Archive for 30 septiembre 2013

¿Quién será el mayor?

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Del santo Evangelio según san Lucas 9, 46-50

En aquel tiempo se suscitó una discusión entre los discípulos sobre quién de ellos sería el mayor. Conociendo Jesús lo que pensaban en su corazón, tomó a un niño, le puso a su lado, y les dijo: «El que reciba a este niño en mi nombre, a mí me recibe; y el que me reciba a mí, recibe a Aquel que me ha enviado; pues el más pequeño de entre vosotros, ése es mayor». Tomando Juan la palabra, dijo: «Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre, y tratamos de impedírselo, porque no viene con nosotros». Pero Jesús le dijo: «No se lo impidáis, pues el que no está contra vosotros, está por vosotros». 

Oración 

Dios mío, permite que tenga este rato de oración con la sencillez, la confianza y la docilidad del corazón de un niño, consciente de mi pequeñez, de mi fragilidad y necesidad de dependencia, por ello te suplico, ven Espíritu Santo.

Petición

Señor, ayúdame a llevar a la práctica todas las enseñanzas que me deja tu Palabra.

Meditación del Papa Francisco

Haciéndolo así, ayudáis a transmitirla a la gente, y especialmente a los sencillos, a los que Jesús llama en el Evangelio “los pequeños”. En efecto, “el caminar juntos hacia los santuarios y el participar en otras manifestaciones de la piedad popular, también llevando a los hijos o invitando a otros, es en sí mismo un gesto evangelizador”. Cuando vais a los santuarios, cuando lleváis a la familia, a vuestros hijos, hacéis una verdadera obra evangelizadora. Es necesario seguir por este camino. Sed también vosotros auténticos evangelizadores. Que vuestras iniciativas sean “puentes”, senderos para llevar a Cristo, para caminar con Él. Y, con este espíritu, estad siempre atentos a la caridad. Cada cristiano y cada comunidad es misionera en la medida en que lleva y vive el Evangelio, y da testimonio del amor de Dios por todos, especialmente por quien se encuentra en dificultad. Sed misioneros del amor y de la ternura de Dios. Sed misioneros de la misericordia de Dios, que siempre nos perdona, nos espera siempre y nos ama tanto. (S.S. Francisco, 5 de mayo de 2013)

Reflexión

En esta ocasión, los discípulos también se preocupan por saber quién sería el mayor de entre ellos. Suele suceder que en un grupo humano siempre hay uno o unos pocos que mandan y que en definitiva son los importantes. Los importantes en este mundo ocupan los primeros puestos, tienen muchos servidores a su disposición y quieren que se les tome en cuenta.

Cristo conocía el corazón humano y conocía el corazón de sus doce pescadores. Por ello, les previene de la forma más sencilla, a través del ejemplo de un niño. Porque si hay alguien en esta vida que nos da ejemplo de sencillez, naturalidad, candidez, franqueza son los niños. Quien sino ellos son el ejemplo auténtico de humildad de espíritu.

Por tanto, recibir a un niño en medio de nosotros significa acoger en nuestro corazón todas las virtudes que él representa. Y del mismo modo si queremos llegar a Cristo no nos queda otro camino más que el de la sencillez y humildad, el del servicio desinteresado a nuestro prójimo y en definitiva el camino de hacernos pequeños ante los demás que significa cortar todo engreimiento, vanidad y presunción delante de nuestro prójimo, y vivir para los demás olvidado totalmente de uno mismo.

Propósito

Confiar humildemente en que, unido a Cristo, puedo alcanzar la santidad con la sencillez de un niño.

Diálogo con Cristo

Jesús, Tú alabas la sencillez, la pureza, la apertura y la docilidad de los niños. Me pongo de rodillas y te digo que quiero ser una persona casta, pura, que pueda mirar directamente a los demás, con respeto y con amor fraterno.

La pastoral de la solidaridad en las llamadas telefónicas del Pontífice

La llamada llegó gracias a una servilleta de papel. Pocas líneas llenas de sufrimiento y de valentía. Hace pocos días, una mujer que trabaja limpiando el aeropuerto de Buenos Aires se enteró de que el hombre que pasó ante ella era el director de la Tv católica y que estaba por embarcar hacia Roma, en donde se habría reunido con el Papa. Así, se le ocurrió escribir un breve mensaje para contarle sobre su hijo en las garras de la droga y sin empleo, para explicarle que trabaja todos los días por él con la esperanza de que pueda salir de la pesadilla de la dependencia. La mujer escribió su mensaje en una servilleta y también pidió una oración, después se la entregó al periodista.

