Posts Tagged ‘doctrina social’

¿Crisis económica o crisis moral?

¿Crisis económica o crisis moral?

La Iglesia Católica está expectante ante la inminente publicación de la tercera encíclica de Benedicto XVI, con el título de “Caritas in Veritate” (El Amor en la Verdad), que abordará aspectos de la Doctrina Social. Sin lugar a dudas, será un instrumento importante para ayudarnos a realizar una lectura específica sobre las causas morales de la crisis económica en la que estamos inmersos.

La reflexión del Papa se promete especialmente interesante, habida cuenta de que en el año 1985, dentro del Simposio “Iglesia y Economía en Diálogo” en Roma, el entonces Cardenal Ratzinger pronunciaba una conferencia (“Market Economy and Ethics”), en la que predecía la crisis que ahora padecemos. Aquel vaticinio del futuro Papa, no estaba fundado tanto en teorías económicas, cuanto en la constatación de la violación de los principios de la justicia social. Dicho de otro modo, los problemas económicos son predecibles cuando tienen unas causas morales, y éstas deben ser abordadas si no queremos que la crisis se cierre en falso…

Con frecuencia oímos hablar de la crisis económica, como si se tratase de una estación cíclica de la naturaleza -la primavera, el verano, el otoño o el invierno-; de forma que la política económica se limita a centrarse en la búsqueda de medidas que alivien el impacto de los malos momentos. Pocos parecen atreverse a reconocer y denunciar las causas morales de esta recesión y a plantear soluciones estructurales que sanen de raíz el problema. ¡Algo parecido a lo sucedido con las recetas para controlar la extensión de la epidemia del SIDA! En este caso el Papa tuvo la valentía de poner el dedo en la llaga, afirmando que era totalmente necesaria la educación en una sexualidad responsable, puesta al servicio de la vocación del ser humano al amor estable. Sus palabras causaron escándalo en quienes pretendían solucionar un problema tan grave, mediante el mero recurso técnico del preservativo. Salvando las distancias… ¡estamos en las mismas! Sería bastante absurdo suponer que las causas desencadenantes de esta crisis económica vayan a quedar subsanadas por el mero recurso a unos “parches” multimillonarios, que impidan el hundimiento del sistema financiero, obviando los problemas de fondo.

Mención aparte merece la reflexión en torno a la licitud moral de las medidas tomadas en apoyo al sistema financiero. Al contrario de lo ocurrido en otras naciones, como Alemania o Estados Unidos, llama la atención que en España se haya asumido el empleo de ingentes recursos públicos para salvar la banca privada, sin el más mínimo debate ético y, prácticamente, sin resistencia social alguna. ¿Qué explicación cabe dar al hecho de que unas entidades financieras anuncien el récord de beneficios en un ejercicio contable, y el año siguiente tengan que recurrir a recibir ayudas públicas?

Cito unas palabras de Benedicto XVI dirigidas el 30 de marzo del presente año al Primer Ministro del Reino Unido, Gordon Brown: “Si un elemento clave de la crisis es un déficit de ética en las estructuras económicas, esta misma crisis nos enseña que la ética no es “externa”, sino “interna”, y que la economía no puede funcionar si no lleva en sí un componente ético”.

Consumir con templanza

Me centro en este momento en dos factores importantes que forman parte del problema moral causante de la crisis económica. El primero es la falta de templanza en el consumo. En muchas ocasiones se trata de una falta de templanza en el consumidor, artificialmente provocada desde multitud de resortes publicitarios, culturales, políticos, etc. Es bastante evidente que los datos espectaculares del crecimiento económico vivido antes de la crisis, estaban ligados a un consumo artificialmente “inflado”, que resulta insostenible a medio plazo.

Por desgracia, lejos de afrontar el problema de fondo, los responsables de la economía están dirigiendo a la población diversos llamamientos a reactivar el consumo, proporcionando para ello todo tipo de incentivos, como único medio para salir de la crisis. En vez de educar en el consumo necesario, creamos necesidades donde no las hay, para mantener unas expectativas económicas irreales. Por este camino, fácilmente podríamos salir de una crisis para entrar en otra…

Inversión en los países pobres

Si los bienes de producción -tanto materiales como inmateriales- no se ponen de forma equilibrada al servicio del desarrollo del Tercer Mundo y de los países en vías de desarrollo, paradójicamente, nuestro pecado de insolidaridad se vuelve contra nosotros mismos. En efecto, estamos viendo cómo nuestras multinacionales deslocalizadas en países pobres, pueden llegar a realizar una producción en condiciones infrahumanas, a precios sin posible competencia, hasta el punto de estrangular a muchas empresas en occidente. La lógica capitalista de la máxima ganancia, termina por convertirse en la tumba de la economía mundial (sin excluir a sus impulsores).

¡Dios quiera que la anunciada nueva encíclica del Papa, “Caritas in Veritate”, reciba una buena acogida y suscite un profundo debate! Será una gran oportunidad para abordar las dimensiones morales de la economía del mundo contemporáneo.

Anuncios

El Trabajo Humano

El Trabajo Humano

No es una mercancía

Para los seres humanos el trabajo es una parte fundamental de sus vidas. Si no trabajamos, nos sentimos frustrados. Y ello, especialmente en esta época dado que el trabajo es, cada vez más, el principal recurso que tiene el hombre. En efecto, si en otro tiempo fue la tierra o el capital y los medios de producción, hoy lo es el mismo hombre, sus conocimientos, su técnica y su saber.

Por otro lado, si miramos los conflictos sociales en nuestro país, muchos están asociados al descontento en torno al trabajo. Es por ello que la Doctrina Social de la Iglesia postula que el trabajo es un elemento clave en la resolución de los grandes problemas que aquejan al mundo de hoy y si queremos un mundo más humano, hemos de mirar qué acontece en el mundo del trabajo hoy.

