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El Papa Bueno y el Papa Grande

Bueno y Grande son dos adjetivos que podrían situarse junto al nombre de los papas que he conocido. He aprendido a amarlos a todos porque representan a Cristo. Pero cuando el sensus fidei, la nariz católica del Pueblo de Dios lo dice de alguien en particular, no dudo de que tiene un sentido. Es muy natural llamar a Juan XXIII el Papa Bueno y otorgar el título de Grande a Juan Pablo II, unidos porque se ha comunicado conjuntamente la canonización de ambos, otro gesto de Francisco, el Papa Sencillo.

Podría pensarse en una bondad del Papa Juan derivada de sus grandes encíclicas sociales, o de la convocatoria del Concilio Vaticano II con el que buscaba una notable mejora de la Iglesia, un mayor diálogo con el mundo, una mejor relación entre la fe y la razón. Pero posiblemente pensamos que no fue por ninguno de esos motivos. Con Machado, podríamos decir que fue un hombre bueno en el buen sentido de la palabra, tanto que va a ser canonizado, lo que significa que, ayudado por la gracia de Dios, se ha identificado con Cristo ejercitando las virtudes heroicamente.

No puedo olvidar aquello que dijo a san Josemaría en la inicial audiencia que le concedió: La primera vez que oí hablar del Opus Dei me dijeron que era una institución imponente que hacía mucho bien. La segunda vez, que era una institución imponentísima que hacía muchísimo bien. Estas palabras entraron por mis oídos, pero… el cariño por el Opus Dei se quedó en mi corazón.

Juan Pablo II el Grande. También podría pensarse en su largo pontificado, en los cientos de miles de kilómetros recorridos, sus catorce encíclicas, las Jornadas Mundiales de la Juventud y de la Familia, el Catecismo, los sínodos convocados, su fuerza comunicadora, etc. Pero pienso que este papa no se le llama Grande por eso o, en todo caso, es una partecita de su grandeza.

Juan Pablo II es Grande porque es un campeón de la santidad, que mostró en el atentado sufrido, en la salud y en las duras enfermedades padecidas. Él comprendió muy bien algo dicho por Pablo VI: que el fruto más precioso del concilio último había sido el solemne recuerdo de la llamada a la santidad para todos en todas las tareas honradas. Como sus predecesores, quizá por eso entendió muy bien a san Josemaría, considerado precursor del concilio, justamente por haber predicado desde el 2 de octubre de 1928, con una especial luz de Dios, esa misma idea sencilla, que no sé si captamos a fondo.

Lo recogía la estampa que se ha utilizado para pedir que fuera introducido en el número de los santos: “Él, confiando totalmente en tu infinita misericordia (de Dios) y en la maternal intercesión de María, nos ha mostrado una imagen viva de Jesús Buen Pastor, indicándonos la santidad, alto grado de la vida cristiana ordinaria, como camino para alcanzar la comunión eterna Contigo”.

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La dulce y confortadora alegría de evangelizar

Discípulos y misioneros de Jesucristo para que nuestros pueblos en Él tengan vida

1. Los obispos reunidos en la V Conferencia General del Episcopado de América Latina y El Caribe quieren impulsar, con el acontecimiento celebrado junto a Nuestra Señora Aparecida en el espíritu de “un nuevo Pentecostés”, y con el documento final que resume las conclusiones de su diálogo, una renovación de la acción de la Iglesia. Todos sus miembros están llamados a ser discípulos y misioneros de Jesucristo, Camino, Verdad y Vida, para que nuestros pueblos tengan vida en Él. En la senda abierta por el Concilio Vaticano II y en continuidad creativa con las anteriores Conferencias de Río de Janeiro, 1955; Medellín, 1968; Puebla, 1979; y Santo Domingo, 1992, han reflexionado sobre el tema Discípulos y misioneros de Jesucristo para que nuestros pueblos en Él tengan vida.”Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14,6), y han procurado trazar en comunión líneas comunes para proseguir la nueva evangelización a nivel regional.

