseguir la vida eterna. Parece que este hombre desiste de su sumisión al Salvador, ya no lo considera Bueno, cuando no le agrada lo que Jesús le propone.

Si nos fijamos en la escena, contemplamos a un hombre de esos que podríamos decir que lo tienen todo en la vida. Tenía muchas posesiones, afirma el evangelista, y, sin embargo, reconoce también que aún no tiene lo verdaderamente importante. Así lo manifiesta con toda franqueza, pues, corriendo se arrodilla ante Jesús suplicante y reconociéndose necesitado. Sus riquezas parece que les saben a poco, sus muchas posesiones no son capaces de colmar sus deseos.

¡Qué razonable es, por tanto, la respuesta del Maestro! Animándole a desprenderse de sus posesiones, le confirma en lo que ya estaba notando, y por eso se decidió a acudir a Cristo: que todo aquello con lo que pretendía llenar su vida, no tenía de suyo capacidad para satisfacerle. Estaba ocupado, afanado, en unos bienes tan pequeños, que por muchos que fueran, serían siempre insuficientes para él.

Sin embargo, las posesiones –muy numerosas, posiblemente– ocupaban casi completamente sus afanes, su interés: su cabeza y su corazón. Era, por eso, imposible que pusiera de verdad sus capacidades al servicio de la vida eterna que pretendía lograr, manteniéndolas en la práctica empeñadas en sus cosas. Aquel hombre rico, porque tenía muchas posesiones, estaba condenado a sentirse pobre, insatisfecho, por no querer desprenderse de lo que, siendo atractivo de suyo, también y ante todo le quitaba libertad.

Jesús le aconseja, en efecto, que se quede libre de lo que le ocupa, para entregarse a bienes mayores: tendrás un tesoro en el cielo, le dice. Con tal ofrecimiento, le manifiesta Jesús que Él es efectivamente el Maestro bueno, como había presumido el hombre hacía un instante. Ningún otro, si no sólo Cristo, podía ofrecerle una riqueza de tanto valor. Pero la bondad del Señor, que es infinita, no quiere violentar la libertad de nadie, y el que parecía dispuesto a todo decide no confiar en esa bondad, aunque la había proclamado un momento antes.

Sin duda, fue muy consciente de su incoherencia, y por eso no soportó la mirada de Jesús, a pesar de que le había contemplado con inmenso cariño: quedó prendado de él, dice el evangelista. La ruptura interior se manifiesta en su rostro, pues, se marchó triste. El apego a sus cosas ganó, en aquella ocasión, la batalla a su generosidad y a la confianza que Jesús reclamaba. Podemos pensar que tenía tan en primer término las posesiones, que es incapaz de advertir el valor inigualable de proyecto vital que Jesús le ofrece. Pues, además de haberle prometido un tesoro para el cielo, le otorga el inmenso privilegio de poder seguirle y participar de su divina misión. Hubiera sido otro de los Apóstoles, pues, como a los demás le dijo: ven y sígueme.

No es, ciertamente, pequeña la riqueza que promete Dios a cuantos deciden serle fieles. Además, aunque sea necesario no poner como primer objetivo de la vida los bienes materiales, no se trata tanto de una renuncia cuanto de una condición para mantener la libertad, y así poder optar a la gran dignidad de ser apóstol y recibir luego el tesoro del Cielo.

Santa María, nuestra Madre, nos anima con su ejemplo: Reina en el Cielo y, en la tierra, feliz como nadie por que en Ella se fijó el Señor

Los hijos y las riquezas

Los hijos y las riquezas

Los economistas juzgan desde dos perspectivas distintas la demografía de los pueblos. Según la primera, el aumento de hijos y el aumento de población lleva consigo al aumento de la pobreza. Según la segunda, el aumento de hijos y de la población genera riqueza y bienestar.

Para la primera perspectiva el aumento de bocas y de manos exige dividir el patrimonio. Como los bienes materiales son escasos, es obvio que el número mayor de seres humanos genera una disminución de réditos, de bienestar, de alimentos y energía “per capita”. En definitiva, provoca mayores problemas al disminuir los ingresos personales y aumentar la pobreza.

En esta óptica, reducir el número de hijos sería un paso necesario para lograr un mejor nivel de vida. Uno de los lemas clásicos de esta teoría es que “la familia pequeña vive mejor”. O, sin ser lema, se piensa que el desarrollo de los pueblos pasa a través de un férreo sistema de control demográfico.

En la segunda perspectiva, la llegada de más hijos genera el deseo de aumentar la productividad, de conseguir nuevas fuentes de energía, de racionalizar la vida agrícola para conseguir mejores rendimientos a menor costo. La llegada de una numerosa generación de hombres y mujeres jóvenes implica, además, el aumento del “potencial humano”, un incremento de la densidad de población, una mayor cercanía entre los individuos y un dinamismo productivo que eleva el nivel de vida de todo un pueblo.

Salta a la vista que la presentación es sumamente pobre y que ha dejado de lado, intencionalmente, una enorme cantidad de factores que hay que tener en cuenta para ver si el número de hijos beneficia o perjudica a un determinado pueblo.