Este particular género de epístola-servilleta atravesó el océano y llegó a las manos de Bergoglio, que, al leerla, quedó profundamente conmovido. «Estaba escrita de manera espartana… pedía una sola oración». El Papa marcó el número que la mujer había anotado en una esquina de la servilleta y habló con ella. También quiso hablar con el hijo. Escuchó a ambos y les dijo que rezaría por ellos. Al día siguiente, al reunirse con los sacerdotes de Roma, Francisco habló de su conversación: ha sido el único caso en el que el llamante ha revelado la llamada y no el llamado. Bergoglio puso como ejemplo el caso de la mujer y preguntó: «¿No es esta santidad?». La Iglesia «no se derrumba», añadió, porque incluso hoy «hay mucha santidad cotidiana».

Las llamadas de Francisco a las personas comunes se están convirtiendo en una costumbre. La última, cronológicamente hablando, es la que recibió la familia Chiolerio de Belén, fracción de Chivasso (en el Piamonte). El Papa llamó a Federico, un niño de seis años que le había enviado un dibujo de su fracción, la única localidad italiana que lleva el nombre de la ciudad natal de Jesús.

¿Qué es lo que impulsa al Papa “del fin del mundo”, en esos raros momentos de tranquilidad en la habitación 201 de la Casa Santa Marta, a llamar por teléfono personalmente a hombres, mujeres y niños que le han enviado alguna carta, un dibujo o un correo electrónico? «Por favor, dígale a los periodistas que mis llamadas no son una noticia», dijo Francisco a don Dario Viganò, director del Centro Televisivo Vaticano. «Yo soy así, siempre lo he hecho».

«Me llegaba un recado, una carta de un sacerdote en dificultades, de una familia o de un detenido y le respondía. Para mí es muy fácil llamar, informarme del problema y sugerir una solución, si la hay. A unos por teléfono, a otros les escribo». El Papa concluyó con una sonrisa irónica: «¡Y menos mal que no se enteran de todas las llamadas que hago!».

Las primeras llamadas-sorpresa de Francisco las recibieron personas conocidas. El vendedor de periódico (al que le dijo que como lo habían elegido Papa ya no le tenía que enviar su copia de “La Nación”), su dentista de Buenos Aires (para cancelar una cita por el mismo motivo), su médico, que cuando llamó no estaba y cuya secretaria casi se desmaya cuando reconoció la voz de Bergoglio. Después nos hemos ido enterando de diferentes llamadas algunas de ellas se han convertido en una cita fija, como la que hace cada quincena a un grupo de detenidos en una cárcel de Buenos Aires a los que Francisco acompaña: «Siento que me tengo que ocupar de ellos».

Y al final nos hemos enterado de las llamadas que ha hecho a personas desconocidas. El flujo de correspondencia se ha triplicado en el Vaticano y cada día llegan varios sacos llenos de cartas dirigidas a Francisco. El Papa acostumbra leer más de las que leían sus predecesores, aunque no pueda responder personalmente a todas. Y se queda con los mensajes que más lo conmueven, que conserva en su escritorio. Y medita. Y así, en algunos casos, se pone al teléfono. Recorriendo todas las llamadas que han acabado en los periódicos, casi se podría dibujar su “geografía”.

Está la que hizo a Michele Ferri, hermano del titular de una gasolinería que fue asesinado en junio por uno de sus empleados. El hombre, inmobilizado en una silla de ruedas, le había escrito para hablarle de su sufrimiento por la muerte violenta de su hermano que no lograba aceptar. Está la que hizo a Alejandra, una mujer argentina que sufrió una violación por parte de un policía, que le había escrito para pedir justicia. Y luego, la llamada revelada por Anna Romano, la joven que decidió no abortar a pesar de que el padre del niño, antes de abandonarla, se lo hubiera pedido. O la que hizo la semana pasada a Michael, un chico de doce años de Piñarol (Pinerolo, en Piamonte) enfermo de distrofia muscular.

Pero también está la que recibió un joven universitario de Padua, a quien el Papa le dijo que lo tuteara. Francisco habló sobre esta llamada en la entrevista con el director de “La Civiltà Cattolica”, el padre Antonio Spadaro: «Vi que muchos periódicos hablaron sobre la llamada que hice a un chico que me había escrito una carta. Yo lo llamé porque su carta era muy hermosa, muy simple. Para mí este es un acto de fecundidad. Me di cuenta de que es un joven que está creciendo, que ha reconocido a un padre, y así le dice algo sobre su vida. El padre no puede decir “no me importa”».