Dimensión fundamental

El trabajo del hombre no es solo “hacer algo” sino que constituye una dimensión fundamental de nuestra existencia terrena, porque solo los seres humanos somos capaces de trabajar. Los grandes avances en los campos de la ciencia, la tecnología, las humanidades, entre otros, que ha logrado el hombre, es fruto de su trabajo.

Para los creyentes, es un mandato de Dios presente en la primera página de la Sagrada Escritura. Solo al hombre, en virtud de su condición de imagen y semejanza de Dios, se le ha dado esta tarea. En cierto sentido está llamado a continuar la obra del Creador.

El trabajo tiene dos dimensiones. La primera es una dimensión transitiva , por cuanto el trabajo del hombre sale de sí mismo y se instala en la creación. El trabajo se deposita en la realidad visible y se materializa como transformación de lo existente. Pero, además, tiene una dimensión intransitiva , que queda en el sujeto, y que de suyo está llamado a humanizarlo, a hacerlo más hombre. En cierto sentido “somos” nuestro trabajo y la sociedad “es” el fruto de nuestro trabajo.

Sentidos objetivo y subjetivo

El trabajo, por otra parte, tiene una dimensión objetiva y una subjetiva. El trabajo, en sentido objetivo , es lo que se hace y lo que se manifiesta en productos y servicios de la más variada especie. Todo lo que tenemos es fruto de los bienes que existen en la tierra y del trabajo del hombre que los ha modificado con su capacidad.

Una idea del todo fundamental es que, aun cuando estemos en presencia de la tecnología más sofisticada, siempre el sujeto del trabajo es el hombre. Desde este punto de vista puede ser preocupante que termine siendo considerado un mero engranaje o incluso esclavo de la máquina.

El trabajo, en sentido subjetivo , dice relación con quien lo hace, el hombre. El hombre es el valor fundamental del trabajo y allí radica la dignidad que lleva grabada. Así, el trabajo adquiere densidad humana cuando está al servicio del hombre y promueve a quien lo realiza. Todo trabajo es digno en cuanto a que lo hace una persona y tiende al bien de esta. Ahí está su primer y fundamental valor.

Quién lo realiza y quién lo recibe

Así, el destinatario del trabajo es el hombre que va a beneficiarse con los bienes y los servicios producidos. Pero, de modo primario, también es destinatario el hombre que lo realiza. ¿Qué saca el hombre con ennoblecer la materia prima con su trabajo si al mismo tiempo él se humilla?

De esto se concluye que el trabajo está llamado a ser fuente de desarrollo personal, es decir, una instancia privilegiada para ser mejor, para crecer en humanidad y hacer crecer a la humanidad toda con su cultura y sus valores.

Desde este punto de vista el trabajo es una posibilidad privilegiada para lograr una mayor perfección en el ser de la persona y no solo para tener más. Una excesiva fijación en el lucro puede sin duda opacar el valor maravilloso que tiene el trabajo en sí mismo y convertirlo en una mera mercancía que se transa en el mercado. Eso es desvirtuar el trabajo, su valor personal y su valor social.

Por lo tanto, el hombre no puede ser tratado como un instrumento de producción dado que es el sujeto y el autor y la razón de ser del trabajo hacia quien en último término se dirige. Todo trabajo ha de ser siempre fuente de promoción del hombre.

El trabajo como experiencia positiva, fuente de creación, que educa y obliga a sacar lo mejor de sí para entregarlo, es el fundamento del valor del trabajo y de la exigencia ética de dar buenas condiciones para el mismo.

El trabajo es la causa eficiente de todo lo que se hace. El capital es fruto del trabajo y a su vez tiene como fin ser fuente de más trabajo. De hecho tanto el trabajo como el capital adquieren valor en cuanto son mediados por el hombre y se orientan hacia él.

El primado siempre es el hombre. Y ese primado se mide en el modo en que se remunera el trabajo. Es un componente esencial que demuestra su valor.

¿Compite con la familia?

El trabajo, además, es el fundamento de la subsistencia de la familia, que es un derecho natural y una vocación excelsa del hombre. El trabajo y la familia no han de competir. Por el contrario, se ha de buscar una adecuada armonía, no siempre fácil de encontrar, sobre todo con la inserción de la mujer en el trabajo.

Todos ven la bondad de la familia y del trabajo. Todos reconocen que son dos pilares en los que se puede apoyar el edificio social. Sin embargo, los tiempos que implica cada una de estas dimensiones a veces exigen demasiado a las personas, incluso más allá de sus propias fuerzas. Son fuente de agobio y no de alegría, lo que inevitablemente termina privilegiando una dimensión en desmedro de la otra.

Trabajo de calidad

La mera generación de puestos de trabajo no es suficiente desde un punto de vista ético. Se deben crear trabajos de calidad, en los cuales se observen condiciones, como las siguientes, que dignifican al hombre y promueven sus capacidades y talentos.

1. Trabajo con sentido y buen ambiente laboral: Un proyecto estimulante orientado al bien social, que ofrece proyecciones de desarrollo en lo profesional y personal, transforma positivamente a quien lo realiza, y genera un buen ambiente laboral. Un trabajo sin sentido hace perder el sentido de la vida.

2. Condiciones de trabajo y equilibrio trabajo-familia: Las condiciones de trabajo y jornadas laborales deben colaborar al fortalecimiento de la familia y al buen ambiente dentro de la empresa. No es ético un trabajo que demanda de una persona esfuerzos superiores a sus capacidades, o que le impida realizarse en otros aspectos esenciales de la vida, como el formar una familia, educar adecuadamente a sus hijos, y dedicarles el tiempo que requieren para su desarrollo corporal, moral y espiritual.