Entre los muchos elementos que habría que recordar, estarían los siguientes: el clima, la cantidad de agua potable y no potable disponible, las fuentes de energía, las materias primas, la calidad de la tierra, las costumbres y los modos de comportarse que influyen en la vida económica de la gente: vicios o virtudes, capacidad de ahorro o despilfarro, corrupción administrativa u honestidad política, sistema fiscal, eventuales epidemias, relaciones con los países fronterizos, existencia o no de deudas, leyes en vigor, convicciones éticas y religiosas, conflictos armados o luchas raciales, etc.

Hay que señalar que en estas perspectivas (la contraria y la favorable a la llegada de los hijos) se esconde un peligro que llega a ser, en muchos casos, una triste realidad: valorar a los hijos sólo en función del beneficio o del daño que puedan ofrecer al sistema económico.

En la segunda perspectiva, que goza hoy día con pocos defensores “visibles”, sería bueno promover la natalidad para mejorar la economía. Con ello se corre el riesgo de valorar al hijo sólo en cuanto fuente de bienestar y de progreso, o de ver la familia como si fuese una pequeña industria que proporciona obreros y consumidores a un determinado estado.

En la primera perspectiva, que tiene muchos y poderosos partidarios, la natalidad debería ser reducida, a cualquier precio, en función de la búsqueda de un bienestar cada vez más elevado, aunque sea ofrecido a menos personas.

Existen, desde la lógica antinatalista, pueblos en los que ha llegado a ser norma obligatoria la ley del “hijo único”. Como si tener más hijos fuese un delito contra el estado, como si la transmisión de la vida fuese algo que deciden las autoridades públicas y no el amor entre los esposos.

En otros pueblos, los gobiernos promueven campañas masivas para esterilizar a las mujeres o a los hombres, o para ofrecer un acceso fácil a medios anticonceptivos y abortivos, en orden a reducir drásticamente las tasas de natalidad. En otros lugares se ha llegado a la legalización del aborto con pretextos engañosos (promover la libertad y emancipación de la mujer, tutelar la “salud reproductiva”), cuando en el fondo lo que se desea es eliminar a los hijos para que la población no aumente.

Señalemos, por lo tanto, el error de fondo que es común a estas dos perspectivas: considerar que una vida vale si genera riqueza, y deja de valer si genera pobreza.

En realidad, es falso pensar que los hijos son valiosos si ayudan al sistema económico, o dejan de serlo si se convierten en potenciales promotores de pobreza. Valen siempre, por sí mismos, sin condiciones.

La defensa de la vida humana constituye el valor básico sobre el que se construyen todos los demás parámetros de la convivencia humana. No es, por lo tanto, un valor inferior al valor económico o a los proyectos de ciertos políticos que dicen preferir más bienestar para menos personas. Es, más bien, el principio fundamental sobre el que puede existir una auténtica sociedad justa y solidaria.

Urge reconocer y respetar la dignidad de cualquier vida humana. Desde el respeto y desde el amor que merece cada nuevo hijo será posible valorar justamente cuáles sean las mejores formas de organización económica de los pueblos, a todos los niveles: familiar, local, nacional, internacional, mundial.

Sólo así tendremos un mundo más equitativo y más solidario. Un mundo en el que ninguna familia se sentirá obligada o presionada a tener menos hijos de los que, con generosidad y esperanza, desearía acoger entre los muros del hogar.

La lógica del lucro no puede prevalecer sobre la solidaridad

La lógica del lucro no puede prevalecer sobre la solidaridad

Queridos hermanos y hermanas:

De buen grado he vuelto a vosotros para presidir esta solemne celebración eucarística, respondiendo así a vuestra reiterada invitación. He vuelto con alegría para encontrarme con vuestra comunidad diocesana, que durante varios años fue, de modo singular, también m&i! acute;a y sigue siendo siempre muy querida.

Os saludo a todos con afecto. En primer lugar, saludo al señor cardenal Francis Arinze, que me ha sucedido como cardenal titular de esta diócesis. Saludo a vuestro pastor, el querido mons. Vincenzo Apicella, a quien agradezco las hermosas palabras de bienvenida con las que ha querido acogerme en vuestro nombre. Saludo a los demás obispos, a los sacerdotes, a los religiosos, a las religiosas, a los agentes pastorales, a los jóvenes y a todos los que están activamente comprometidos en las parroquias, en los movimientos, en las asociaciones y en las diversas actividades diocesanas. Saludo, asimismo, al comisario de la prefectura de Velletri, a los alcaldes de los ayuntamientos de la diócesis de Velletri-Segni, y a las demás autoridades civiles y militares que nos honran con su presencia.