Renovar las comunidades eclesiales y estructuras pastorales para encontrar los cauces de la trasmisión de la fe en Cristo

2. Ellos expresan, junto con el Papa Benedicto XVI, que el patrimonio más valioso de la cultura de nuestros pueblos es “la fe en Dios Amor”. Reconocen con humildad las luces y las sombras que hay en la vida cristiana y en la tarea eclesial. Quieren iniciar una nueva etapa pastoral, en las actuales circunstancias históricas, marcada por un fuerte ardor apostólico y un mayor compromiso misionero para proponer el Evangelio de Cristo como camino a la verdadera vida que Dios brinda a los hombres. En diálogo con todos los cristianos y al servicio de todos los hombres, asumen “la gran tarea de custodiar y alimentar la fe del Pueblo de Dios, y recordar también a los fieles de este Continente que, en virtud de su bautismo, están llamados a ser discípulos y misioneros de Jesucristo” (Benedicto XVI, Discurso Inaugural, 3). Se han propuesto renovar las comunidades eclesiales y estructuras pastorales para encontrar los cauces de la trasmisión de la fe en Cristo como fuente de una vida plena y digna para todos, para que la fe, la esperanza y el amor renueven la existencia de las personas y transformen las culturas de los pueblos.

Todo el Pueblo de Dios en un estado permanente de misión

3. En ese contexto y con ese espíritu ofrecen sus conclusiones abiertas en el Documento final. El texto tiene tres grandes partes que sigue el método de reflexión teológico pastoral “ver, juzgar y actuar”. Así se mira la realidad con ojos iluminados por la fe y un corazón lleno de amor, proclama con alegría el Evangelio de Jesucristo para iluminar la meta y el camino de la vida humana, y busca, mediante un discernimiento comunitario abierto al soplo del Espíritu Santo, líneas comunes de una acción realmente misionera, que ponga a todo el Pueblo de Dios en un estado permanente de misión. Ese esquema tripartito está hilvanado por un hilo conductor en torno a la vida, en especial la Vida en Cristo, y está recorrido transversalmente por las palabras de Jesús, el Buen Pastor: “Yo he venido para que las ovejas tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10,10).

Parte I: La vida de nuestros pueblos

4. La primera parte se titula “La vida de nuestros pueblos”. Allí se considera, brevemente, al sujeto que mira la realidad y que bendice a Dios por todos los dones recibidos, en especial, por la gracia de la fe que lo hace seguidor de Jesús y por el gozo de participar en la misión eclesial. Ese capítulo primero, que tiene el tono de un himno de alabanza y acción de gracias, se denomina Los discípulos misioneros.

Inmediatamente sigue el capítulo segundo, el más largo de esta parte, titulado Mirada de los discípulos misioneros hacia la realidad. Con una mirada teologal y pastoral considera, con cierto detenimiento, los grandes cambios que están sucediendo en nuestro continente y en el mundo, y que interpelan a la evangelización. Se analizan varios procesos históricos complejos y en curso en los niveles sociocultural, económico, sociopolítico, étnico y ecológico, y se disciernen grandes desafíos como la globalización, la injusticia estructural, la crisis en la trasmisión de la fe y otros. Allí se plantean muchas realidades que afectan la vida cotidiana de nuestros pueblos. En ese contexto, considera la difícil situación de nuestra Iglesia en esta hora de desafíos, haciendo un balance de signos positivos y negativos.

Parte II: La Vida de Jesucristo en los discípulos misioneros

5. La segunda parte, a partir de la mirada al hoy de América Latina y El Caribe, ingresa en el núcleo del tema. Su título es “La Vida de Jesucristo en los discípulos misioneros”. Indica la belleza de la fe en Jesucristo como fuente de Vida para los hombres y mujeres que se unen a Él y recorren el camino del discipulado misionero. Aquí, tomando como eje la Vida que Cristo nos ha traído, se tratan, en cuatro capítulos sucesivos, grandes dimensiones interrelacionadas que conciernen a los cristianos en cuanto discípulos misioneros de Cristo: la alegría de ser llamados a anunciar el Evangelio, con todas sus repercusiones como “buena noticia” en la persona y en la sociedad (capítulo tercero); la vocación a la santidad que hemos recibido los que seguimos a Jesús, al ser configurados con Él y estar animados por el Espíritu Santo (capítulo cuarto); la comunión de todo el Pueblo de Dios y de todos en el Pueblo de Dios, contemplando desde la perspectiva discipular y misionera los distintos miembros de la Iglesia con sus vocaciones específicas, y el diálogo ecuménico, el vínculo con el judaísmo y el diálogo interreligioso (capítulo cinco); por fin, se plantea un itinerario para los discípulos misioneros que considera la riqueza espiritual de la piedad popular católica, una espiritualidad trinitaria, cristocéntrica y mariana de estilo comunitario y misionero, y variados procesos formativos, con sus criterios y sus lugares según los diversos fieles cristianos, prestando especial atención a la iniciación cristiana, la catequesis permanente y la formación pastoral (capítulo sexto). Aquí está una de las novedades del Documento que busca revitalizar la vida de los bautizados para que permanezcan y avancen en el seguimiento de Jesús.