3. Remuneración: La que se pacte debe tener presente la situación de la empresa, orientarse siempre al bien común, tratar de mitigar las diferencias salariales entre los trabajadores y considerar la posibilidad de que los empleados participen en la compañía. Una remuneración justa debe permitir solventar de modo adecuado las necesidades de la familia y la adquisición de bienes propios. Las políticas salariales deben buscar favorecer al mayor número de personas y se deben acomodar a las circunstancias reales en las que se encuentra la empresa y el país.

5. Capacitación: Es un imperativo ético de nuestro tiempo. Dado que los hombres vamos creciendo como seres humanos a lo largo de toda nuestra vida, tenemos un ansia de educación continua y es mucho lo que la empresa puede hacer en esta materia a través de buenas políticas de capacitación que permitan a cualquier empleado desarrollarse en lo que realiza y donde lo realiza.

6. Estabilidad laboral: En la medida de lo posible, debe propenderse a ella. La inestabilidad genera inseguridad en la persona y su familia, lo que es un foco importante de tensión social que a nadie beneficia, y empobrece la vinculación del trabajador con su empresa.

7. Valores: Una compañía que funda su actuar en principios y valores es un mejor lugar de trabajo y contribuye a formar mejores personas. Un actuar ético se fortalece en las virtudes de la justicia y la veracidad (que nos ayudan a discernir lo mejor y a actuar en consecuencia) y la prudencia (que tempera nuestras acciones).

Participación Social

Participación Social

A manera de introducción
Cuando hablamos de capacitar para participar, no solo hablamos del desarrollo de capacidades; hablamos también de que no bastan las buenas voluntades.

La participación social exige preparación, información y un discernimiento ético sin el cual, más que ayudar, podemos causar un daño.

Es urgente el discernimiento ético antes de empezar a actuar. Participar no se sostiene en sí mismo, es necesario llevar a cabo un proceso previo de reflexión ética, de conocimiento de la realidad y de compromiso y congruencia. ¿Cómo puedo compartir si no entiendo al otro? ¿Cómo puedo compartir con alguien al que no concibo con la misma dignidad?

Compartir implica concebir al otro como un yo y juntos asimur la responsabilidad de nuestra existencia.

Desde la Doctrina Social de la Iglesia debemos sutentar en tres grandes principios para participar:

El primer principio es la dignidad humana. Es algo que puede servir de mucho y al mismo tiempo de nada. Los teóricos la definen como la condición de superioridad que posee el ser humano frente a los demás seres creados. Magnífica definición, pero resulta que una de las cosas más difíciles que hay en la vida es entender con profundidad y seriedad qué es la dignidad humana.

En el momento en que lo hago mi vida queda transida por un valor que duele siempre que me relaciono con los demás; duele cuando me encuentro con alguien en condiciones de indignidad o siempre que observamos las condiciones de injusticia en las que vivimos. No puedo afirmar que entiendo la dignidad humana y que no me duela vivir como vivimos; es que entonces no he entendido qué es la dignidad humana.

El segundo principio es la solidaridad. Nuestros manuales la definen como ese recíproco estar unidos y obligados; pero, ¿qué significa lo recíproco? ¿Es cuándo quiero?, ¿como quiero? y ¿desde donde yo quiero?

¿Desde dónde estoy hablando? ¿Desde una posición de clase?, ¿de privilegio?, ¿de superioridad o poder? ¿Cuáles son mis categorías de análisis?

En tercer lugar está el principio del bien común, que es el conjunto de condiciones materiales y espirituales que posibilitan el pleno y expedito desarrollo de todos y cada uno de los miembros de una sociedad, pero ¿qué me exige a mí el bien común? Todos aquí tenemos una posición de privilegio y por lo tanto una enorme responsabilidad de aportar al bien real.

Recordemos que las categorías desde las cuales nos entendemos en el mundo moderno (son nuevas maneras de ponerle rostro a lo que denominamos dignidad) son dos:

Ciudadanía, en donde no podemos quedarnos con una definición de dignidad humana al margen de una idea de ciudadanía plena que implique igualdad y libertad.

Democracia, en donde todos somos iguales y tenemos los mimos derechos a tener derechos.

Hay dos posibilidades de discernimiento ético:
El legalista, en donde adoptamos premisas que nos han dado con respecto a la legalidad, o lo bueno y lo malo, e intentamos implicarlas a la realidad. En general estas premisas tienen tintes ideológicos más que un real discernimiento.

La de la moral y de la ética social, en donde entendemos a las personas como sujetos autónomos y asumimos una responsabilidad personal por el hecho de ser sujetos sociales en un contexto histórico determinado. Nadie puede evitarnos el riesgo que supone asumir la realidad social en plenitud.

Dos son los elementos que les propongo incorporar a la categoría de discernimiento:

La conciencia. Es necesario tener una conciencia bien formada, pero no para ser predecible y controlada, sino para saber lo que significa la realidad, los demás y los problemas reales de la sociedad.
Los valores. Que mucho son utilizados, manipulados y comprometidos para una agenda política. La prueba de fuego de cualquier valor es la dignidad, la solidaridad y el bien común. Si no los sometemos a ese escrutinio podemos pensar que tenemos una participación social correcta.

¿Cuándo tenemos problemas al tratar de aplicar un discernimiento en lo social?

Cuando tengo una conciencia heterónoma, es decir, cuando pierdo el sentido de mi responsabilidad y me dejo llevar por lo que digan los demás.

Cuando favorezco una conciencia autoritaria, es decir, cuando en el fondo no busco el bien, sino imponer mi visión. Y no es que no haya un bien, pero muchas veces el bien se descubre en la práctica, en la reflexión sobre las personas.