Saludo a los que han venido de otras partes y, en particular, de Alemania, de Bavier! a, para unirse a nosotros en este día de fiesta. Mi tierra natal está unida a la vuestra por vínculos de amistad: testigo de esta amistad es la columna de bronce que me regalaron en Marktl am Inn, en septiembre del año pasado, con ocasión del viaje apostólico a Alemania. Recientemente, como ya se ha dicho, cien ayuntamientos de Baviera, me regalaron una columna casi gemela de esa, que será colocada aquí, en Velletri, como un signo más de mi afecto y de mi benevolencia. Será el signo de mi presencia espiritual entre vosotros. Al respecto, deseo dar las gracias a los que me la regalaron, al escultor y a los alcaldes, que veo aquí presentes con muchos amigos. Muchas gracias a todos.

Queridos hermanos y hermanas, sé que os habéis preparado para mi visita con un intenso camino espiritual, adoptando como lema un versículo muy significativo de la primera carta de san Juan: “! Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene, y hemos creído en él” (1 Jn 4, 16). Deus caritas est, Dios es amor: con estas palabras comienza mi primera encíclica, que atañe al centro de nuestra fe: la imagen cristiana de Dios y la consiguiente imagen del hombre y de su camino.

Me alegra que, como guía del itinerario espiritual y pastoral de la diócesis, hayáis escogido precisamente esta expresión: “Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene, y hemos creído en él”. Hemos creído en el amor: esta es la esencia del cristianismo. Por tanto, nuestra asamblea litúrgica de hoy no puede por menos de centrarse en esta verdad esencial, en el amor de Dios, capaz de dar a la existencia humana una orientación y un valor absolutamente nuevos.

El amor es la esencia del cristianismo; hace que el creyente y la comunidad cristiana sean fermento de esperanza! y de paz en todas partes, prestando atención en especial a las necesidades de los pobres y los desamparados. Esta es nuestra misión común: ser fermento de esperanza y de paz porque creemos en el amor. El amor hace vivir a la Iglesia, y puesto que es eterno, la hace vivir siempre, hasta el final de los tiempos.

En los domingos pasados, san Lucas, el evangelista que más se preocupa de mostrar el amor que Jesús siente por los pobres, nos ha ofrecido varios puntos de reflexión sobre los peligros de un apego excesivo al dinero, a los bienes materiales y a todo lo que impide vivir en plenitud nuestra vocación y amar a Dios y a los hermanos.

También hoy, con una parábola que suscita en nosotros cierta sorpresa porque en ella se habla de un administrador injusto, al que se alaba (cf. Lc 16, 1-13), analizando a fondo, el Señor nos da una enseñanza seria y muy saludable. Como siempre, el Señor toma como punto de partida sucesos de la crónica diaria: habla de un administrador que está a punto de ser despedido por gestión fraudulenta de los negocios de su amo y, para asegurarse su futuro, con astucia trata de negociar con los deudores. Ciertamente es injusto, pero astuto: el evangelio no nos lo presenta como modelo a seguir en su injusticia, sino como ejemplo a imitar por su astucia previsora. En efecto, la breve parábola concluye con estas palabras: “El amo felicitó al administrador injusto por la astucia con que había procedido” (Lc 16, 8).

Pero, ¿qué es lo que quiere decirnos Jesús con esta parábola, con esta conclusión sorprendente? Inmediatamente después de esta parábola del administrador injusto el evangelista nos presenta una serie de dichos y advertencias sobre la relación que debemos tener con el dinero y con los bienes de ! esta tierra. Son pequeñas frases que invitan a una opción que supone una decisión radical, una tensión interior constante.

En verdad, la vida es siempre una opción: entre honradez e injusticia, entre fidelidad e infidelidad, entre egoísmo y altruismo, entre bien y mal. Es incisiva y perentoria la conclusión del pasaje evangélico: “Ningún siervo puede servir a dos amos: porque, o bien aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se dedicará al primero y no hará caso del segundo”. En definitiva —dice Jesús— hay que decidirse: “No podéis servir a Dios y al dinero” (Lc 16, 13). La palabra que usa para decir dinero —”mammona”— es de origen fenicio y evoca seguridad económica y éxito en los negocios. Podríamos decir que la riqueza se presenta como el ídolo al que se sacrifica todo con tal d! e lograr el éxito material; así, este éxito económico se convierte en el verdadero dios de una persona.

Por consiguiente, es necesaria una decisión fundamental para elegir entre Dios y “mammona”; es preciso elegir entre la lógica del lucro como criterio último de nuestra actividad y la lógica del compartir y de la solidaridad. Cuando prevalece la lógica del lucro, aumenta la desproporción entre pobres y ricos, así como una explotación dañina del planeta. Por el contrario, cuando prevalece la lógica del compartir y de la solidaridad, se puede corregir la ruta y orientarla hacia un desarrollo equitativo, para el bien común de todos.

En el fondo, se trata de la decisión entre el egoísmo y el amor, entre la justicia y la injusticia; en definitiva, entre Dios y Satanás. Si amar a Cristo y a los hermanos no se considera algo accesor! io y superficial, sino más bien la finalidad verdadera y última de toda nuestra vida, es necesario saber hacer opciones fundamentales, estar dispuestos a renuncias radicales, si es preciso hasta el martirio. Hoy, como ayer, la vida del cristiano exige valentía para ir contra corriente, para amar como Jesús, que llegó incluso al sacrificio de sí mismo en la cruz.

