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No toméis nada para el camino

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Del santo Evangelio según san Lucas 9, 1-6

En aquel tiempo, Jesús reunió a los Doce y les dio autoridad y poder sobre todos los demonios, y para curar enfermedades; y los envió a proclamar el Reino de Dios y a curar. Y les dijo: No toméis nada para el camino, ni bastón, ni alforja, ni pan, ni plata; ni tengáis dos túnicas cada uno. Cuando entréis en una casa, quedaos en ella hasta que os marchéis de allí. En cuanto a los que no os reciban, saliendo de aquella ciudad, sacudid el polvo de vuestros pies en testimonio contra ellos. Saliendo, pues, recorrían los pueblos, anunciando la Buena Nueva y curando por todas partes.

Oración introductoria

Señor, quiero ponerme en camino para predicar tu Reino con mi testimonio de vida. Inicio poniendo en tus manos mi intención y te pido, en esta oración, que me concedas un corazón generoso y seguro de su misión, para la cual sólo necesito de tu gracia.

Petición

Jesús, dame tu gracia para ser un auténtico discípulo y misionero de tu amor.

Meditación del Papa Francisco

El sacerdote que sale poco de sí, que unge poco – no digo “nada” porque, gracias a Dios, la gente nos roba la unción – se pierde lo mejor de nuestro pueblo, eso que es capaz de activar lo más hondo de su corazón presbiteral. El que no sale de sí, en vez de mediador, se va convirtiendo poco a poco en intermediario, en gestor. Todos conocemos la diferencia: el intermediario y el gestor “ya tienen su paga”, y puesto que no ponen en juego la propia piel ni el corazón, tampoco reciben un agradecimiento afectuoso que nace del corazón. De aquí proviene precisamente la insatisfacción de algunos, que terminan tristes, sacerdotes tristes, y convertidos en una especie de coleccionistas de antigüedades o bien de novedades, en vez de ser pastores con “olor a oveja” – esto os pido: sed pastores con “olor a oveja”, que eso se note -; en vez de ser pastores en medio al propio rebaño, y pescadores de hombres. Es verdad que la así llamada crisis de identidad sacerdotal nos amenaza a todos y se suma a una crisis de civilización; pero si sabemos barrenar su ola, podremos meternos mar adentro en nombre del Señor y echar las redes. (S.S. Francisco, 28 de marzo de 2013)..

Reflexión

¿Qué se necesita para predicar el Evangelio? Conocerlo. Nada más.

Vamos, pues, a descubrir dos lecciones que se esconden en este pasaje de san Lucas.

La primera es la profunda fe que debe tener el enviado a proclamar el Reino de Dios. Debe poner toda su confianza en Dios y no en sus propios recursos, sabiduría, medios técnicos, etc. Y esa fe exige también el desapego de las comodidades y la esperanza de que Dios proveerá todo aquello que necesite el apóstol para cumplir con su labor.

La segunda enseñanza va dirigida a los fieles que acogen al misionero, sacerdote o religiosa que viene de parte de Dios. Porque si ellos han entregado su vida, su tiempo y su esfuerzo para darnos a conocer lo más importante, ¿cómo vamos a despedirles sin darles ni siquiera de comer?

Jesús nos invita a atender las necesidades materiales de la Iglesia. Por ejemplo, ¿sabes cuántos seminaristas se están formando actualmente? ¿Y cómo lo harán para pagarse los estudios, la alimentación, el vestido, etc? Sería muy triste que un joven dejase casa, familia y amigos para abrazar la vocación sacerdotal y luego no tuviese medios para completar su formación.

Es buen momento para reflexionar en todo lo que nos da la Iglesia y ver qué aportamos nosotros a cambio.

Propósito

Acercar a Cristo, con mi oración y atención, a quien esté pasando por la enfermedad.

Diálogo con Cristo 

Señor, el mundo necesita apóstoles santos. La persona «moderna» se caracteriza por su insensibilidad e indiferencia ante las necesidades de los demás. Por eso confío en que esta oración me ayude a pasar mi vida haciendo el bien, pensando bien, hablando bien y dando no sólo lo que tengo, sino sobre todo, lo que soy, con sencillez y generosidad.