Cuando empleo una conciencia intragrupo, que reduce su función al servicio del grupo en que se encuentra y se olvida de la dimensión de servicio existente fuera de él.

Cuando ejercito una conciencia legitimadora de valores masificados, que se fundamenta sobre el ideal desde el mercado o desde una ideología consumista, pensando que desde ahí construyo lo que es el bien o el mal.

Cuando una conciencia no está soportada por la dignidad humana, la solidaridad y el bien común, estamos imposibilitados para poder participar y compartir.

El conocimiento de la realidad es el punto de partida para salvar a la participación de nosotros mismos. La participación social tiene un parámetro externo a nosotros; tiene una cuota objetiva más allá de lo que nosotros queremos hacer.

La participación social light no sirve para nada y en este país, es un gravísimo insulto a los que tienen necesidades precarias de vida.

El tributo del templo

Del santo Evangelio según san Mateo 17, 22-27

En aquel tiempo, mientras Jesús y los discípulos recorrían juntos la Galilea, les dijo Jesús: Al Hijo del Hombre lo van a entregar en manos de los hombres, lo matarán, pero resucitará al tercer día. Ellos se pusieron muy tristes. Cuando llegaron a Cafarnaún, los que cobraban el impuesto de las dos dracmas se acercaron a Pedro y le preguntaron: ¿Vuestro Maestro no paga las dos dracmas? Contestó: Sí. Cuando llegó a casa, Jesús se adelantó a preguntarle: ¿Qué te parece, Simón? Los reyes del mundo, ¿a quién le cobran impuestos y tasas, a sus hijos o a los extraños? Contestó: A los extraños. Jesús le dijo: Entonces, los hijos están exentos. Sin embargo, para no darles mal ejemplo, ve al lago, echa el anzuelo, coge el primer pez que pique, ábrele la boca y encontrarás una moneda de plata. Cógela y págales por mí y por ti.

Oración introductoria

Señor, inicio mi oración con la señal de la cruz, puesto que en ella está la síntesis de mi fe. En este gesto quiero manifestarte que creo en la santísima Trinidad, espero y confío en tu gracia y misericordia y te amo con todo mi corazón.

Petición

Jesús, que mi amor por ti se manifieste en mi amor y servicio a los demás.

Meditación del Papa

Justicia y misericordia, justicia y caridad, bisagras de la doctrina social de la Iglesia, son dos realidades diferentes sólo para nosotros los hombres, que distinguimos atentamente un acto justo de un acto de amor. Justo, para nosotros, es “lo que se debe al otro”, mientras que misericordioso es lo que se dona por bondad. Y una cosa parece excluir a la otra. Pero para Dios no es así: en Él, justicia y caridad coinciden; no hay acción justa que no sea también acto de misericordia y de perdón y, al mismo tiempo, no hay una acción misericordiosa que no sea perfectamente justa.
¡Qué lejana está la lógica de Dios de la nuestra! ¡Y qué diferente es de nuestro modo de actuar! El Señor nos invita a acoger y observar el verdadero espíritu de la ley, para darle pleno cumplimiento en el amor hacia quien lo necesita. Pleno cumplimiento de la ley es el amor, escribe san Pablo: nuestra justicia será tanto más perfecta cuanto más esté animada por el amor por Dios y por los hermanos. Benedicto XVI, 18 de diciembre de 20111.

Reflexión

Si nos pusiéramos a contar los sueños irrealizados, los proyectos personales sin concluir, las ideas que no han tomado forma, llenaríamos muchas cajas.

El joven que no concluye sus estudios, la chica que no se decide a formar un hogar, el empresario que no se atreve con un negocio, el profesor que no se actualiza, son ejemplos de personas que no llegan a realizarse en sus vidas.

Y tú, ¿quieres conseguir el ideal que te has propuesto en la vida? ¿estás dispuesto a pagar el impuesto que supone el sacrificio de luchar hasta lograr el objetivo?

Gracias a Dios, hay muchos hombres y mujeres que lo han conseguido antes que nosotros. Inventores como Bell, científicos como Pasteur, santos como San Javier, pagaron en su vida con el dinero justo, la moneda precisa.

Cristo nos invita a dar lo necesario de nuestra parte, para no quedarnos a medias, entre sueños e ilusiones, sino que nos ofrece el camino de su cruz, que es el sacrificio, para llevar nuestro ideal de vida hasta el fin.

Propósito

Revisar cómo estoy inculcando en mi familia el cumplimiento de los deberes como ciudadano.

Diálogo con Cristo 

Jesús, ayúdame a entregar mi vida en el servicio y en el amor a los demás, como Tú lo hiciste. Ése es el único camino con el que puedo corresponder a tantos dones con los que has enriquecido mi vida. Las excusas abundan, las tentaciones se multiplican, pero tu gracia es superior a todo.

Los derechos humanos, punto de encuentro entre la Iglesia y el mundo

Los derechos humanos, punto de encuentro entre la Iglesia y el mundo

Queridos hermanos en el episcopado y en el sacerdocio,
distinguidas señoras y señores:

Con motivo de vuestra reunión para la decimoquinta sesión plenaria de la Academia Pontificia para las Ciencias Sociales, estoy contento de tener esta ocasión para encontraros y expresaros mi aliento hacia su misión de exponer y fomentar la Doctrina Social de la Iglesia en las áreas de las leyes, la economía, la política y las demás ciencias sociales. Agradezco a la profesora Mary Ann Glendon sus amables palabras de saludo, os aseguro mis oraciones para que el fruto de vuestras deliberaciones siga atestiguando la validez duradera de la enseñanza social católica en un mundo rápidamente cambiante.