Así pues, parafraseando una reflexión de san Agustín, podríamos decir que por medio de las riquezas terrenas debemos conseguir las verdaderas y eternas. En efecto, si existen personas dispuestas a todo tipo de injusticias con tal de obtener un bienestar material siempre aleatorio, ¡cuánto más nosotros, los cristianos, deberíamos preocuparnos de proveer a nuestra felicidad eterna con los bienes de esta tierra! (cf. Discursos 359, 10).

Ahora bien, la única manera de hacer que fructifiquen para la e! ternidad nuestras cualidades y capacidades personales, así como las riquezas que poseemos, es compartirlas con nuestros hermanos, siendo de este modo buenos administradores de lo que Dios nos encomienda. Dice Jesús: “El que es fiel en lo poco, lo es también en lo mucho; y el que es injusto en lo poco, también lo es en lo mucho” (Lc 16, 10).

De esa opción fundamental, que es preciso realizar cada día, también habla hoy el profeta Amós en la primera lectura. Con palabras fuertes critica un estilo de vida típico de quienes se dejan absorber por una búsqueda egoísta del lucro de todas las maneras posibles y que se traduce en afán de ganancias, en desprecio a los pobres y en explotación de su situación en beneficio propio (cf. Am 4, 5).

El cristiano debe rechazar con energía todo esto, abriendo el corazón, por el contrario, a sentimientos de auténtica generosidad. Una generosidad que, como exhorta el apóstol san Pablo en la segunda lectura, se manifiesta en un amor sincero a todos y en la oración.

En realidad, orar por los demás es un gran gesto de caridad. El Apóstol invita, en primer lugar, a orar por los que tienen cargos de responsabilidad en la comunidad civil, porque —explica— de sus decisiones, si se encaminan a realizar el bien, derivan consecuencias positivas, asegurando la paz y “una vida tranquila y apacible, con toda piedad y dignidad” para todos (1 Tm 2, 2). Por consiguiente, no debe faltar nunca nuestra oración, que es nuestra aportación espiritual a la edificación de una comunidad eclesial fiel a Cristo y a la construcción de una sociedad más justa y solidaria.

Queridos hermanos y hermanas, oremos, en particular, para que vuestra comunidad diocesana, que está sufriendo una ser! ie de cambios, a causa del traslado de muchas familias jóvenes procedentes de Roma, al desarrollo del sector “terciario” y al establecimiento de muchos inmigrantes en los centros históricos, lleve a cabo una acción pastoral cada vez más orgánica y compartida, siguiendo las indicaciones que vuestro obispo va dando con elevada sensibilidad pastoral.

A este respecto, ha sido muy oportuna su carta pastoral de diciembre del año pasado con la invitación a ponerse a la escucha atenta y perseverante de la palabra de Dios, de las enseñanzas del concilio Vaticano II y del Magisterio de la Iglesia.

Pongamos en manos de la Virgen de las Gracias, cuya imagen se conserva y venera en esta hermosa catedral, todos vuestros propósitos y proyectos pastorales. Que la protección maternal de María acompañe el camino de todos los presentes y de quienes no han podido participar en esta celebración eucarística. Que la Virgen santísima vele de modo especial sobre los enfermos, sobre los ancianos, sobre los niños, sobre aquellos que se sienten solos y abandonados, y sobre quienes tienen necesidades particulares.

Que María nos libre de la codicia de las riquezas, y haga que, elevando al cielo manos libres y puras, demos gloria a Dios con toda nuestra vida (cf. Colecta). Amén.

Civismo y solidaridad

Civismo y solidaridad

Ciertamente que, tanto en el hogar como en sociedad, contribuyen a hacer la vida agradable y a crear un clima cálido y afectuoso en el entorno familiar y social.

Se destaca como una indeficiencia de nuestro tiempo el individualismo y la propia realización personal, dos hitos enmascarados para conseguir la felicidad, y no es demasiado lejana la frase: “yo hago siempre lo que me da la gana” para demostrar que se ha llegado a la máxima aspiración, sin darse cuenta que en este camino pueden quedar muchos heridos por el propio egoísmo.

También se puede ridiculizar a la persona que sabe respetar, diciendo de ella que es una reprimida, cuando sabe callar para no importunar a los de su alrededor. La dignidad de la persona está, más bien, en vivir para los demás, aunque esto degenerara en una cierta pérdida de valoración que quedaría compensada por el gozo profundo de saber amar. Es uno mismo quien debe evaluarse y tener una jerarquía de valores, que le indiquen que escoge libremente.

Acostumbrar a las criaturas a estar por los detalles pequeños para hacer la vida más agradable a los demás es aprender a convivir en paz. No es necesario tener demasiadas normas de urbanidad escritas en un libro, sino que padres y madres tienen que dar testimonio. En este tema del comportamiento, si que queda grabada la imagen que se da en el hogar.