«La Iglesia», dijo Bergoglio, «es una madre que no tiene miedo de adentrarse en la noche, para dar esperanza… La Iglesia es una madre misericordiosa que siempre trata de animar». Pero, ¿qué es lo que une todas estas llamadas telefónicas? Situaciones de dolor, de sufrimiento, de soledad, pero también de valentía. Y cuestiones planteadas auténticamente. Francisco dijo que hay que recuperar la «gramática de la simplicidad»: se requiere una Iglesia «capaz de hacer compañía» y de «calentar los corazones». A través de estas llamadas, y de todas las que nunca conoceremos, el Papa “párroco” ha logrado entrar en la existencia de personas normales. Extraordinariamente normales, justo como él.

La historia de un rico que acabó en tragedia

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Del santo Evangelio según san Lucas 16, 19-31

En aquellos días dijo Jesús esta parábola: «Era un hombre rico que vestía de púrpura y lino, y celebraba todos los días espléndidas fiestas. Y uno pobre, llamado Lázaro, que, echado junto a su portal, cubierto de llagas, deseaba hartarse de lo que caía de la mesa del rico… pero hasta los perros venían y le lamían las llagas. Sucedió, pues, que murió el pobre y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. Murió también el rico y fue sepultado. «Estando en el Hades entre tormentos, levantó los ojos y vio a lo lejos a Abraham, y a Lázaro en su seno. Y, gritando, dijo: “Padre Abraham, ten compasión de mí y envía a Lázaro a que moje en agua la punta de su dedo y refresque mi lengua, porque estoy atormentado en esta llama.” Pero Abraham le dijo: “Hijo, recuerda que recibiste tus bienes durante tu vida y Lázaro, al contrario, sus males; ahora, pues, él es aquí consolado y tú atormentado. Y además, entre nosotros y vosotros se interpone un gran abismo, de modo que los que quieran pasar de aquí a vosotros, no puedan; ni de ahí puedan pasar donde nosotros.” «Replicó: “Con todo, te ruego, padre, que le envíes a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que les dé testimonio, y no vengan también ellos a este lugar de tormento.” Díjole Abraham: “Tienen a Moisés y a los profetas; que les oigan.” El dijo: “No, padre Abraham; sino que si alguno de entre los muertos va donde ellos, se convertirán.” Le contestó: “Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se convencerán, aunque un muerto resucite.”»

Oración introductoria

Señor, ayúdame a no dejar que mis pasiones me aparten del camino del amor. Quiero amarte en los demás, sin condiciones, sin límites egoístas. Quiero que mi inteligencia pueda creer en Ti como en él único que no engaña y que mi libertad siempre te elija a Ti, como lo único que colma mis ansias y anhelos, ahora y en la eternidad.

Petición

Jesús, que esta meditación me ayude a comprender que la verdadera caridad es aquella que se dirige a todos sin distinciones, es aquella que va hasta las últimas consecuencias, es aquella que no tiene medida.

Meditación del Papa Francisco

Cierto: debemos tener siempre bien presente que nosotros estamos justificados, estamos salvados por gracia, por un acto de amor gratuito de Dios que siempre nos precede; solos no podemos hacer nada. La fe es ante todo un don que hemos recibido. Pero para dar fruto, la gracia de Dios pide siempre nuestra apertura a Él, nuestra respuesta libre y concreta. Cristo viene a traernos la misericordia de Dios que salva. A nosotros se nos pide que nos confiemos a Él, que correspondamos al don de su amor con una vida buena, hecha de acciones animadas por la fe y por el amor. Queridos hermanos y hermanas, que contemplar el juicio final jamás nos dé temor, sino que más bien nos impulse a vivir mejor el presente. Dios nos ofrece con misericordia y paciencia este tiempo para que aprendamos cada día a reconocerle en los pobres y en los pequeños; para que nos empleemos en el bien y estemos vigilantes en la oración y en el amor. Que el Señor, al final de nuestra existencia y de la historia, nos reconozca como siervos buenos y fieles. (S.S. Francisco, 24 de abril de 2013)

Reflexión

Se cuenta que, en una ocasión, Sócrates paseaba por el mercado principal de la ciudad de Atenas. Y, al verlo, uno de sus discípulos le preguntó: “Maestro, hemos aprendido contigo que todo sabio lleva una vida simple y austera. Pero tú no tienes ni siquiera un par de zapatos”. “Correcto” -respondió Sócrates-. El discípulo continuó: “Sin embargo, todos los días te vemos en el mercado principal, admirando las mercancías. ¿Podríamos juntar algún dinero para que puedas comprarte algo?”. “¡Ah no!, tengo todo lo que deseo” -dijo Sócrates- “pero me encanta ir al mercado para ver que sigo siendo completamente feliz sin todo ese amontonamiento de cosas”. No es más feliz el que tiene muchas cosas, sino el que no necesita de ellas.