Parte III: La vida de Jesucristo para nuestros pueblos

6. La tercera parte ingresa plenamente en la misión actual de la Iglesia latinoamericana y caribeña. Conforme al tema se la formula con el título “La vida de Jesucristo para nuestros pueblos”. Sin perder el discernimiento de la realidad ni los fundamentos teológicos, aquí se consideran las principales acciones pastorales con un dinamismo misionero.

En un núcleo decisivo del Documento se presenta La misión de los discípulos misioneros al servicio de la vida plena, considerando la Vida nueva que Cristo nos comunica en el discipulado y nos llama a comunicar en la misión, porque el discipulado y la misión son como las dos caras de una misma medalla. Aquí se desarrolla una gran opción de la Conferencia: convertir a la Iglesia en una comunidad más misionera. Con este fin se fomenta la conversión pastoral y la renovación misionera de las iglesias particulares, las comunidades eclesiales y los organismos pastorales. Aquí se impulsa una misión continental que tendría por agentes a las diócesis y a los episcopados (capítulo siete).

Luego se analizan algunos ámbitos y algunas prioridades que se quieren impulsar en la misión de los discípulos entre nuestros pueblos al alba del tercer milenio. En El Reino de Dios y la promoción de la dignidad humana se confirma la opción preferencial por los pobres y excluidos que se remonta a Medellín, a partir del hecho de que en Cristo Dios se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza, se reconocen nuevos rostros de los pobres (vg., los desempleados, migrantes, abandonados, enfermos, y otros) y se promueve la justicia y la solidaridad internacional (capítulo ocho). Bajo el título Familia, personas y vida, a partir del anuncio de la Buena Noticia de la dignidad infinita de todo ser humano, creado a imagen de Dios y recreado como hijo de Dios, se promueve una cultura del amor en el matrimonio y en la familia, y una cultura del respeto a la vida en la sociedad; al mismo tiempo se desea acompañar pastoralmente a las personas en sus diversas condiciones de niños, jóvenes y adultos mayores, de mujeres y varones, y se fomenta el cuidado del medio ambiente como casa común (capítulo nueve).

En el último capítulo, titulado Nuestros pueblos y la cultura, continuando y actualizando las opciones de Puebla y de Santo Domingo por la evangelización de la cultura y la evangelización inculturada, se tratan los desafíos pastorales de la educación y la comunicación, los nuevos areópagos y los centros de decisión, la pastoral de las grandes ciudades, la presencia de cristianos en la vida pública, especialmente el compromiso político de los laicos por una ciudadanía plena en la sociedad democrática, la solidaridad con los pueblos indígenas y afrodescendientes, y una acción evangelizadora que señale caminos de reconciliación, fraternidad e integración entre nuestros pueblos, para formar una comunidad regional de naciones en América Latina y El Caribe (capítulo diez).

La dulce y confortadora alegría de evangelizar

7. Con un tono evangélico y pastoral, un lenguaje directo y propositivo, un espíritu interpelante y alentador, un entusiasmo misionero y esperanzado, una búsqueda creativa y realista, el Documento quiere renovar en todos los miembros de la Iglesia, convocados a ser discípulos misioneros de Cristo, “la dulce y confortadora alegría de evangelizar” (EN 80). Llevando las naves y echando las redes mar adentro, desea comunicar el amor del Padre que está en el cielo y la alegría de ser cristianos a todos los bautizados y bautizadas, para que proclamen con audacia a Jesucristo al servicio de una vida en plenitud para nuestros pueblos. Con las palabras de los discípulos de Emaús y con la plegaria del Papa en su Discurso inaugural, el Documento concluye con una oración dirigida a Jesucristo: “Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado” (Lc 24,29).

8. Con todos los miembros del Pueblo de Dios que peregrinan por América Latina y El Caribe, los discípulos misioneros encuentran la ternura del amor de Dios reflejada en el rostro de la Virgen María. Nuestra Madre querida, desde el santuario de Guadalupe, hace sentir a sus hijos más pequeños que están cobijados por su manto, y desde aquí, en Aparecida, nos invita a echar las redes para acercar a todos a su Hijo, Jesús, porque Él es “el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14,6), sólo Él tiene “palabras de Vida eterna”.
(Jn 6,68) y Él vino para que todos “tengan Vida y la tengan en abundancia” (Jn 10,10).