Que se concretan en la vida

Hace poco, mientras esperaba mi turno para comprar en una tienda, un pequeño de tres años reclamaba a su madre la golosina que le había comprado. Ella, serenamente, le contestó: “por favor”, y el niño lo repitió y recibió la golosina, también con el recordatorio de dar las gracias y tirar el papel de envolver en la papelera.

Otro día, yendo en autobús, subió un anciano, haciendo un gesto de contrariedad puesto que todos los asientos estaban ocupados. De la parte de detrás se levantó una niña de unos 12 años y, con una sonrisa, sentó materialmente al hombre en el asiento que ella ocupaba.

Andando por la calle de mí distrito vi la siguiente escena: una chica muy bien arreglada estaba sentada en un banco de la calle, dando conversación a un mendigo, de los que van recogiendo con un carrito todos los desechos aprovechables que encuentran.

Tres ejemplos vividos a los que podríamos, cada uno de nosotros, añadir otros; cosas pequeñas de la vida diaria que ayudan a vivir el civismo y la solidaridad.

Aprenden todo

En una entrevista a una persona de reconocido prestigio en el terreno educativo, se le preguntaba sobre el civismo. Una de las respuestas que daba haciendo referencia a los medios de comunicación, decía que “eran responsables del lenguaje pobre de los niños, que repiten lo que aprenden en la televisión”. ¿Estamos atentos en la familia de tener cuidado de las palabras que utilizamos y de qué programas ven nuestros hijos?

El comisario de la Exposición “Buenas prácticas urbanas” del Foro 2004, Nicholas You, en una reciente entrevista publicada, explicaba la iniciativa de la ciudad de San Andrés (Brasil): “La ciudad decidió convocar a los jóvenes ´grafistas´, organizando concursos, y a los ganadores se les hacen encargos oficiales. La ciudad se aprovecha de su arte y a la vez canaliza sus intereses en formación, diseño, oficios…”.

Por ejemplo

Para concluir: ¿somos realmente transmisores de valores que animan al buen comportamiento en el ámbito familiar y en el ámbito social?

Enumeraremos algunos puntos para tener en cuenta en la educación de nuestros hijos e hijas:

• Promover el buen gusto y la sensibilidad por las cosas bellas.
• Evitar ver programas de televisión de violencia, de tele basura o de lenguaje grosero.
• Moderación en las comidas, procurar conversar en la mesa escuchando las opiniones de los demás.
• Aspecto personal agradable, sin estar a la última moda, pero limpio.
• Canalizar la rebelión de los adolescentes, procurando lugares de tiempo de ocio adecuados.
• Puntualidad para no hacer perder el tiempo a quienes nos están esperando.
• Escuchar música con el tono adecuado.
• En la calle: hacer servir contenedores, papeleras, no ensuciar.
• Deferencias con las personas mayores, inmigrantes, discapacitados etc.

Cada cual tiene a su alcance muchas otras prioridades, estas son las mínimas para convivir con civismo y solidaridad.

La solidaridad en el corazón y mensajes de los Papas

La solidaridad en el corazón y mensajes de los Papas

Podemos encontrar diversas definiciones para el término, sin embargo más allá de una descripción académica podríamos decir que la solidaridad es un sentimiento que hace que los hombres convivan de una manera más cercana porque se refiere al apoyo que se dan unos a otros para conseguir objetivos comunes, para subsanar la debilidad de unos con la fuerza de otros, para brindarse protección mutua y respaldo, y hasta podemos llegar a decir que es una muestra de fidelidad y amor que fortalece la unión y la hermandad de las familias, de los amigos, de una comunidad y de una sociedad entera.

Como suele suceder en todo lo humano, aún lo que es bueno de sí se puede corromper, así no deja de ser lamentable que muchas veces la solidaridad sea manejada por los medios de comunicación o por los gobiernos y hasta por algunas empresas con fines comerciales o políticos, utilizando la palabra para campañas espectaculares que si bien ayudan, se convierten en un espectáculo para enmascarar problemas sociales, económicos o políticos perdiéndose el sentido profundo de la verdadera solidaridad.

Sin embargo volviendo al sentido verdadero de la solidaridad al ser una virtud tan necesaria y noble no podía estar lejos de la mente de los Papas en muchos de sus mensajes y desde luego en sus encíclicas, es por ello que en este breve artículo presentaré algunos textos referentes al tema.

El primer Papa en utilizar el término fue Pio XII

En muchos de sus mensajes, así se refería a ella: “Los problemas socioeconómicos sólo pueden ser resueltos con la ayuda de todas las formas de solidaridad: solidaridad de los pobres entre sí, de los ricos y los pobres, de los trabajadores entre sí, de los empresarios y los empleados, solidaridad entre las naciones y entre los pueblos. La solidaridad internacional es una exigencia del orden moral. En buena medida la paz del mudo depende de ella.

“La virtud de la solidaridad va más allá de los bienes materiales. Difundiendo los bienes espirituales de la fe, la Iglesia ha favorecido a la vez el desarrollo de los bienes temporales, al cual con frecuencia ha abierto vías nuevas. Así se han verificado a lo largo de los siglos las palabras del Señor: ‘Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura’ (Mt 6, 33)”.