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Cada instante es un milagro en la espera de otro mayor

Tu gracia vale más que la vida. Son palabras del salmista que se tienen como verdaderas cuando te sientes bendecido por la enfermedad y tocas los límites de tu caducidad.

Sentir el hielo de lo debilidad, del cuerpo que se rompe, de la mente que se oscurece, de la corruptibilidad que se adueña de lo que uno creía poseer, adquieren nuevo sentido cuando se obren los ojos a la verdad del dolor. Y únicamente uno puede mirar hacia delante y salir de la espiral del absurdo cuando en la oración deja que el corazón acoja la luz de quien sufrió y saboreó las hieles del sufrimiento hasta el extremo.

Al sentir la incapacidad inexorable de que en la enfermedad no eres tú ni de la vida ni de la muerte, entonces, sólo entonces, levantas los ojos a lo Alto y recibes el bálsamo que hace más dulce la existencia. Miras hacia adentro y hallas a Aquel que, el primero en todo, no se negó a entregarse a un fin no definitivo que abre las puertas a una vida en plenitud.

La enfermedad es profecía de la muerte, la muerte que adviene es experiencia que nos hace tocar fondo la pequeñez para que podamos esperar la nueva vida, y esperándola, la agradezcamos.

No se aprecia la vida si no se acepta la muerte. Esperar la plenitud de la vida es dejar que el miedo a la muerte no aprisione alma y corazón. Vivir la enfermedad, no atar la ternura que con ella nace, es dejar que hable la verdad de la vida y decir no a la mentira. Esconder y no contemplar la enfermedad es obligar a que para siempre se enmudezca la palabra verdadera.

Padre bueno, que a todo y a todos nos has dado la vida para que supiéramos de tu amor. Padre Creador, me ha desbordado tu querer; tantas veces mi incapacidad de tenerte, y tener en mis manos los dones que Tú me ofrecías en las Tuyas, me distanció de Ti. Yo sé que aunque me aleje, nunca dejarás que escape del cuenco de Tus Manos creadoras.

Llegó a mis oídos la dulzura con la que volviste la mirada a tu Adán, enfermo y extraviado en un paraíso que creyó era sólo suyo. Sé cómo tu siervo Job en el silencio del abandono se mantuvo en la vida gracias a tu apoyo. Llegó hasta mis ojos la cercanía de tu ser y estar en los enfermos, pobres, y débiles, que tu Hijo, Jesucristo, encontraba y curaba en los caminos de Galilea, Samaría y Judea.

Sigo sintiendo la Mano sanadora del Nazareno que, más que nadie, saboreó el sufrimiento, la oscuridad del dolor, la entrega a la muerte, cuya manifestación de la gloria de Dios. Tuya, Señor Jesús, es la gloria del Padre, la que clarifica la carne que sufre, la que abre horizontes infinitos, la que regala la comunión que salva y que ofrece la incorruptibilidad. Gracias a tu Cruz, la humanidad es transformada por el Espíritu de Vida.

Te pido, Señor, que sepa en el dolor pedirte el Espíritu para que mi vida, en esta peregrinación que un día se acabará, y mi muerte estén en tu Cruz. Tiéndeme tu Mano para que contigo, a pesar de la oscuridad del camino, tenga la sencilla certeza de abrir un día los ojos y verte a ti a la derecha del Padre con el Espíritu Santo.

Muchos atardeceres, al ganarme el sueño, aguardaba encontrarte en la mañana que nunca tiene fin. Pero sólo Tú, Señor de mi vida y enfermedad, sabes cuándo es el día que jamás tendrá ocaso. Mientras tanto, déjame que no te deje y que dé gracias porque cada instante es un milagro en la espera de otro mayor; la vida eterna, vivir contigo.

Me abandono, enfermo y débil, en tus Manos, que me hicieron, y en las de los hermanos que en el camino del dolor me comunican tu calor. Tus Manos están llenas de misericordia. En ellas me refugio y en ellas me escondo con todos los que sienten el anuncio de que la vida terrena es el comienzo de la otra, en la que la enfermedad y la muerte quedan para siempre vencidas.