El pasaje de hoy es una continuación temática del Evangelio del domingo pasado. Hace ocho días, a propósito de la parábola del administrador infiel, reflexionábamos en el peligro de las riquezas, no porque éstas sean malas, sino por las consecuencias tan deplorables que a veces ellas llevan consigo. No podéis servir a Dios y al dinero, nos decía Jesucristo. Y la parábola de hoy es una clarísima ejemplificación de esta enseñanza.

El rico epulón es ese tipo avaro y egoísta a quien no le importan la pobreza ni la indigencia del pobre. Se pasaba sus días banqueteando espléndidamente, con un derroche escandaloso de lujos, gozando de su abundancia y de sus desenfrenos. Mientras que el pobre Lázaro yacía postrado en el portal del palacio del rico, “cubierto de llagas y con ganas de saciarse de lo que tiraban de su mesa, pero nadie se lo daba”. Su riqueza le hizo totalmente frío e insensible ante las necesidades más elementales y apremiantes del mendigo.

Incluso los perros se mostraban más compasivos que el avaro aquel.
La avaricia, el abuso y la indiferencia a la que conducen las riquezas se ha visto en todas las épocas de la historia de la humanidad. Ya el profeta Amós nos pinta con vivísimos colores la situación de la sociedad de Israel ocho siglos antes de la venida de Cristo: ¡Ay de vosotros, los ricos, que os acostáis en lechos de marfil y coméis los carneros del rebaño y las terneras del establo; canturreáis al son del arpa, bebéis vinos delicados, os ungís con los mejores perfumes, y no os doléis de los desastres de los pobres! Por eso, iréis al destierro, a la cabeza de los cautivos (Am 6, 4-7).

El problema no es, en sí, el hecho de comer bien y de gozar de las propias riquezas. Eso sería un pecado de gula que, al fin y al cabo, sería más fácilmente excusable. Lo verdaderamente grave y casi imperdonable es esa total despreocupación y aterradora indiferencia ante la desgracia del prójimo, mientras que muchos ricos nadan en sus lujos y vanidades, derrochando el dinero de una manera obscena y escandalosa.

También hoy en día sucede algo parecido. Ese rico epulón de la parábola pueden ser hoy los países ricos de Occidente, que se ahogan en el consumismo y en la abundancia, y que, con sus sistemas económicos, esclavizan tiránicamente a tanta pobre gente del África y de los países en vías de desarrollo. Éstos se mueren de hambre y se hallan desprovistos de los medios más indispensables para vivir con una cierta dignidad.

Pero yo no me refiero ahora sólo a estos casos. Tal vez en nuestras propias colonias y comunidades conocemos a algunas personas que viven en extrema pobreza y pasan apremiantes necesidades en su cuerpo o en su alma. A lo mejor los vemos todos los días en la calle, en las esquinas de las grandes avenidas pidiendo alguna caridad, o enfrente de los semáforos ganándose la vida como pueden, esperando de nosotros algunas monedas. Y quizá pasamos a su lado y nos encogemos de hombros pensando en que ése no es nuestro problema, y no movemos ni un solo dedo para socorrerlos. A muchos los vemos postrados, como el pobre Lázaro, y tal vez no nos compadecemos de ellos ni les damos siquiera las migajas que caen de nuestra mesa.

Pero fijémonos muy bien en la suerte final -¡tan diferente!- del uno y del otro. El rico murió “y lo enterraron”. Quedó sepultado en la tierra y todos sus bienes se pudrieron juntamente con él. En cambio, el pobre Lázaro fue llevado al seno de Abraham, a gozar de la gloria de Dios. El primero recibió sus bienes en vida y, despúes de la muerte, fue a parar al infierno para purgar sus culpas y sus pecados; mientras que el pobre, que sólo recibió males en vida, fue llamado a recibir su recompensa en el cielo.
Cristo nos habló centenares de veces en el Evangelio acerca del cielo y del infierno, como premio o castigo de nuestras obras. No es un cuento de niños ni un invento de la Iglesia. Es una verdad fundamental de nuestra fe. De lo contrario, ¿a qué vino Jesucristo a la tierra? ¿Para qué se encarnó, abrazó los terribles sufrimientos de su pasión y murió en la cruz? Para salvarnos, ¿de qué? Si no hay un infierno y un cielo, todo eso no tiene ningún sentido.