En su encíclica “Summi pontificatus”. Pio XII en una época donde la violencia llegó al extremo de llevar al mundo a una guerra mundial y los sentimientos nacionalistas se exacerbaban escribía hablando sobre los errores que se difundían:

Un error, ‘hoy ampliamente extendido, es el olvido de esta ley de solidaridad humana y de caridad, dictada e impuesta tanto por la comunidad de origen y la igualdad de la naturaleza racional en todos los hombres, cualquiera que sea el pueblo a que pertenezca, como por el sacrificio de redención ofrecido por Jesucristo en el altar de la cruz a su Padre del cielo, en favor de la humanidad pecadora.

En otros mensajes profundizaba sobre el tema:

“Juzgamos necesaria aquí una advertencia: la conciencia de una universal solidaridad fraterna, que la doctrina cristiana despierta y favorece, no se opone al amor, a la tradición y a las glorias de la propia patria, ni prohíbe el fomento de una creciente prosperidad y la legítima producción de los bienes necesarios, porque la misma doctrina nos enseña que en el ejercicio de la caridad existe un orden establecido por Dios, según el cual se debe amar más intensamente y se debe ayudar preferentemente a aquellos que están unidos a nosotros con especiales vínculos. El divino Maestro en persona dio ejemplo de esta manera de obrar, amando con especial amor a su tierra y a su patria y llorando tristemente a causa de la inminente ruina de la Ciudad Santa.

“Pero el amor a la propia patria, que con razón debe ser fomentado, no debe impedir, no debe ser obstáculo al precepto cristiano de la caridad universal, precepto que coloca igualmente a todos los demás y su personal prosperidad en la luz pacificadora del amor”.

En los textos anteriores notamos inmediatamente como la solidaridad va más allá de las clases sociales, de las situaciones económicas, de los regionalismos y promueve al hombre a enfocarse en la paz y el amor aún en las épocas más críticas.

Juan XXXIII, el Papa Bueno, no podía dejar de lado hablar del tema

Así en su encíclica “Mater et Magistra” nos decía:“Hay que advertir también que en el sector agrícola, como en los demás sectores de la producción, es muy conveniente que los agricultores se asocien, sobre todo si se trata de empresas agrícolas de carácter familiar. Los cultivadores del campo deben sentirse solidarios los unos de los otros y colaborar todos a una en la creación de empresas cooperativas y asociaciones profesionales, de todo punto necesarias, porque facilitan al agricultor las ventajas de los progresos científicos y técnicos y contribuyen de modo decisivo a la defensa de los precios de los productos del campo.

“Con la adopción de estas medidas, los agricultores quedarán situados en un plano de igualdad respecto a las categorías económicas profesionales, generalmente organizadas, de los otros sectores productivos, y podrán hacer sentir todo el peso de su importancia económica en la vida política y en la gestión administrativa. Porque, como con razón se ha dicho, en nuestra época las voces aisladas son como voces dadas al viento”.

Veía el Papa que sí en todos los grupos sociales la solidaridad es necesaria tal vez en el campo tenía una aplicación más puntual por las características mismas de la actividad y de la naturaleza de los campesinos que casi siempre forman parte de los sectores más desprotegidos.

Paulo VI, el Papa que proyectó la solidaridad en los pueblos

El pontífice al que designó el Espíritu Santo para concluir con el Concilio Vaticano II en su encíclica “Populorum Progressio” hace un enfoque que va más allá de las personas individuales y lo proyecta a los pueblos:

“El deber de solidaridad de las personas es también de los pueblos. ‘Los pueblos ya desarrollados tienen la obligación gravísima de ayudar a los países en vías de desarrollo. Se debe poner en práctica esta enseñanza conciliar. Si es normal que una población sea el primer beneficiario de los dones otorgados por la Providencia como fruto de su trabajo, no puede ningún pueblo, sin embargo, pretender reservar sus riquezas para su uso exclusivo. Cada pueblo debe producir más y mejor a la vez para dar a sus súbditos un nivel de vida verdaderamente humano y para contribuir también al desarrollo solidario de la humanidad.

“Ante la creciente indigencia de los países subdesarrollados, se debe considerar como normal el que un país desarrollado consagre una parte de su producción a satisfacer las necesidades de aquellos; igualmente normal que forme educadores, ingenieros, técnicos, sabios que pongan su ciencia y su competencia al servicio de ellos”.

No cabe duda que si se hubiesen escuchado las palabras de Paulo VI viviríamos en un mundo con mucho mayor equilibrio y probablemente se hubieran evitado muchos de los conflictos y revoluciones que tantas muertes y calamidades han ocasionado.

El beato Juan Pablo II

El Papa que llegó tan inesperadamente a ocupar la cátedra de San Pedro en su encíclica “Sollicitudo Rei Socialis” remarcaba que:

“…es la solidaridad. Esta no es, pues, un sentimiento superficial por los males de tantas personas, cercanas o lejanas. Al contrario, es la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos.