Escribas y fariseos hipócritas

Del santo Evangelio según san Mateo 23, 23-26

En aquel tiempo Jesús habló diciendo: «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que pagáis el diezmo de la menta, del aneto y del comino, y descuidáis lo más importante de la Ley: la justicia, la misericordia y la fe! Esto es lo que había que practicar, aunque sin descuidar aquello. ¡Guías ciegos, que coláis el mosquito y os tragáis el camello! hipócritas, que purificáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro están llenos de rapiña e intemperancia! ¡Fariseo ciego, purifica primero por dentro la copa, para que también por fuera quede pura!

Oración introductoria

Oh, Espíritu Santo, Espíritu de Verdad, limpia mi conciencia para que pueda convivir permanente con tu gracia, te lo pido por intercesión de la Inmaculada Virgen María que supo actuar siempre de cara a la verdad.

Petición

Jesús, ayúdame a vivir según esta regla: «Es bueno lo que me ayuda a cumplir la voluntad de Dios, y malo lo que me estorba».

Meditación del Papa

Tomemos solamente una de sus palabras-clave: la libertad. La experiencia de ser amado hasta el fondo por Cristo le había abierto los ojos sobre la verdad y sobre el camino de la existencia humana; aquella experiencia lo abarcaba todo. San Pablo era libre como hombre amado por Dios que, en virtud de Dios, era capaz de amar juntamente con él. Este amor es ahora la “ley” de su vida, y precisamente así es la libertad de su vida. Habla y actúa movido por la responsabilidad del amor. Libertad y responsabilidad están aquí inseparablemente unidas. Por estar en la responsabilidad del amor, es libre; por ser alguien que ama, vive totalmente en la responsabilidad de este amor y no considera la libertad como un pretexto para el arbitrio y el egoísmo. Con ese mismo espíritu san Agustín formuló la frase que luego se hizo famosa: “Dilige et quod vis fac”, “Ama y haz lo que quieras”. Quien ama a Cristo como lo amaba san Pablo, verdaderamente puede hacer lo que quiera, porque su amor está unido a la voluntad de Cristo y, de este modo, a la voluntad de Dios; porque su voluntad está anclada en la verdad y porque su voluntad ya no es simplemente su voluntad, arbitrio del yo autónomo, sino que está integrada en la libertad de Dios y de ella recibe el camino por recorrer. Benedicto XVI, 28 de junio de 2008.

Reflexión

Las severas advertencias de Jesús contrastan con la imagen que todos tenemos de Él. El buen pastor, el que va en busca de los pecadores y cura enfermedades, el que da el pan a los que tienen hambre, el que no juzga sino que perdona, incluso a sus enemigos y a los que le maltratan… ¿cómo es posible que sea Él mismo el que se muestre inflexible y hasta agresivo ante los fariseos y escribas?

¡Hasta cuándo he de soportaros! Exclamó Jesús… y no es para menos. Porque cuando juzgamos excesiva la reacción del maestro, ¿no será acaso porque no tenemos en cuenta todo lo que Él ha hecho por aquellos hombres? Sin embargo, su respuesta fue la incredulidad más hiriente y ciega. Resistir a la gracia, al Amor, quizás es el pecado más grande…

A veces, nos salta la tentación de juzgar también nosotros al Señor. No creemos que lo que nos ocurre sea justo. Nos parece excesivo, insoportable un problema, una enfermedad o la situación familiar de un amigo. Culpamos a Dios de todo esto y le negamos en nuestro interior porque Él no evitó tal circunstancia o no escuchó nuestras oraciones.

Quizás, si somos de verdad sinceros con nosotros mismos, nos comportamos con la misma dureza con la que creemos se comportó Jesús.

Propósito

Buscar «ser» más y mejor persona, en vez de hacer cosas para «parecer» buen cristiano.

Diálogo con Cristo 

Oh, Espíritu de santidad, ven y renueva mi corazón en esta oración. Ven, Espíritu de amor, de paz, y enséñame a ser auténtico y coherente con mi fe para llegar a ser benevolente, lleno siempre de amor y comprensión con todos, especialmente con los más cercanos. Ayúdame a corresponderte con un amor fiel, verdadero y apasionado.