Posible canonización en 2013 de Juan Pablo II y Juan XXIII

Wojtyla “santo súbito”, pero junto a Juan XXIII, el “Papa bueno”. Esta mañana en el Vaticano se reunieron los cardenales y obispos miembros de la “ordinaria” de la Congregación para las causas de los santos, para examinar diferentes casos antes de que comience el verano. Entre estos, destacan el milagro atribuido a la intercesión del beato Juan Pablo II. El último paso decisivo antes de la firma final de Francisco, que llevará a la canonización récord del Pontífice polaco, que fue beatificado hace dos años.

Pero, inesperadamente, los cardenales y obispos también tendrán que discutir sobre otro caso, que se ha añadido en estos últimos días: el de la canonización de Juan XXIII, el Papa que convocó al Concilio Vaticano II, que murió en junio de hace 50 años y que fue beatificado en el año 2000. Un cambio no previsto que demuestra la voluntad para celebrar juntas las dos santificaciones, llevando a los altares y al culto universal tanto al Pontífice de Bérgamo, como al Pontífice polaco.

La fecha más probable para la ceremonia en la que Roncalli y Wojtyla podrían ser santificados es diciembre de 2013, inmediatamente después de que termine el Año de la Fe, dado que la hipótesis inicial de octubre parece cada vez menos plausible por la falta de tiempo y por problemas de organización. El cardenal Angelo Amato, Prefecto de la Congregación para las causas de los santos, después de la decisión que tomaron los cardenales y obispos esta mañana, se reunirá con Francisco y, pocos días después, la noticia de los dos Papa santos podría hacerse oficial definitivamente.

Había sido el mismo Wojtyla, en septiembre de 2000, durante el Jubileo, quien proclamó beato a Juan XXIII, en la misma celebración de la beatificación de Pío IX, el último Papa rey. En aquella ocasión, lo que llevó hacia el primer “grado” de los altares a Roncali fue el milagro de la curación (de 1966) de sor Caterina Capitani.

Como se sabe, según las normas para la canonización es necesario que se reconozca un segundo milagro, que se haya verificado después de la beatificación. Durante los últimos 13 años ha habido diferentes indicaciones de gracias y de presuntos milagros atribuidos a la intercesión de Roncalli, pero hasta hace algún tiempo ninguno de estos había pasado los exámenes de las comisiones médica y de teólogos de la “fábrica de santos” del Vaticano. Así pues, será posible que se reduzcan los tiempos. El Papa, de hecho, puede, si así lo pretende, derogar incluso el reconocimiento del milagro y proceder, después de haber escuchado el parecer de los cardenales de la congregación, con una canonización.

Eran las 19.49 del 3 de junio de 1963 cuando la multitud que se encontraba en la Plaza San Pedro vio que se encendían las luces de la habitación del apartamento papal. Era la señal que indicaba la muerte de Juan XXIII. En menos de 5 años, el anciano prelado de Bérgamo, elegido como Papa “de transición”, había llegado al corazón de todo el mundo, debido a la sencillez de sus gestos y de sus palabras. Las visitas a la cárcel Regina Coeli y a los pequeños enfermos del hospital romano Bambin Gesù, las salidas a las parroquias, hicieron de él un obispo muy popular. La histórica decisión de convocar a un Concilio ecuménico cambió el rostro de la Iglesia, aunque Roncalli no llegó a ver su conclusión.

Justamente, mientras el Concilio seguía su curso, muchos obispos propusieron proclamar a Juan XXIII santo por aclamación. Su sucesor, Pablo VI, prefirió seguir las vías canónicas, por lo que se puso en marcha un proceso canónico y se unió a Roncalli con su predecesor Pío XII.

Apariciones de Jesús a sus discípulos

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Del santo Evangelio según san Marcos 16, 9-15

Jesús resucitó en la madrugada, el primer día de la semana, y se apareció primero a María Magdalena, de la que había echado siete demonios. Ella fue a comunicar la noticia a los que habían vivido con él, que estaban tristes y llorosos. Ellos, al oír que vivía y que había sido visto por ella, no creyeron. Después de esto, se apareció, bajo otra figura, a dos de ellos cuando iban de camino a una aldea. Ellos volvieron a comunicárselo a los demás; pero tampoco creyeron a éstos. Por último, estando a la mesa los once discípulos, se les apareció y les echó en cara su incredulidad y su dureza de corazón, por no haber creído a quienes le habían visto resucitado. Y les dijo: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación».