Esta determinación se funda en la firme convicción de que lo que frena el pleno desarrollo es aquel afán de ganancia y aquella sed de poder de que ya se ha hablado. Tales “actitudes y estructuras de pecado” solamente se vencen —con la ayuda de la gracia divina— mediante una actitud diametralmente opuesta: la entrega por el bien del prójimo, que está dispuesto a “perderse”, en sentido evangélico, por el otro en lugar de explotarlo, y a “servirlo” en lugar de oprimirlo para el propio provecho (cf. Mt 10, 40-42; 20, 25; Mc 10, 42-45; Lc 22, 25-27). El ejercicio de la solidaridad dentro de cada sociedad es válido sólo cuando sus miembros se reconocen unos a otros como personas.

Los que cuentan más, al disponer de una porción mayor de bienes y servicios comunes, han de sentirse responsables de los más débiles, dispuestos a compartir con ellos lo que poseen. Estos, por su parte, en la misma línea de solidaridad, no deben adoptar una actitud meramente pasiva o destructiva del tejido social y, aunque reivindicando sus legítimos derechos, han de realizar lo que les corresponde, para el bien de todos. Por su parte, los grupos intermedios no han de insistir egoísticamente en sus intereses particulares, sino que deben respetar los intereses de los demás”.

Impacta la definición de que la solidaridad no es un sentimiento pasivo, sino una acción solidaria para buscar soluciones que nos lleven al bien común, es responsabilidad y compromiso para con quienes más lo necesitan a costa del esfuerzo y sacrificio personal, pero al mismo tiempo contrasta con la propuesta de los socialismos ateos con su manejo del odio entre las clases.

Y nuestro querido Papa emérito Benedicto XVI decía el 21 de mayo del 2012:

“La solidaridad significa en primer lugar que todos se sientan responsables de todos; por tanto no se la puede dejar solamente en manos del Estado”, y explicó.

“Vuestra acción debe inspirarse en la caridad: aprender a ver con los ojos de Cristo y dar al otro mucho más que lo necesario externamente, darle el amor que necesita”.

En concreto, el Papa se refirió a “donar el propio tiempo, las propias habilidades y competencias, la propia instrucción, la propia profesionalidad; en una palabra: la atención a los demás, sin esperar nada a cambio en este mundo. Actuando así, no sólo se hace el bien, sino que se descubre la felicidad profunda según la lógica de Cristo, que ha donado todo su ser”.

En pocas palabras, no se trata de lavarnos las manos, sino de asumir en primera persona el sentido de la solidaridad cristiana que es una donación de la misma persona para asumir un papel activo en la aplicación de la doctrina social de la Iglesia. Y en un discurso de mucha profundidad pronunciado la Pontificia Academia de las Ciencias Sociales en mayo del 2008 ampliaba el tema.

La solidaridad es la virtud que permite a la familia humana compartir en plenitud el tesoro de los bienes materiales y espirituales y la subsidiariedad es la coordinación de las actividades de la sociedad en apoyo de la vida interna de las comunidades locales.

Con todo, estas definiciones no son más que el comienzo y sólo pueden comprenderse adecuadamente si se vinculan orgánicamente unas a otras y se consideran como apoyo recíproco. Al inicio podemos esbozar las interconexiones entre estos cuatro principios situando la dignidad de la persona en el punto de intersección de dos ejes, uno horizontal, que representa la “solidaridad” y la “subsidiariedad”, y uno vertical, que representa el “bien común”. Ello crea un campo en el que podemos trazar los diversos puntos de la doctrina social católica que forman el bien común.

Si bien esta analogía gráfica nos ofrece una imagen aproximada de cómo estos principios son imprescindibles los unos de los otros y están necesariamente interconectados, sabemos que la realidad es más compleja. En efecto, las profundidades insondables de la persona humana y la maravillosa capacidad de la humanidad de comunión espiritual, realidades éstas plenamente desveladas sólo a través de la revelación divina, superan con mucho la posibilidad de representación esquemática.

En cualquier caso, la solidaridad que une a la familia humana y los niveles de subsidiariedad que la refuerzan desde dentro deben situarse siempre en el horizonte de la vida misteriosa del Dios Uno y Trino (cfr. Jn 5, 26; 6, 57), en quien percibimos un amor inefable compartido por personas iguales, aunque distintas (cfr. Summa Theologiae, I, q. 42).

Amigos: os invito a permitir que estas verdades fundamentales empapen vuestras reflexiones: no sólo en el sentido de que los principios de solidaridad y subsidiariedad sean indudablemente enriquecidos por nuestra fe en la Trinidad, sino en particular en el sentido de que tales principios tienen la potencialidad de situar a los hombres y a las mujeres en el camino que conduce al descubrimiento de su destino último y sobrenatural.