La corrección fraterna

Del santo Evangelio según san Mateo, 18, 15-20

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano. Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo. Os aseguro, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.

Oración introductoria

Señor, gracias, por ser tan bueno. Por darme la oportunidad de este momento de oración. Ayúdame a estar atento a las inspiraciones de tu Espíritu Santo. Este día seguramente estará lleno de desafíos y actividades, oportunidades para perdonar y buscar el perdón: con tu gracia lo podré vivir plenamente.

Petición

Concédeme cultivar, Señor, un alma contemplativa, sencilla y alegre para lograr ser un instrumento de tu paz.

Meditación del Papa

Otro fruto de la caridad en la comunidad es la oración en común. Dice Jesús: “Si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en el cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. La oración personal es ciertamente importante, es más, indispensable, pero el Señor asegura su presencia a la comunidad que -incluso siendo muy pequeña- es unida y unánime, porque ella refleja la realidad misma de Dios uno y trino, perfecta comunión de amor. Dice Orígenes que “debemos ejercitarnos en esta sinfonía”, es decir en esta concordia dentro de la comunidad cristiana. Debemos ejercitarnos tanto en la corrección fraterna, que requiere mucha humildad y sencillez de corazón, como en la oración, para que suba a Dios desde una comunidad verdaderamente unida en Cristo. (Benedicto XVI, 4 de septiembre de 2011).

Reflexión

Nos dice nuestro Señor que “si un hermano peca -o sea, falla en cualquier cosa de moral o dignidad en su comportamiento- repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, habrás salvado a tu hermano”. Con esto nos está diciendo el Señor que la corrección es un bien y un servicio que se hace al prójimo. Pero aquí también hay reglas del juego, y hemos de tenerlas muy en cuenta para practicar cristianamente estos consejos de nuestro Señor. Veamos algunas de ellas.

La primera es que, antes de corregir a los propios hijos o a nuestros educandos, debemos estar muy atentos nosotros para no faltar o equivocarnos en aquello mismo que corregimos a los demás; y, por tanto, el que corrige -ya se trate de un maestro, de un educador y, con mayor razón, de un padre o madre de familia- debe hacerlo primero con el propio testimonio de vida y ejemplo de virtud, y después también podrá hacerlo con la palabra y el consejo. Nunca mejor que en estas circunstancias hemos de tener presente el sabio proverbio popular de que “las palabras mueven, pero el ejemplo arrastra”. Las personas -sobre todo los niños, los adolescentes y los jóvenes- se dejan persuadir con mayor facilidad cuando ven un buen ejemplo que cuando escuchan una palabra de corrección o una llamada al orden.

La segunda regla es que, al corregir, hemos de ser muy benévolos y respetuosos con las personas, sin humillarlas ni abochornarlas jamás, y mucho menos en público. ¡Cuántas veces un joven llega a sufrir graves lesiones en su psicología y afectividad por una educación errada! Y es un hecho que muchos hombres han quedado marcados con graves complejos, nunca superados, a causa de las humillaciones y atropellos que sufrieron en su infancia por parte de quienes ejercían la autoridad. Y no digo yo que no hay que corregir a los niños -dizque para no traumarlos, pero sí que hay formas y formas.

Diálogo con Cristo

Señor, te pedimos que al corregir, procuremos usar una gran bondad, mansedumbre y miramiento, y de un hondo sentido de la justicia y la equidad.

Si somos corregidos alguna vez -pues también nosotros estamos sometidos a autoridad-, no nos rebelemos ni tomemos a mal la corrección, sino con buen ánimo, con humildad y sencillez, según Tus palabras: “Hijo mío, no menosprecies la corrección del Señor y no te abatas cuando seas por Él reprendido; porque el Señor reprende a los que ama, y castiga a todo el que por hijo acoge” (Hb 12, 5-6; Prov 3, 11-12).

Petición

Te pedimos para que sepamos dar una educación y ejemplo auténticamente cristiana a nuestros hijos y a los niños y jóvenes confiados a nuestro cuidado o que puedan aprender de nosotros.