Tras estudiar el trabajo, la democracia, la globalización, la solidaridad y la subsidiariedad en relación con la doctrina social de la Iglesia, vuestra Academia ha elegido volver a la cuestión central de la dignidad de la persona humana y los derechos humanos, un punto de encuentro entre la Doctrina de la Iglesia y la sociedad contemporánea.

Las grandes religiones y filosofías del mundo han iluminado varios aspectos de estos derechos humanos, que están concisamente expresados en “la regla de oro” que encontramos en el Evangelio: “Lo que queráis que os hagan los hombres, hacédselo vosotros igualmente” (Lucas 6,31; cf. Mt 7,12). La Iglesia siempre ha afirmado que los derechos fundamentales, por encima y más allá de las diferentes formas en que han sido formulados y los diferentes grados de importancia que hayan tenido en los diversos contextos culturales, deben ser mantenidos y concedido el reconocimiento universal porque son inherentes a la naturaleza misma del hombre, que ha sido creado a imagen y semejanza de Dios. Si todos los seres humanos han sido creados a imagen y semejanza de Dios, comparten en consecuencia una naturaleza común que los une y que reclama el respeto universal. La Iglesia, asimilando la enseñanza de Cristo, considera a la persona como “lo más digno de la naturaleza” (S. Tomás de Aquino, De potentia, 9, 3) y ha enseñado que el orden ético y político que gobierna las relaciones entre las personas encuentra su origen en la propia estructura del ser humano. El descubrimiento de América y el consiguiente debate antropológico en los siglos XVI y XVII llevaron a Europa a una mayor conciencia sobre los derechos humanos como tal, y de su universalidad (ius gentium). La época moderna ayudó a dar forma a la idea de que el mensaje de Cristo -porque éste proclama que Dios ama a todo hombre y mujer y que todo ser humano está llamado a amar a Dios libremente- demuestra que todos, independientemente de su condición social y cultural, por naturaleza merece la libertad. Al mismo tiempo, debemos recordar siempre que “la libertad misma necesita ser liberada. Es Cristo quien la hace libre” (Veritatis Splendor, 86).

A mitad del siglo pasado, tras el gran sufrimiento causado por las dos terribles guerras mundiales y por los indecibles crímenes perpetrados por las ideologías totalitarias, la comunidad internacional adoptó un nuevo sistema de leyes internacionales basado en los derechos humanos. En éste, parece haber actuado en conformidad con el mensaje que mi predecesor Benedicto XV proclamó cuando llamó a los beligerantes en la Primera Guerra Mundial a “transformar la fuerza material de las armas en fuerza moral de la ley” (“Mensaje a los líderes de los Pueblos Beligerantes”, 1 de agosto de 1917).

Los Derechos Humanos se convirtieron en el punto de referencia de un ethos universal compartido – por lo menos a nivel de aspiración- para la mayor parte de la humanidad. Estos derechos han sido ratificados por prácticamente todos los Estados del mundo. El Concilio Vaticano II, en la Declaración Dignitatis Humanae, así como mis predecesores Pablo VI y Juan Pablo II, se refirieron fuertemente al derecho a la vida y al derechos de libertad de conciencia y religión como el centro de esos derechos que brotan de la propia naturaleza humana.

Estrictamente hablando, estos derechos humanos no son verdades de fe, a pesar de que pueden descubrirse – e incluso iluminarse plenamente – en el mensaje de Cristo que “revela el hombre al propio hombre” (Gaudium et Spes, 22). Éstos reciben una confirmación ulterior desde la fe. Con todo, está claro a la razón que, viviendo y actuando en el mundo físico como seres espirituales, hombres y mujeres perciben la presencia de un logos que les permite distinguir no sólo entre lo verdadero y lo falso, sino también entre el bien y el mal, entre lo mejor y lo peor, entre la justicia y la injusticia. Esta capacidad de discernir -esta actuación radical- hace a toda persona capaz de aprehender la “ley natural”, que no es otra cosa que una participación en la ley eterna: “unde…lex naturalis nihil aliud est quam participatio legis aeternae in rationali creatura” (S. Tomás Aquino, ST I-II, 91, 2). La ley natural es una guía universal reconocible por todos, sobre la base de que todo el mundo puede comprender y amar recíprocamente a los demás. Los Derechos Humanos, por tanto, están en última instancia enraizados en una participación de Dios, que ha creado a cada ser humano con inteligencia y libertad. Si esta sólida base ética y política se ignora, los derechos humanos se debilitan ya que han sido privados de sus fundamentos.

La acción de la Iglesia en la promoción de los derechos humanos se apoya por tanto en la reflexión racional, como una forma en que estos derechos pueden ser presentados a toda persona de buena voluntad, independientemente de la afiliación religiosa que pueda tener. Sin embargo, como he observado en mis encíclicas, por un lado, la razón humana debe ser constantemente purificada por la fe, en la medida en que está siempre en peligro de una cierta ceguera ética causada por las pasiones desordenadas y el pecado; y, por otra parte, en la medida en que los derechos humanos necesitan ser reapropiados de nuevo por cada generación y por cada individuo, y en la medida en que la libertad humana – que progresa a traés de la sucesión de elecciones libres- siempre es frágil, la persona humana necesita el amor y la esperanza incondicionales que sólo pueden encontrarse en Dios y que llevan a participar en la justicia y la generosidad de Dios a los demás (cf. Deus Caritas Est, 18, y Spe Salvi, 24).