Oración introductoria

Dios mío, creo en Ti, pero necesito aumentar mi fe porque la incredulidad y la dureza de corazón, que recriminas en tus discípulos, están también presentes en mi vida cotidiana, cuando se presentan los problemas, cuando la exigencia de cumplir tu voluntad se ve superior a las propias fuerzas o cuando no comprendo o acepto las dificultades. Ilumina esta oración para que tu luz y tu verdad me lleven a predicar tu Evangelio.

Petición

Señor, aparécete en mi oración, o dame la humildad de saber que me escuchas, aunque no «sienta» nada.

Meditación de SS Benedicto XVI

El Concilio Vaticano II lo indicó con claridad y el Magisterio posterior lo confirmó con fuerza. Esto exige adecuar constantemente estilos de vida, planes pastorales y organización diocesana a esta dimensión fundamental de ser Iglesia, especialmente en nuestro mundo en continuo cambio. Y esto vale también para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, como también para los Movimientos eclesiales: todos los componentes del grande mosaico de la Iglesia deben sentirse fuertemente interpelados por el mandato del Señor de predicar el Evangelio, para que Cristo sea anunciado en todas partes. Nosotros los pastores, los religiosos, las religiosas y todos los fieles en Cristo, debemos seguir las huellas del apóstol Pablo, quien, “prisionero de Cristo por los paganos”, trabajó, sufrió y luchó para llevar el Evangelio en medio de los paganos sin ahorrar energías, tiempo y medios para dar a conocer el Mensaje de Cristo».(Benedicto XVI, 26 de enero de 2012).

Reflexión

Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe. (1 Co, 15,14). Desde la primera generación cristiana la Iglesia se reconoce en esta expresión de San Pablo. El problema que se ha siempre presentado es aquél de cómo interpretar esta verdad central del credo. ¿Quiere decir que ha resucitado verdaderamente, es decir, que vive por siempre en su cuerpo y no solamente como simple manera espiritual?

Es esto lo que afirma la Escritura y la fe de la Iglesia. La resurrección en cuanto tal, es decir, el acto por el cual Dios glorifica a Jesús, es inaccesible y se puede alcanzar sólo por la fe. Por eso es importante que este hecho no huya de la búsqueda histórica. Es inimaginable la primera predicación cristiana, sin la experiencia pascual de los apóstoles que testimonian que Jesús se ha manifestado muchas veces antes de la muerte. Sólo esta verdad da un significado auténtico y trascendental a la propia existencia, la ilumina y la hace vivir con optimismo. La resurrección de Cristo es vida para los difuntos, perdón para los pecadores, gloria para los santos. Todo tiene razón de existir con la resurrección de Cristo y el mismo dolor se transforma.

Propósito

Ser testigo de Cristo con un comentario o una buena acción, aunque me cueste.

Diálogo con Cristo

Jesús, no podré ser un testigo auténtico de tu resurrección si primero no logro amar a cada uno de mis hermanos con el mismo amor con que Tú los amas. Dame una caridad como la tuya: total, generosa, desinteresada, que sólo busque el bien de los demás y acepte a todos por igual, sin poner límites y sin hacer acepciones entre las personas. Esto se dice fácil, pero para lograrlo, necesito convertirme en una persona que haya hecho la experiencia de tu amor en su propia vida, por medio de la vida sacramental, la oración y mi ayuda a los demás.

A Dios lo que es Dios y al Cesar lo que es del César

A Dios lo que es Dios y al Cesar lo que es del César

El Papa comienza citando las palabras del Concilio Vaticano II, que reconoce la legítima autonomía de la esfera temporal. Pero inmediatamente observa: La política es más que una simple técnica para determinar los ordenamientos públicos: su origen y su meta están precisamente en la justicia, y ésta es de naturaleza ética» (No. 28).

Al decidir qué significa justicia para el estado y cómo puede esta alcanzarse, se abre para la fe un legítimo camino. Aplicar la fe a las cuestiones de la justicia, sostiene el Santo Padre, no significa que haya un intento de imponer la religión a los no creyentes. Más bien, esto puede purificar la razón humana, permitiéndole apreciar mejor las exigencias de la justicia. De la misma forma, la enseñanza social de la Iglesia también se basa en la razón y en la ley natural, y está por lo mismo de acuerdo con la naturaleza de todo ser humano.

Lejos de promover un programa político específico, la Iglesia busca estimular y formar las conciencias de modo que cada persona esté mejor preparada para responsabilizarse en asegurar una sociedad más justa. El quehacer político «no puede ser un cometido inmediato de la Iglesia», añade la encíclica.