El rico epulón fue condenado a las llamas del infierno por su egoísmo, su indiferencia y por no haber ofrecido su ayuda al pobre; no por haber sido un ladrón o un asesino, sino por su gravísimo pecado de omisión. Su culpa fue el haber pasado la vida entera sin pensar en los demás y el no haber abierto sus entrañas al necesitado. Ojalá que a nosotros no nos suceda lo mismo. Recordemos aquello que solía repetir san Juan de la Cruz: “En el atardecer de la vida seremos juzgados sobre el amor”.

Propósito

Hagamos el bien a los demás ahora, mientras podemos; ganemos muchos méritos para el cielo mientras Dios nos concede este tiempo para ayudar a nuestros hermanos y tender una mano caritativa y generosa al necesitado. Entonces, al final de nuestra vida, seremos recibidos en las moradas eternas y gozaremos para siempre de la presencia y del amor de Dios, nuestro Padre.

Jesús NO es un ángel

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Hay quienes enseñan que Jesús no es Dios, sino la encarnación de un arcángel. Esta enseñanza ha surgido, como muchas otras, de la interpretación errada de ciertos textos bíblicos sacados fuera de contexto y se remonta a los primeros siglos de la Iglesia. Esta posición errada pasa por alto numerosos textos de las Escrituras que la contradicen claramente.

Hebreos 1, 5-13: En efecto, ¿a qué ángel dijo alguna vez: “Hijo mío eres tú; yo te he engendrado hoy y también: yo seré para él Padre y él será para mi Hijo?” Y nuevamente al introducir a su Primogénito en el mundo dice: “Y adórenle todos los ángeles de Dios.” Y de los ángeles dice: “El que hace a sus ángeles vientos y a sus servidores llamas de fuego.” Pero del Hijo: “Tu trono, ¡oh Dios!, por los siglos de los siglos y el cetro de tu realeza, cetro de equidad. Amaste la justicia y aborreciste la iniquidad; por eso te ungió, ¡oh Dios!, tu Dios con óleo de alegría con preferencia a tus compañeros.” Y también: “Tú al comienzo, ¡oh Señor!, pusiste los cimientos de la tierra y obras de tu mano son los cielos. Ellos perecerán, mas tú permaneces; todos como un vestido envejecerán; como un manto los enrollarás, como un vestido y serán cambiados. Pero tú eres el mismo y tus años no tendrán fin”. Y ¿a qué ángel dijo alguna vez: “Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por escabel de tus pies?” ¿Es que no son todos ellos espíritus servidores con la misión de asistir a los que han de heredar la salvación?

Este pasaje de Epístola a los Hebreos es una contundente respuesta a la antigua herejía que declara que Jesús es meramente un ángel. San Pablo enfrenta el asunto directamente y demuestra el error de esta creencia.

Daniel 10, 13: El Príncipe del Reino de Persia me opuso resistencia durante veintiún días, pero Miguel, uno de los primeros príncipes, ha venido en mi ayuda. Yo lo dejé allí, junto al príncipe de los reyes de Persia.

Aquí vemos como Miguel es uno entre muchos príncipes celestiales. Eso contradice lo que claramente se expresa en el primer capítulo del Evangelio de Juan, donde se enseña que Cristo es singularmente especial y único, la “Palabra de Dios” por medio de quien toda la creación llegó a existir, incluídos todos los miembros de los ejércitos celestiales.

Judas 1, 9: En cambio el arcángel Miguel, cuando altercaba con el diablo disputándose el cuerpo de Moisés, no se atrevió a pronunciar contra él juicio injurioso, sino que dijo: “Que te castigue el Señor”.

Miguel no ejecuta el juicio sino que se lo deja a Dios porque él mismo, como arcángel no está autorizado a juzgar a Satanás por sus acciones. Jesús en cambio fue reconocido por los demonios como el “Santo de Dios” con autoridad absoluta sobre ellos. Comparar con Marcos 1, 21-28.

Colosenses 1, 15-17: El es Imagen de Dios invisible, Primogénito de toda la creación, porque en El fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles, los Tronos, las Dominaciones, los Principados, las Potestades: todo fue creado por El y para El, El existe con anterioridad a todo y todo tiene en El su consistencia.

Todos los ángeles y también el mismo Lucifer fueron creados por Dios el Hijo.