Esta perspectiva dirige la atención hacia uno de los más críticos problemas sociales de las décadas recientes, como es la conciencia creciente -que ha surgido en parte con la globalización y a presente crisis económica- de un flagrante contraste entre la atribución equitativa de los derechos y el acceso desigual a los medios para lograr esos derechos. Para los cristianos que con regularidad pedimos a Dios que “nos de el pan de cada día”, es una tragedia vergonzosa que una quinta parte de la humanidad pase hambre. Asegurar una adecuada aportación de alimento, así como la protección de recursos vitales como el agua y la energía, requiere que todos los líderes internacionales colaboren mostrando su disposición a trabajar de buena fe, respetar la ley natural y promover la solidaridad y la subsidiariedad con las regiones y pueblos más débiles del planeta, como estrategia más eficaz para eliminar las desigualdades sociales entre países y sociedades y para aumentar seguridad global.

Queridos amigos, queridos académicos, al exhortaros, en vuestras investigaciones y deliberaciones, a ser testigos creíbles y consistentes de la defensa y de la promoción de estos derechos humanos no negociables que están fundados en la ley divina, os imparto de buena voluntad mi Bendición Apostólica.

Hay «principios no negociables»

Hay «principios no negociables»

Entre estos principios no negociables se encuentran la vida, familia, libertad de educación y libertad religiosa.

El Observatorio colabora con conferencias episcopales y organismos eclesiales para promover la Doctrina Social, compartiendo los objetivos y orientaciones del Consejo Pontificio para la Justicia y la Paz.

Fontana se pregunta si los católicos empeñados en política, como candidatos o como electores, no están dispuestos a hacer componendas ante estos «principios no negociables»

Según Fontana, estos principios «expresan valores de razón y de fe fundamentales para construir una sociedad respetuosa de la dignidad de la persona humana» por lo que «no pueden ser objeto de negociación».

Pero en cada periodo electoral estos principios son cuestionados, pues según algunos «la política es el arte de lo posible».

¿Cómo responder a esto?, se pregunta Fontana. Y responde que hay algunas cuestiones que «no dejan espacio a la componenda». «El derecho a la vida, a ser concebido y no producido, a nacer en una familia, son derechos no disponibles y no se comprende en estos casos en qué puede consistir la componenda».

Luego se pregunta qué significan los «valores de los otros». «Los ‘valores´ que no respetan los principios fundamentales de la ley moral natural no son valores», afirma.

Respecto a la afirmación de que si en política todos afirmaran valores absolutos nadie estaría dispuesto a la negociación y se daría un enfrentamiento, Fontana responde que «no es verdad que haciendo referencia a valores absolutos se dé necesariamente un enfrentamiento».

En primer lugar porque muchas cuestiones no son absolutas. Y en segundo, «porque atenerse a los valores absolutos no significa querer imponerlos a la fuerza».

Por el contrario, «precisamente el valor absoluto de la dignidad de la persona garantiza un diálogo pacífico y respetuoso».

De hecho, considera que es exactamente al revés: «El enfrentamiento nace de la renuncia a los valores absolutos por lo que todo se hace posible, incluso la violencia».

Muchos distinguen entre comportamiento personal y comportamiento público, en el que se debe encontrar una componenda. A esto Fontana responde que «la distinción entre convicciones personales y su expresión pública» no vale para todo. «Cuando se trata de acciones que hieren profundamente la dignidad de la persona humana no se puede distinguir entre convicción personal y actuar político», porque las verdades fundamentales de la persona no dependen de uno.

A la pregunta de si quien desempeña un papel institucional debe renunciar a la propia conciencia, Fontana responde que «los papeles institucionales desempeñados no pueden ser una excusa para acallar nuestra conciencia».

Se pregunta si no por qué Juan Pablo II habría propuesto a Tomás Moro como patrono de los políticos. «La objeción de conciencia tiene (y tendrá cada vez más) un gran significado político y, en ciertos casos, la objeción de conciencia exige incluso la dimisión del cargo».

Si la objeción de conciencia comportara un éxodo de la política, hay quien afirma que los católicos dejarían el campo a los demás y no tendrían la oportunidad de hacer el bien o reducir los daños.

A esta afirmación Fontana responde que «no es lícito hacer el bien a través del mal y las acciones absolutamente malas no se deben realizar nunca».

Hay quien afirma que hacer pasar las propias convicciones religiosas dentro de las leyes y las instituciones significa ser integristas.

Fontana responde que «los principios no son negociables», «son preceptos de la ley moral natural, preceptos de la raz&oa! cute;n, ulteriormente reforzados, si se quiere por la fe. No es por tanto integrismo luchar pacíficamente por su salvaguardia».

Según Fontana, si fuera verdad la tesis de la imposibilidad de aplicar en política los «principios no negociables», entonces «tendrían lugar dos consecuencias absurdas para el católico».

La primera sería que «el Magisterio se equivocaría o sería consciente de dar sólo indicaciones ideales abstractas, dejando luego a la conciencia individual de los laicos la tarea de la componenda».

Pero, añade, que esto no es posible porque el Magisterio no ha mantenido nunca que se pueda hacer lo que es intrínsecamente equivocado.

La segunda es que el papel de los laicos en política se vería disminuido. «Serían cristianos destinados por vocación a la componenda, mientras que los laicos ‘deben ordenar a Dios las cosas temporales´. Tal visión debilitada del laicado contrastaría con la teología católica del laicado».

En conclusión, afirma Fontana, «corresponde a los laicos empeñados en política trabajar para permitir la aplicación política de los principios no negociables, liberándose del destino a la componenda».

Si no existieran «principios no negociables», añade, «no es posible el bien común porque nada impediría la discriminación del hombre sobre el hombre».

«El bien común no es el menor mal común. Quien pretende imponer una democracia de la componenda a la baja, sosteniendo que todo valor absoluto sería de por sí violento, aplica el mismo terrorismo integrista que querría combatir», subraya Fontana.