Conversando con amigos evangélicos sobre el tema de la Salvación

Continuando con la serie de conversaciones entre amigos sobre temas de apologética, les comparto un diálogo ficticio sobre el tema de la salvación, un tema importante porque estuvo allí la principal causa de las divisiones entre católicos y protestantes en el siglo XVI. Me ha basado en algunas conversaciones con algunos amigos evangélicos, pero lo he reordenado para que el orden de los argumentos tenga más consistencia. Al igual que los diálogos anteriores, puede servir de ayuda y guía a la hora de explicar a nuestros hermanos cristianos de otras denominaciones exactamente que creemos y por qué, aunque se que en este y otros temas, los mejores argumentos no convencerán a todos. Los nombres de quien participan en la conversación, por supuesto, no son reales.

Julia: Yo nunca he entendido por qué los católicos niegan que la salvación sea una gracia [1] que recibimos por medio de la fe, ¿acaso no dice la Biblia que “Pues habéis sido salvados por la gracia mediante la fe; y esto no viene de vosotros, sino que es un don de Dios; tampoco viene de las obras, para que nadie se gloríe?” (Efesios 2,8)

José: Has tocado un tema muy importante y con gusto te explico que creemos nosotros los católicos.

Marlene: Adelante, a mí también me interesa.

José: Ante todo han de saber, que los católicos si creemos que la salvación es una gracia de Dios que recibimos por medio de la fe.

Julia: Pero no creen que la salvación la recibimos solamente por la fe [2], sino que creen que hay también que hacer buenas obras para salvarse, cumplir los mandamientos, como si la salvación hubiese que comprarla. San Pablo es muy claro en que “si es por gracia, ya no lo es por las obras; de otro modo, la gracia no sería ya gracia” (Romanos 11,6)

José: Te explico con un ejemplo que entendemos nosotros por el hecho de que la salvación es una gracia de Dios. Imagina un hombre que se encuentra en el fondo de un pozo muy hondo, no tiene dinero y no puede salir por sí mismo. Llega alguien y sabe que aquel hombre ni merece que le ayuden a salir del pozo, ni tiene con qué pagarle, pero aún así busca una escalera suficientemente larga para que este pueda salir. Si este hombre no toma la escalera y comienza a subir no sale. Probablemente tendrá que esforzarse en salir, e incluso se ayudará tomando la mano del hombre que le ha puesto la escalera, tendrá que poner también de su parte, pero eso no significa que pagó por su salida. El habrá sido rescatado gratuitamente porque su esfuerzo al salir no paga el favor hecho por su benefactor.

Marlene: Si, es un ejemplo muy parecido al que yo utilizo para explicar que Dios nos ofrece gratuitamente la salvación y nosotros debemos aceptarla.

José: Ahora bien, ustedes estarán de acuerdo conmigo de que quien impulsa al hombre a aceptar la salvación y creer es Dios infundiendo en él su gracia.

Julia y Marlene: Claro.

José: Pues bien, la misma gracia de Dios que les impulsa a creer, es la que les impulsa a obrar, lo dice la Biblia: “pues Dios es quien obra en vosotros el querer y el obrar, como bien le parece” (Filipenses 2,13)

Julia y Marlene: De acuerdo.

José: Observen ahora que la gracia comienza a actuar en el hombre mucho antes de creer. Incluso cuando se siente movido a escuchar una predicación, o cuando busca acercarse a Dios está ya la gracia trabajando y moviéndole a Él.

Julia: Sin duda.

José: Ahora, ¿creen ustedes que el hombre tenga potestad para resistir esa gracia? Que Dios le mueve a creer y luego a obrar veo que estamos de acuerdo, pero ¿puede el hombre resistirse?

Marlene: Yo creo que sí, porque hay gente que decide no creer aunque se les predique mucho.

Julia: En esto no estoy de acuerdo con Marlene, yo creo que la gracia de Dios puede ser parcialmente resistida pero nunca de manera definitiva, y por eso decimos que es irresistible, ya que Dios va y ablanda poco a poco el corazón de aquellos que él ha predestinado a salvarse por más duros que sean [3].

José: Pero Julia, si esto es así, ¿y los que no creen ni se salvan acaso no reciben nunca la gracia de Dios?