Colosenses 2, 18-19: Que nadie os prive del premio a causa del gusto por ruines prácticas, del culto de los ángeles, obsesionado por lo que vió, vanamente hinchado por su mente carnal, en lugar de mantenerse unido a la Cabeza, de la cual todo el Cuerpo, por medio de junturas y ligamentos, recibe nutrición y cohesión, para realizar su crecimiento en Dios.

Todos hemos sido creados para adorar a Dios. Por lo tanto adoramos a Dios en Jesús. Si Jesús fuera un ángel, estaría prohibido adorarle, por ser una contradicción con 1 Pedro 4, 11 donde encontramos esta admonición:

“Si alguno habla, sean palabras de Dios; si alguno presta un servicio, hágalo en virtud del poder recibido de Dios, para que Dios sea glorificado en todo por Jesucristo, a quien corresponden la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.”

1 Tesalonicenses 4, 16: El Señor mismo, a la orden dada por la voz de un arcángel y por la trompeta de Dios, bajará del cielo y los que murieron en Cristo resucitarán en primer lugar.

Este es uno de los textos que con mayor frecuencia se usan erróneamente para afirmar que Cristo es un arcángel. Sin embargo, si Cristo fuera un arcángel, la expresión “por la voz de un arcángel” sería una aclaración innecesaria en este caso. Es obvio que, como todos los reyes, el Rey de Reyes no hará uso de su propia voz para iniciar esta acción histórica, sino que la delegará en un heraldo angelical de alto rango, un arcángel, como corresponde a la dignidad de un rey.

Apocalipsis 19, 10: Entonces me postré a sus pies para adorarle, pero él me dice: “No, cuidado; yo soy un siervo como tú y como tus hermanos que mantienen el testimonio de Jesús. A Dios tienes que adorar.”

El ángel que habla con el apóstol Juan le advierte que sólo Dios es digno de adoración. Esto es consistente con el consejo apostólico de 1 Pedro 4, 11 que ya hemos leído anteriormente. Ver también el capítulo titulado Divinidad de Cristo.

Anuncio de la Pasión

Del santo Evangelio según san Lucas 9, 43-45

En aquel tiempo, entre la admiración general por lo que hacía, Jesús dijo a sus discípulos: Poned en vuestros oídos estas palabras: el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres. Pero ellos no entendían lo que les decía; les estaba velado de modo que no lo comprendían y temían preguntarle acerca de este asunto. 

Oración Introductoria

Ven Espíritu Santo, ilumina mi mente y mi voluntad para que nunca tema acercarme a mi Padre celestial en la oración. Hazme dócil a tus inspiraciones y ayúdame a corresponder a ellas con generosidad.

Petición

Jesús, ayúdame a entender, y a vivir, lo que hoy me quieres decir en esta oración.

Meditación del Papa Francisco

La novedad de Dios se presenta ante los ojos de las mujeres, de los discípulos, de todos nosotros: la victoria sobre el pecado, sobre el mal, sobre la muerte, sobre todo lo que oprime la vida, y le da un rostro menos humano. Y este es un mensaje para mí, para ti, querida hermana y querido hermano. Cuántas veces tenemos necesidad de que el Amor nos diga: ¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? Los problemas, las preocupaciones de la vida cotidiana tienden a que nos encerremos en nosotros mismos, en la tristeza, en la amargura…, y es ahí donde está la muerte. No busquemos ahí a Aquel que vive. Acepta entonces que Jesús Resucitado entre en tu vida, acógelo como amigo, con confianza: ¡Él es la vida! Si hasta ahora has estado lejos de él, da un pequeño paso: te acogerá con los brazos abiertos. Si eres indiferente, acepta arriesgar: no quedarás decepcionado. Si te parece difícil seguirlo, no tengas miedo, confía en él, ten la seguridad de que él está cerca de ti, está contigo, y te dará la paz que buscas y la fuerza para vivir como él quiere. (S.S. Francisco, 30 de marzo de 2013).

Reflexión

Los discípulos de Jesús estaban asustados y no se atrevían ni a preguntar por el significado de sus palabras. Hablar de muerte no es fácil a nadie, porque es enfrentarse con el misterio y lo que nos trasciende no tiene explicación, sino que hay que aceptarlo en la fe y en la confianza. Jesús aceptó la muerte desde el abandono en su Padre y sólo así fue capaz de atraer sobre nosotros la salvación.