Por ello, indica, «urgen nuevos laicos y nuevos católicos, capaces de dialogar no para limitarse sino para enriquecer, no para adaptarse a lo existente sino para proponer metas ambiciosas, para encontrarse sobre la vida, la familia, la libertad de educación, la libertad religiosa y por una vida plenamente humana».

Los 7 principios de la Doctrina Social de la Iglesia

Los 7 principios de la Doctrina Social de la Iglesia

Esa doctrina busca iluminar las realidades terrenas y en ella se apoyan los pastores de la Iglesia Católica para orientar en estas materias.

La doctrina social de la Iglesia tiene como centro la dignidad de la persona humana y busca en todo momento defenderla y dar principios que ayuden a su crecimiento, a su desarrollo.

Hay siete principios, siete criterios que son muy claros y yo quisiera recordarlos hoy, como de un golpe. Son ellos los ejes claves de esta doctrina y son los ejes también para poder ayudar a todo ser humano a crecer, desarrollarse y progresar, como debe ser. Esos siete principios son los siguientes:

1. El principio del bien común.
2. El destino universal de los bienes.
3. El principio de subsidiaridad.
4. El principio de participación.
5. El principio de solidaridad.
6. El principio de los valores,
fundamentalmente estos cuatro: la
verdad, la libertad, la justicia, el amor.

7. Finalmente, este último, el amor, es el valor principal, porque ha de ser el que dé UNIDAD a los demás valores.
Los vemos así en su conjunto porque nos iluminan; pero yo quisiera volver la mirada sobre cada uno de ellos. Pero recordemos que para la doctrina de la Iglesia, la enseñanza de la Iglesia, para Jesucristo, como también para todo lo que es la filosofía humanista, lo principal es la persona humana, su dignidad; y todo lo demás ha de converger a la ayuda, al apoyo, al progreso de todo ser humano y de todos los seres humanos.

1. El bien común:

El principio o el criterio del bien común es un principio fundamental en lo que es la vida humana y en lo que son las relaciones de los seres humanos. Para la doctrina social de la Iglesia el principio del bien común es el primero de todos los principios: todos los bienes que existen son bienes para todos los seres humanos.
La concepción es clara: Dios creó todo lo que existe para todos los seres humanos, no para una sola persona. De ahí que el principio del bien común quiere mirar no solamente a un individuo sino a todos los individuos, no a una persona sino a todas las personas.
Por eso, este principio del bien común es una tarea que nos compete a todos, y de ahí que los bienes que existen sobre la tierra han de llegar a todos los seres humanos. Para nosotros, es un criterio que tiene que estar siempre claro y es el criterio que se exige en la conducción de la vida política; por eso, un político es aquel que debe trabajar el bien común y colige con ese principio cuando busca sus propios intereses, sus propios bienes o el bien particular; y los bienes que hay en una nación, si los miramos bien, son para todos y por eso se busca que haya una igualdad en la repartición de los bienes.

Reflexionar una y otra vez sobre el bien común nos coloca y nos sitúa en un principio clave en el desarrollo y en el progreso de todo ser humano y de todos los seres humanos.

2. El destino universal de los bienes:

El principio del bien común que guía la doctrina social de la Iglesia va muy unido al principio del destino universal de los bienes. Este principio nos recuerda a nosotros que todo cuanto existe tiene una dimensión universal. Nosotros hablamos del derecho de propiedad.
El derecho de propiedad privada también tiene su sentido. La propiedad privada ayuda a que las personas puedan tener un mínimo de espacio para vivir, para que se respete su libertad; sin embargo, cuando la propiedad privada se excede y viola el principio universal de los bienes, entonces, la propiedad privada ha de estar sujeta a lo que es este principio universal de los bienes. El Papa Juan Pablo II repetía que: “Sobre toda propiedad privada, hay una hipoteca de los bienes que han de llegar a todos”.

Y ese llegar a todos es llegar a todo ser humano y a todos los seres humanos y nosotros hemos de repetirlo continuamente: Dios creó todas las cosas, no para un grupo, sino para todos. De tal manera es así, que hay que buscar caminos para una justa distribución de los bienes y de las riquezas, sean éstas las que sean.

3. La subsidiaridad:

En la búsqueda del progreso y el desarrollo de toda persona humana, de todo ser humano, de su dignidad, hay un principio que no se tiene muchas veces en cuenta y que hay que recordarlo también con frecuencia y volver el pensamiento y la mirada hacia él. Es el principio de la subsidiaridad, palabra que no es fácil de pronunciar, pero que es sumamente importante. Nosotros los seres humanos debemos producir lo que nosotros debemos producir. Cada ser humano tiene una responsabilidad, ante sí mismo y ante los demás, como cada grupo, como cada sociedad, pero hay limitaciones que nosotros tenemos, y es ahí donde se necesita el apoyo subsidiario.

Venir en apoyo de las familias que no pueden alcanzar las metas que deben alcanzar, de los individuos, de las personas, de los grupos, sean estos los que sean. Por eso, el Estado tiene la responsabilidad de cuidar, de velar para que cada uno de nosotros haga lo que tenga que hacer, pero que podamos recibir también el apoyo en aquello que nosotros no podamos hacer. Ese principio de subsidiaridad ayuda a que los pueblos puedan progresar y los grupos puedan avanzar. Y esto hay que decirlo no solamente a nivel nacional, hay que decirlo, también, a nivel universal: nos hemos de acompañar mutuamente los pueblos, y aunque esto no lo pidiera Dios, ni lo pidiera la doctrina social de la Iglesia, lo pide el sentido común y lo pide la razón. Se ha de apoyar a todo aquel que no puede dar todo lo que él quisiera o pudiera dar.