La Iglesia no intenta sustituir al Estado. No obstante, «Pero tampoco puede ni debe quedarse al margen en la lucha por la justicia», escribe Benedicto XVI. De hecho, observa, promover la justicia y el bien común «le interesa sobremanera».

Volviendo al tema principal de la encíclica, el Pontífice explica que incluso en una sociedad justa, el amor –la caridad– será siempre necesario. Además, la iniciativa personal, motivada por el amor, es importante para evitar una situación donde todo se deja al estado, que regula y controla todo.

No sólo de pan 

Además, este amor, junto con la ayuda material, ofrece sosiego y cuidado del alma. «Una ayuda con frecuencia más necesaria que el sustento material», sostiene la encíclica. No importa lo justas que sean las estructuras sociales, el hombre no vive sólo de pan.

El Papa también distingue entre la institución de la Iglesia y el papel de sus miembros laicos. Corresponde a estos últimos trabajar por una sociedad justa y participar directamente en la vida pública. La caridad debe animar esta actividad, que ha de vivirse como «caridad social» (No. 29).

La encíclica, en el No. 30, también trata brevemente el tema de la globalización. Este proceso significa que la preocupación por nuestro prójimo trasciende ahora los confines nacionales y se extiende al mundo entero. El aumento de los lazos internacionales ha traído consigo una creciente cooperación entre las agencias estatales y las organizaciones de la Iglesia que ha sido fructífera. El Papa también tiene palabras de alabanza para muchas personas que están implicadas en el trabajo voluntario.

Sin embargo, en toda esta actividad, observaba la encíclica, es importante mantener la identidad cristiana. La actividad caritativa de la Iglesia no debe diluirse «en una organización asistencial genérica» (No. 31).

La caridad cristiana debe obviamente incluir los aspectos materiales de ayudar a los demás, incluyendo el asegurar la suficiente competencia profesional. Pero quienes trabajan en las organizaciones de caridad también necesitan usar su corazón, de manera que el compromiso de ayudar a sus semejantes derive de su fe, hecha activa a través del amor.

Esta actividad caritativa debe permanecer independiente de partidos e ideologías y no ser un medio de «proselitismo», insiste el Pontífice. Con respecto a este último punto, la encíclica apunta que el amor es gratuito y no se practica para lograr otros fines.

Esto no significa que debamos dejar a Dios a un lado, añade inmediatamente el texto. La caridad siempre es preocupación por la entera persona, incluyendo su fe. Además, «con frecuencia, la raíz más profunda del sufrimiento es precisamente la ausencia de Dios». Así aunque nunca debamos imponer nuestra fe a los demás, también debemos saber cuándo es tiempo de hablar de Dios.

La misión de la Iglesia 

Benedicto XVI ha tocado en muchas ocasiones el tema de las relaciones iglesia-estado y la implicación de los cristianos en política. El 18 de octubre escribió una carta al presidente de la cámara baja del parlamento italiano, Pier Ferdinando Casini, para conmemorar el aniversario de la visita del Papa Juan Pablo II a este organismo legislativo tres años antes.

Benedicto XVI aseguraba a Casini que la Iglesia «no pretende reivindicar para sí ningún privilegio, sino sólo tener la posibilidad de cumplir su misión, dentro del respeto de la legítima laicidad del Estado».

Este legítimo laicismo, observaba, «no está en contraste con el mensaje cristiano, sino que más bien tiene una deuda con él, como saben bien los estudiosos de la historia de la civilización». Por ello, el Papa expresaba su confianza de que el parlamento honrara la memoria de Juan Pablo II promoviendo la persona humana, la familia, las escuelas y la atención a las necesidades del pobre.

Esta actividad política es precisamente llevada a cabo por los miembros laicos de la Iglesia. No obstante, ha observado el Papa en numerosas ocasiones, la Iglesia tiene un importante papel al formarlos para que puedan llevar a cabo esta tarea de forma adecuada.

En una carta con fecha 19 de noviembre al arzobispo de la Ciudad de México, el cardenal Norberto Rivera Carrera, el Santo Padre habló de la necesidad de que los laicos pongan «sus capacidades profesionales y el testimonio de una vida ejemplar al servicio de la evangelización de la vida social, haciéndola al mismo tiempo más justa y adecuada a la persona humana».

Bien común 

La carta fue escrita con ocasión de un encuentro reunido para presentar el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia. En ella, el Papa observaba que los laicos «necesitan una sólida formación que les permita discernir en cada situación concreta, por encima de intereses particulares o propuestas oportunistas, lo que realmente mejora al ser humano en su integridad y las características que han de tener los diversos organismos sociales para promover el verdadero bien común».