Julia: Es un tema complejo, pero creo que no, no reciben la gracia de Dios porque no están predestinados para salvarse. La elección divina es algo misterioso que la inteligencia humana no puede penetrar.

José: Pues fíjate que en esto los católicos estamos más bien de acuerdo con Marlene. Creemos que Dios derrama su gracia sobre todos porque “quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad” (1 Timoteo 2,4).

Hay muchos textos bíblicos que enseñan que el hombre que se condena, no es porque Dios no le diera las gracias para que se salvara, sino porque las rechazó. Por eso los católicos creemos que la gracia si puede ser resistida incluso de manera definitiva [4]. Por eso San Pablo nos invita a cooperar con la gracia para no recibirla en vano: “Y como cooperadores suyos que somos, os exhortamos a que no recibáis en vano la gracia de Dios” (2 Corintios 6,1).

Jesús en la parábola de la vid nos da un buen ejemplo (Juan 15,1-9), porque allí se representa Él como el tronco de un árbol y nosotros como las ramas. La gracia es representada por la savia del tronco que fluyendo hacia las ramas hace que produzcan fruto. ¿Quién produce el fruto? ¿La rama o la savia? ¿Dios, o el hombre?

MarleneJulia: Dios, que como has dicho antes, “es quien obra en vosotros el querer y el obrar”

José: Si, la obra es primeramente de Dios, pero no es Dios obrando solo, sino Dios obrando a través del hombre. Por eso San Pablo en el texto anterior nos llama “cooperadores” de su gracia.

Tú Marlene, aceptas que la gracia puede ser resistida, entonces cuando la gracia fructifica, el hombre se está dejando mover por ella. No es Dios que obra sin el consentimiento del hombre, es el hombre el que obra movido por Dios.

Marlene: De acuerdo.

José: Ahora vamos al siguiente punto. Luego de que el hombre ya ha creído y ha sido justificado por la fe, ¿todavía puede resistir la gracia?

Marlene: Yo creo que sí.

José: ¿Puede desviarse de la verdad e incluso pecar gravemente?

Marlene: Si.

José: ¿Si muere en ese estado sin arrepentirse verdaderamente se salva?

Marlene: No.

Julia: No Marlene, si se salva, porque ya aceptó a Jesús como salvador. El Padre no lo mirará a Él sino a Cristo en quien él ha puesto su confianza. Recuerda lo que dice la Biblia, “Ten fe en el Señor Jesús y te salvarás tú y tu casa” (Hechos 16,31), y también “el que cree, tiene vida eterna” (Juan 6,47). Precisamente por eso es que la salvación es gracia. No hiciste nada para recibirla, no puedes hacer nada para perderla.

José: Espera un momento que hay un error en tu razonamiento: El que la salvación se reciba gratuitamente no quiere decir que no puedas perderla. Yo puedo darte un regalo y eso no quiere decir que no puedas echarlo a la basura.

Julia: El texto dice claramente que al momento de creer ya se tiene vida eterna, y lo dice en presente, que quiere decir que ya desde ese momento somos salvos eternamente, y si somos salvos para siempre no podemos perder la salvación (Juan 3,36; 5,24; 6,47).

José: Entiende que mientras estamos en este mundo, la vida eterna está condicionada a permanecer en el estado de gracia. San Juan nos habla de alguien que ha creído pero luego ha comenzado a odiar a su hermano y ya no tiene “vida eterna permanente” en él (1 Juan 3,15). Jesús mismo advierte en numerosas ocasiones que para salvarse hay que “perseverar hasta el fin” (Mateo 10,22; 24,13; Marcos 13,13), el autor de la epístola a los hebreos nos advierte a no “descuidar la salvación” (Hebreos 2,3) y San Pablo nos advierte de manera tajante que si no nos mantenemos en la bondad seremos “desgajados” (Romanos 11,22)

Marlene: No, yo si acepto que la salvación se puede perder si el hombre se aparta de la fe.

José: Ese es el punto. Si el hombre luego de creer, puede hacer o dejar de hacer ALGO que afecte su salvación, entonces esta NO DEPENDE SOLO DE HABER CREÍDO.