4. La participación:

Otro principio claro en la doctrina social de la Iglesia es el principio de la participación. Es un tema sobre el que nosotros volvemos una y otra vez. La participación, como algo inherente al ser humano, hace parte de nuestra existencia.
Nosotros queremos participar y esa participación nos hace mostrar a nosotros un deber, el deber que tenemos todos los seres humanos de participar en la vida, en el desarrollo, en el progreso de los pueblos.

Por eso, una persona que no participa en los gastos de un pueblo, con sus impuestos, es una persona que no está cumpliendo con su deber. Una persona que no participa en las elecciones, por ejemplo, es una persona que se siente limitada en lo que es su derecho de participar en la elección de aquellos que lo dirigen. Esta dimensión de la participación muestra un derecho, pero también muestra un deber. Derecho y deber, el derecho de participar y el deber de participar. Por eso, cuando las personas no pueden participar todo lo que pueden en la vida nacional, se sienten limitadas.
Las dictaduras limitan la participación, pero también la participación se vuelve un desorden cuando no es regulada.
Volvamos una y otra vez la mente sobre la participación, sobre nuestro deber de participar en la vida familiar, en la vida social, en la vida del barrio, en la vida nacional, en la vida internacional. Pensemos en la participación, como un derecho y un deber.

5. La solidaridad:

La solidaridad es uno de los grandes principios, o si se quiere, uno de los grandes valores que más se trata en el mundo de hoy. Hemos venido muchas veces sobre esta temática y hay que volver continuamente sobre ella. La solidaridad nos esta mostrando a nosotros como la humanidad es una y cómo tiene que apoyarse mutuamente. La solidaridad que nos mueve a nosotros a vernos como sólidos en uno nos indica que los pueblos no pueden existir si no son solidarios entre sí y que la humanidad también es así, y esto se ve de una manera muy clara en las crisis y en los problemas. Somos solidarios, hemos de ser solidarios, queramos o no queramos, pero hemos de hacerlo de manera consciente.
Los países más ricos tienen necesidad de ser solidarios con los demás y los Países pobres también han de tomar conciencia sobre esto. El Amazonas no pertenece ya a Brasil o a los países del Cono Sur, es un bien de toda la humanidad, porque lo que pasa allí afecta a la humanidad. Somos solidarios, y los seres humanos somos como un racimo de guineos: o caminamos juntos o nosotros perecemos, pero hemos de estar juntos. El principio, el criterio, el valor de la solidaridad es temática sobre la que hay que pensar y volver una y otra vez porque no solamente se ha de esperar solidaridad de los demás, sino que cada uno de nosotros ha de poner su granito de arena en el camino y en la construcción de un mundo solidario.

6. Valores fundamentales:

El tema de los valores está sobre el tapete. Es un tema sobre el que hemos de volver una y otra vez, y podemos preguntarnos sobre los muchos valores que hay, y podemos enumerar decenas de valores: ¿cuáles son los fundamentales?, ¿cuáles son los más importantes, aquellos necesarios para que funcione una sociedad y que son clave también para el progreso de los pueblos? Los cuatro grandes valores son estos:

La verdad, la libertad, la justicia y el amor.

Y me voy a referir ahora a los tres primeros porque el amor, que nos une a los demás, necesita un tratamiento especial.
La verdad: sin la verdad ningún pueblo podrá avanzar. Jesucristo decía, y es lema del pueblo dominicano: “Conocerán la verdad y la verdad los hará libres”.

La verdad y la libertad: la libertad, que nosotros los dominicanos disfrutamos después de tantas dictaduras, se torna también en desorden y en libertinaje cuando no la sabemos usar. La libertad se manifiesta en la democracia, pero necesitamos de una libertad sabiamente usada. Por eso, volver la mente y la mirada sobre la libertad, es clave, y sobretodo en estos tiempos en las que disfrutamos de la libertad, para no volver a las dictaduras, pero tampoco para que la libertad se vuelva para nosotros un enemigo. Y la dimensión de la justicia: si quieres la paz, trabaja por la justicia. Si nosotros queremos guardar las relaciones como debe ser, es clave y fundamental, ¿quién lo puede negar? el valor de la justicia.
Sabemos que tenemos muchos desórdenes cuando impera la mentira, el libertinaje y la injusticia. Por eso, en la doctrina social de la Iglesia esos tres valores son fundamentales y clave para la vida de cualquier sociedad.

7. La vía del amor:

Podemos hablar y tocar temáticas como esta: el bien común, el destino universal de los bienes, la participación, la solidaridad, los valores de la verdad, la justicia y la libertad. Pero tenemos que decir que el vínculo que une todo esto es el amor. Sin amor, nosotros no podremos llegar a eso que deseamos: a una mayor distribución de las riquezas, a un mundo donde impere la verdad, la justicia, la libertad; donde los bienes realmente sean comunes, donde se busque el bien común.

No podemos pedirles a los políticos que se preocupen de buscar los intereses del pueblo dominicano y no sus propios intereses, si ellos no tienen amor. Se lo podemos pedir en nombre de la justicia, en nombre del respeto a los demás; el amor es necesario para todo ello. Podemos pedirle a un juez que haga la justicia, pero si ese juez no respeta a la persona humana, si ese juez no ama al ser humano y no ama a los dominicanos, será injusto. Los valores que nosotros necesitamos poner en práctica, y son necesarios todos, necesitan un fundamento, un guía, que es el amor. Por eso, el progreso de los pueblos, el bienestar de los pueblos, la mejor distribución de las riquezas, todo aquello que nosotros deseamos no se dará en efecto y en verdad, si los seres humanos son egoístas. De ahí que el camino del amor, la vía del amor, es y seguirá siendo el camino del desarrollo de los pueblos, del respeto a las personas y de los derechos humanos.