El 3 de diciembre, en un discurso a un grupo de obispos polacos en visita a Roma, el Pontífice volvió sobre este tema. En la labor de proclamar a Dios a la cultura contemporánea «el papel de los laicos es insustituible», insistía el Papa. «Su testimonio de fe es particularmente elocuente y eficaz, porque se da en la realidad diaria y en los ámbitos a los que un sacerdote accede con dificultad».

Benedicto XVI exhortaba a los laicos presentes en la política a «dar un testimonio valiente y visible de los valores cristianos, que hay que reafirmar y defender en el caso de que sean amenazados». Y, añadía: «Lo harán públicamente, tanto en los debates de carácter político como en los medios de comunicación social».

El Pontífice continuó con el tema de los políticos cristianos en su discurso a otro grupo de obispos, el 17 de diciembre. Se debe ayudar a estos políticos a ser conscientes de su identidad cristiana y también de los valores morales universales que tienen su fundamento en la naturaleza humana, explicaba. Esto ha de hacerse de modo que se guíen por su «conciencia cristiana», y lo que hacen en nombre de la Iglesia juntamente con sus pastores. Y así dar al César, y a Dios, lo que se les deba.

Vocación de Leví

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Del santo Evangelio según san Lucas 5, 27-32

En aquel tiempo salió Jesús y vio a un publicano llamado Leví, sentado en el despacho de impuestos, y le dijo: «Sígueme». El, dejándolo todo, se levantó y le siguió. Leví le ofreció en su casa un gran banquete. Había un gran número de publicanos, y de otros que estaban a la mesa con ellos. Los fariseos y sus escribas murmuraban diciendo a los discípulos: «¿Por qué coméis y bebéis con los publicanos y pecadores?» Les respondió Jesús: «No necesitan médico los que están sanos, sino los que están mal. No he venido a llamar a conversión a justos, sino a pecadores».

Oración introductoria 

Señor, no dejes de sorprenderme y hacer diferente cada uno de mis días. Concédeme iniciar esta oración con la completa disposición de escuchar tu voz y seguirte con el ánimo de desprenderme de mí mismo.

Petición

Dios mío, Tú me conoces y sabes qué fácilmente juzgo a los demás y cómo me cuesta perdonar, ayúdame a ser más misericordioso.

Meditación del Papa

Cristo ha venido a llamar a los pecadores. Son ellos los que necesitan el médico, y no los sanos. Y así, como dice el Concilio Vaticano II, la Iglesia es el “sacramento universal de salvación” que existe para los pecadores, para abrirles el camino de la conversión, de la curación y de la vida. Ésta es la verdadera y gran misión de la Iglesia, que le ha sido confiada por Cristo. Algunos miran a la Iglesia, quedándose en su apariencia exterior. De este modo, la Iglesia aparece únicamente como una organización más en una sociedad democrática, a tenor de cuyas normas y leyes se juzga y se trata una figura tan difícil de comprender como es la “Iglesia”. Si a esto se añade también la experiencia dolorosa de que en la Iglesia hay peces buenos y malos, grano y cizaña, y si la mirada se fija sólo en las cosas negativas, entonces ya no se revela el misterio grande y profundo de la Iglesia. (Benedicto XVI, 22 de septiembre de 2011).

Reflexión

Dos versículos del evangelio son capaces de transmitirnos algo tan complejo como es el llamado de Dios a un alma y su respuesta. Jesús se acerca a un hombre, Leví (o Mateo), y le dice una palabra: “Sígueme”. Él se levantó y le siguió. Es claro que Cristo no usa muchas palabras cuando desea que un hombre lo deje todo y le siga. Es la voz de su alma, de su mirada, de su amor, … la que mueve los corazones.

Jesucristo nos habla a nosotros en la oración, y también nos dice pocas palabras. Son pocos los casos en que Cristo se presenta en persona y habla a un hombre. Es en el diálogo interior, en la escucha del alma, en la reflexión y meditación del evangelio, en la contemplación de la Eucaristía, donde Dios pronuncia su palabra milagrosa: “sígueme”.

No tengamos miedo a dar la misma respuesta de Mateo. Él era un publicano y, para los judíos de su tiempo, un pecador. Sigamos su ejemplo de conversión y abramos la puerta de nuestra casa, de nuestro corazón, a un gran banquete con Nuestro Señor. Un banquete en el que sin duda gozaremos de su presencia, a pesar de lo que digan los demás. No tengamos miedo de ser cristianos, de seguir a Cristo, de convertirnos, de manifestar nuestra fe; y gozaremos así de la felicidad que Jesucristo nos proporciona. Una felicidad como la de Mateo.