¡Cuántas veces nosotros nos perdemos en preguntas y cuántas otras no somos capaces ni de cuestionarnos por miedo a la respuesta!. Dios nos sorprende siempre en su infinito amor, y es la confianza y el amor lo que nos tiene que mover en la vida porque el temor paraliza y nos deja sin fuerzas para actuar. El que ama ha pasado de la muerte a la vida; por eso echemos fuera el miedo y vivamos en la plenitud del amor.

Propósito

Rezar una oración por el día de mi muerte porque solo Dios conoce el día y la hora que estaremos en su Presencia.

Diálogo con Cristo

Padre del Cielo y de la tierra, que no abandonas nunca la obra de tus manos, te pedimos alejes de nosotros todo temor, para que viviendo en la plenitud de tu amor sepamos dar testimonio de tu bondad y así nos hagamos creíbles ante los hombres.

Profesión de fe de Pedro

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Del santo Evangelio según san Lucas 9, 18-22

Un día en que Jesús oraba a solas y sus discípulos estaban con él, les preguntó: “¿Quién dice la gente que soy yo?”. Ellos le respondieron: “Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, alguno de los antiguos profetas que ha resucitado”. “Pero ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy yo?”. Pedro, tomando la palabra, respondió: “Tú eres el Mesías de Dios”. Y él les ordenó terminantemente que no lo dijeran a nadie. “El Hijo del hombre, les dijo, debe sufrir mucho, ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser condenado a muerte y resucitar al tercer día”. 

Oración Introductoria

Señor Jesús, el Evangelio en muchas ocasiones menciona cómo sabías darte el tiempo y buscabas el mejor lugar para hacer oración. Ayúdame a aprender de Ti, que sepa darle siempre prioridad a mi oración.

Petición

Jesús, dame la luz y la fuerza para convertirme en un verdadero hombre/mujer de oración.

Meditación del Papa Francisco

Pienso en nosotros, bautizados, si tenemos esta fuerza. Y pienso: “Pero nosotros, creemos en esto? ¿Que el bautismo sea suficiente para evangelizar? O esperamos que el cura diga, que el obispo diga… ¿Y nosotros?”. Demasiado a menudo la gracia del bautismo se deja un poco aparte y nos encerramos en nuestros pensamientos, en nuestras cosas. A veces pensamos: “No, nosotros somos cristianos: hemos recibido el bautismo, nos hemos confirmado, hemos hecho la primera comunión… y así el carnet de identidad está bien. Y ahora, dormimos tranquilos: somos cristianos”. Pero “¿Dónde está esta fuerza del Espíritu que te lleva adelante? ¿Somos fieles al Espíritu para anunciar a Jesús con nuestra vida, con nuestro testimonio y con nuestras palabras?- cuando no lo hacemos, la Iglesia se convierte no en madre, sino en Iglesia niñera, que cuida al niño para que se duerma. Es una Iglesia adormecida. Pensemos en nuestro bautismo, en la responsabilidad de nuestro bautismo. (S.S. Francisco, 17 de abril de 2013)..

Reflexión

¿Quién dicen los hombres que soy? Es una pregunta que aún hoy nos hace Cristo a cada uno de los que profesamos el nombre de cristianos. Esa vez fue dirigida a los apóstoles y causó el mismo impacto que si nos la dijera hoy Jesús a nosotros. Ellos, que habían escuchado sus palabras, habían dejado todo por seguirlo, nunca se habían cuestionado sobre quién era “realmente” aquel Hombre que podía dominar la naturaleza y que curaba a los enfermos y perdonaba los pecados.

Ante la primera pregunta muchos respondieron de inmediato: que Juan el Bautista, que alguno de los profetas… Y vosotros, ¿quién decís que soy? Sólo ahora se quedaron estupefactos. No se lo habían planteado jamás. ¿Cómo era posible que no supieran quién era? Ocurre que muchos católicos tras años de bautizados, y después de haber visto la acción de la gracia tan patente por los sacerdotes, tampoco saben “realmente” quién es Él. Porque es una pregunta que se responde de corazón a corazón, no de un frío libro a una también fría mente. Cristo pregunta y lo hace porque desea que lo conozcamos de veras.

Sólo el bueno e intrépido de Pedro responderá justamente: Tú eres el Cristo. Porque se ha dejado llevar de la inspiración del Espíritu, él que será la Piedra de la Iglesia. ¿Sabemos quién es Cristo? Respondámosle sin miedo en la intimidad de la oración de corazón a Corazón.

Propósito

Esforzarme por tener a Cristo como el criterio de mis decisiones e imitar su estilo de vida.