La natural inclinación humana a vivir en comunidad es confirmada y transformada por la “unidad del Espíritu” que Dios ha conferido a sus hijas e hijos adoptivos (cfr. Ef 4, 3; 1 P 3, 8). En consecuencia, la responsabilidad de los cristianos de trabajar por la paz y por la justicia y su compromiso irrevocable por el bien común son inseparables de su misión de proclamar el don de la vida eterna, a la que Dios ha llamado a todo hombre y mujer. Al respecto, la tranquillitas ordinis [tranquilidad en el orden. Ndt] de la que habla san Agustín se refiere a “todas las cosas”, tanto a la “paz civil”, que es “concordia entre los ciudadanos”, como a la “paz de la ciudad celeste”, que es “disfrute armonioso y ordenado de Dios, y recíproco en Dios” (De Civitate Dei, XIX, 13).

Benedicto XVI eleva el sentido de la solidaridad al relacionarlo con la misma vida de la Santísima Trinidad para redescubrir mediante su práctica nuestro destino último y sobrenatural pero no en un sentido especulativo, sino mediante un trabajo serio para luchar por la paz y la justicia.

Es realmente interesante y apasionante descubrir como los Papas coinciden y al mismo tiempo enriquecen con diversos enfoques el sentido y la praxis de la solidaridad para hacernos un llamado a vivirla como una manifestación de nuestra fe y amor a Jesucristo y sus enseñanzas.

Bibliografía:

Encíclica “Summi pontificatus”. Pio XII
Encíclica “Mater et Magistra” Juan XXIII
Encíclica “Populorum Progressio” Paulo VI
Encíclica “Sollicitudo Rei Socialis” Juan Pablo II

El tesoro y la perla

Del santo Evangelio según san Mateo 13, 44-46 

En aquel tiempo dijo Jesús a la gente: El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra, lo vuelve a esconder, y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo. El Reino de los Cielos se parece también a un comerciante en perlas finas, que, al encontrar una de gran valor, se va a vender todo lo que tiene y la compra.

Oración introductoria

Jesús, Tú eres mi mayor tesoro. Mi vida sin Ti no vale ni sirve para nada. Permite que sepa darte el cien por ciento de este tiempo de oración. Que nada ni nadie interrumpa este diálogo que creo y espero tener con Quien tanto me ama. 

Petición

Dios mío, dame la gracia de amarte más este día.

Meditación del Papa

Es importante que se creen en la Iglesia las condiciones favorables para que puedan aflorar tantos “sí”, en respuesta generosa a la llamada del amor de Dios. Será tarea de la pastoral vocacional ofrecer puntos de orientación para un camino fructífero. Un elemento central debe ser el amor a la Palabra de Dios, a través de una creciente familiaridad con la Sagrada Escritura y una oración personal y comunitaria atenta y constante, para ser capaces de sentir la llamada divina en medio de tantas voces que llenan la vida diaria. Pero, sobre todo, que la Eucaristía sea el “centro vital” de todo camino vocacional: es aquí donde el amor de Dios nos toca en el sacrificio de Cristo, expresión perfecta del amor, y es aquí donde aprendemos una y otra vez a vivir la “gran medida” del amor de Dios. Palabra, oración y Eucaristía son el tesoro precioso para comprender la belleza de una vida totalmente gastada por el Reino. Benedicto XVI, 13 de febrero de 2012.

Reflexión

Siempre me ha parecido lo más normal, que un hombre haga todo lo que está a su alcance para conseguir la perla o el tesoro más valioso del mundo. Eso fue lo que hizo Kalif. No tenía trabajo y los problemas económicos empezaban a ser cada vez más serios para su familia. Una noche, soñó que bajo el puente que unía la ciudad con el resto del valle, había un tesoro. 

De madrugada se levantó, fue al puente y comenzó a cavar. La policía le vio excavando y dudó de sus intenciones. El pobre Kalif, después de unos intentos por evitar la respuesta, se sinceró: hoy soñé que debajo del puente había un tesoro y por ello vine aquí. 

Uno de los policías con ironía le respondió: ¿cómo es posible que usted crea eso? Fíjese, hoy también soñé yo que debajo de la casa de un tal Kalif había un tesoro escondido. ¿Usted cree que me lo voy a creer?. Kalif calló, regresó a su casa, excavó y encontró el tesoro.

El problema no es buscar el tesoro, sino saber dónde se encuentran los tesoros que Dios ha preparado para nuestra vida. ¿Cuáles son tus tesoros? ¿Consideras tu vida matrimonial y tus hijos, verdaderos tesoros o no te das cuenta del regalo que Dios te ha concedido, porque sólo sientes el cansancio y el sudor que produce el remover la tierra para disfrutar de ellos?

¿Alguna vez has experimentado el valor de la Santa Misa y de la confesión, o la pereza de levantarte unos minutos antes el domingo te lo han ocultado?

Propósito

No se puede amar lo que no se conoce, por eso, buscaré participar en alguna actividad formativa en torno a la Eucaristía.

Diálogo con Cristo 

Gracias, Señor, por tu generosidad porque gratuitamente y sin ningún merito de mi parte me ofreces el tesoro de la Eucaristía y tu Palabra. No tengo que vender nada, sólo debo dejar a un lado todo lo que me pueda apartar de Ti. Ayúdame a ser santo al saber aprovechar cada minuto de la vida que me has regalado para crecer en el amor a Ti y a los demás.