Propósito

Hacer una oración especial de agradecimiento a Dios por haberme llamado a su Iglesia.

Diálogo con Cristo

Señor, permite que nunca discrimine ni considere a nadie indigno, más bien, que busque construir puentes, principalmente con mis actitudes ante los demás, para acercar a todos a la experiencia de tu amor. No puedo conformarme con vivir para mí mismo y para mis cosas. Dame la generosidad para entregarme incansablemente y hacer todo el bien que esté a mi alcance.

Si alguno quiere venir en pos de mí

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Del santo evangelio según san Lucas 9, 22-25

En aquel tiempo, dijo Jesús: “El Hijo del hombre debe sufrir mucho, y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar al tercer día”. Decía a todos: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ése la salvará. Pues, ¿de qué le sirve al hombre haber ganado el mundo entero, si él mismo se pierde o se arruina?”.

Oración introductoria

Jesús, se nota que lo que tú querías no era -ni ha sido nunca- ganarte un buen número de seguidores que quisieran ir en pos de ti para hacer milagros, o para adquirir mucha fama entre la gente, o incluso para vivir un evangelio diseñado a su comodidad. Por eso, desde que predicaste tu mensaje, dejaste bien claro que implicaba necesariamente la cruz, renunciar a sí mismo, perder la vida por ti. Ese es el camino para seguirte, para acercarnos al misterio tan gigante de tu persona y para encontrar en ti la verdadera vida.

Petición

Jesús mío, dame mucha fe y amor para llevar la cruz que tú me has dado, pues es el camino por donde has querido que te encuentre y llegue hasta ti.

Meditación del Papa 

Es necesario recordar siempre las palabras del concilio Vaticano II: “De nada sirve al hombre ganar todo el mundo si se pierde a sí mismo. No obstante, la espera de una tierra nueva no debe debilitar, sino más bien avivar la preocupación de cultivar esta tierra, donde crece aquel cuerpo de la nueva familia humana, que puede ofrecer ya un cierto esbozo del mundo nuevo” […] El Evangelio es la mayor fuerza de transformación del mundo, pero no es una utopía ni una ideología. Las primeras generaciones cristianas lo llamaban más bien el “camino”, es decir, la manera de vivir que Cristo practicó en primer lugar y que nos invita a seguir. A la ciudad “de la paz” se llega por este camino, que es el camino de la caridad en la verdad, sabiendo bien -como también nos recuerda el Concilio- que “no hay que buscar esta caridad sólo en las grandes cosas, sino especialmente en las circunstancias ordinarias de la vida” y que, siguiendo el ejemplo de Cristo, “debemos cargar también la cruz que la carne y el mundo imponen sobre los hombros de los que buscan la paz y la justicia.” (Benedicto XVI, 8 de mayo de 2011).

Reflexión 

El camino que Cristo propone es difícil. Pero ¿qué es aquello que ha movido a tantos hombres y mujeres a seguir a alguien que predica todo lo contrario que el mundo de hoy ofrece? Es cierto, que hay algo de locura en esto. Una locura que experimentan sólo quienes han conocido a Cristo y, por consiguiente, le han experimentado vivo y enérgicamente atractivo. Por algo el Papa Juan Pablo II gritaba con ardor en sus labios: “¡Abrid de par en par las puertas a Cristo! ¿Qué teméis? Tened confianza en él. Arriesgaos a seguirlo. Esto exige, evidentemente, que salgáis de vosotros mismos, de vuestros razonamientos, de vuestra «prudencia», de vuestra indiferencia, de vuestra suficiencia, de vuestras costumbres no cristianas que quizá habéis adquirido. Dejad que Cristo sea para vosotros el camino, la verdad y la vida. Dejad que sea vuestra salvación y vuestra felicidad.”

Propósito

Sobrellevaré con gozo las contrariedades y dificultades que forman mi cruz de este día.

Diálogo con Cristo

Jesucristo, estoy dispuesto a seguirte por este camino hermosísimo de ser cristiano. Ante todo lo que tú has hecho por mí, no encuentro otro camino para corresponderte que rendirme a tus pies para aprender de ti, para vivir lo que tú viviste. Sé que este camino entraña abnegación y sacrificio, y será fecundo sin comparaciones si busco encontrarte.

“Pon amor donde no hay amor, y sacarás amor” (San Juan de la Cruz).