Diálogo con Cristo

Jesucristo, lo primero que debo de buscar, si quiero ser feliz, es vivir centrado en Ti, eso es lo esencial de mi vida. Tengo que arraigarme en Ti y corresponder generosa y alegremente a tu infinito amor. Te pido tu gracia para saber vivir en el amor al saberte reconocer en los acontecimientos, buenos y malos, de este día.

Herodes oye hablar de Jesús

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Del santo Evangelio según san Lucas 9, 7-9

En aquel tiempo se enteró el tetrarca Herodes de todo lo que pasaba, y estaba perplejo; porque unos decían que Juan había resucitado de entre los muertos; otros, que Elías se había aparecido; y otros, que uno de los antiguos profetas había resucitado.
Herodes dijo: A Juan, le decapité yo. ¿Quién es, pues, éste de quien oigo tales cosas? Y buscaba verle.

Oración Introductoria

Espíritu Santo, ven a mi encuentro, guía mi oración, para conocerte, no por curiosidad, sino porque quiero seguirte y amarte más. Ilumina mi mente y despierta en mí el deseo de vivir con entusiasmo y, sobre todo, con mucho amor.

Petición

Señor, purifica mi intención en este momento de oración y en todas las actividades de este día.

Meditación del Papa Francisco

Dejaron su casa, llevaron consigo quizá pocas cosas; no tenían seguridad, pero fueron de sitio en sitio anunciando la Palabra. Llevaban consigo la riqueza que tenían: la fe. Aquella riqueza que el Señor les había dado. Eran simples fieles, apenas bautizados desde hacía un año o poco más, quizá. Pero tenían el coraje de ir a anunciar. ¡Y les creían! ¡E incluso hacían milagros! “Muchos endemoniados expulsaban espíritus impuros, dando grandes gritos, y muchos paralíticos y lisiados fueron curados”. Y al final “¡hubo gran alegría en aquella ciudad!”. Había ido también Felipe. Cuando hacemos esto, la Iglesia se convierte en una Iglesia Madre que genera hijos», hijos de la Iglesia que testimonian a Jesús y la fuerza del Espíritu. Estos cristianos -cristianos desde hacía poco tiempo- tuvieron la fuerza, el coraje de anunciar a Jesús. Lo anunciaban con las palabras, pero también con su vida. Suscitaban curiosidad: “Pero… ¿quiénes son estos?”. Y ellos decían: “Hemos conocido a Jesús, hemos encontrado a Jesús, y lo llevamos”. Tenían solo la fuerza del bautismo. Y el bautismo les daba este coraje apostólico, la fuerza del Espíritu”. (S.S. Francisco, 17 de abril de 2013). 

Reflexión

¿Quién es este hombre que congrega a las multitudes, este hombre que cura a los enfermos, este hombre que nos habla de un Reino nuevo y a quien el mar y el viento obedecen? ¿Es un reformador social? ¿Un nuevo profeta? ¿Un revolucionario? ¿O el hombre más genial de todos los tiempos?

Hoy nos surge también a nosotros el mismo deseo que a Herodes. Tenemos ganas de ver a Cristo. Queremos conocerle y estar con El.

Estamos contigo, Cristo. No podemos reprimir el decirte, como Pedro, “Tú eres el Hijo de Dios vivo”. Gracias, Señor, por haber entrado en nuestras vidas. Por haber irrumpido en la historia de la humanidad. Por haber cambiado los destinos de los hombres.

Lo mismo que la historia se cuenta ahora a partir de tu nacimiento, queremos también que nuestras vidas se cuenten a partir de este encuentro contigo.

Ayúdanos a llevar esta Buena Noticia a los hombres, a cambiar la historia como Tú lo hiciste. Te buscamos, ven a encontrarte con nosotros y colma nuestros anhelos.

Herodes no sabía quién eras. Nosotros sabemos que Tú eres el Hijo de Dios, y que sólo Tú tienes palabras de vida eterna.

Propósito

En el lugar adecuado, darme el tiempo y el silencio necesarios para la oración. Queremos estar con Jesús, en este diálogo íntimo de hoy, en esta oración, en la que quiero ver Tu rostro para poder darlo a conocer a los nuestros.

Diálogo con Cristo 

Gracias, Señor, por concederme la gracia, la confianza y el gran consuelo de poder dialogar contigo, porque por tu inmensa generosidad no sólo te conozco sino que tengo la seguridad que Tú siempre estás dispuesto a darme tu gracia y cercanía. Ayúdame a pasar este día haciendo el bien.