Marlene: Espera un momento, pero ¿si el hombre en verdad ha creído, no quiere decir entonces que no se apartará del camino de la fe?. Después de todo, las obras son fruto de la fe verdadera y si tenía realmente una fe verdadera, él actuará conforme a esa fe.

José: Es cierto que las obras son fruto de la fe, pero incluso el hombre justificado sigue afectado por la concupiscencia y puede resistir la gracia. Puede por tanto haber creído y aun así luego apartarse y dejar de fructificar. Para ilustrar esto mencionaba la parábola de la vid, en donde ramas que estuvieron unidas árbol dejan de dar fruto y terminan por ser cortadas y echadas al fuego (Juan 15,6). San Pedro habla de aquellos que habiendo sido lavados volvieron a la inmundicia del pecado: “Pues más les hubiera valido no haber conocido el camino de la justicia que, una vez conocido, volverse atrás del santo precepto que le fue transmitido. Les ha sucedido lo de aquel proverbio tan cierto: «el perro vuelve a su vómito» y «la puerca lavada, a revolcarse en el cieno».” (2 Pedro 2,21-22). Por otro lado recuerda que aunque efectivamente las obras son producto de la gracia, es la gracia obrando a través de la voluntad libre del hombre.

Julia: Pero visto de ese modo se complica mucho algo tan simple y se da a entender que hay que esforzarse por la salvación, y no tiene sentido esforzarse por obtener algo que es una gracia, o en pocas palabras, que es gratis.

José: No tienes por qué ver ambas cosas como excluyentes, precisamente para que lo entendieras te puse el ejemplo del hombre en el fondo del pozo. Recuerda que San Pablo nos manda a “trabajar con temor y temblor por nuestra salvación” (Filipenses 2,12) y Jesús a “luchar por entrar por la puerta estrecha” (Lucas 13,24; Mateo 7,13). Todo eso implica esfuerzo personal. El dicho coloquial “A Dios rogando y con el mazo dando” lo ejemplifica bien.

Julia: Pero si es así, y tenemos que esforzarnos por la salvación, ¿para que murió Cristo por nosotros?

José: Cristo ha muerto para redimirnos. Sin su sacrificio que ha sido completamente gratuito no podríamos salvarnos. Pero eso no quiere decir que el creyente justificado no tenga que obrar conforme a la voluntad de Dios para salvarse, ni deje de ser necesario cumplirlos mandamientos. Recuerda que Cristo también dijo “«No todo el que me diga: Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial.” (Mateo 7,21). Recuerda que el Señor “se convirtió en causa de salvación eterna para todos LOS QUE LE OBEDECEN” (Hebreos 5,9).

Cuando a Jesús le preguntan que hay que hacer para salvarse, él responde “si quieres entrar en la vida, cumple los mandamientos” (Mateo 19,16-17). No es que se “compre” la vida eterna al cumplir los mandamientos, pero si no se los cumple, no se salva. Es aquí que se encuentra el traje del hombre nuevo del que habla Jesús (Mateo 22,11-13), el cual si no nos lo ponemos somos arrojados del banquete del cielo.

Julia: Pero ¿Quién puede cumplir todos los mandamientos?

José: Solos nada podemos, pero la gracia nos capacita. Recuerda que las palabras de San Pablo “todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Filipenses 4,13). Dios siempre nos da la gracia para cumplir los mandamientos: “Porque estos mandamientos que yo te prescribo hoy no son superiores a tus fuerzas, ni están fuera de tu alcance. No están en el cielo, para que hayas de decir: «¿Quién subirá por nosotros al cielo a buscarlos para que los oigamos y los pongamos en práctica?» Ni están al otro lado del mar, para que hayas de decir: «¿Quién irá por nosotros al otro lado del mar a buscarlos para que los oigamos y los pongamos en práctica?» Sino que la palabra está bien cerca de ti, está en tu boca y en tu corazón para que la pongas en práctica.” (Deuteronomio 30,11-14)

Marlene: Si, pero la Biblia también dice que incluso el justo peca siete veces al día (Proverbios 24,16), entonces nadie podría salvarse.

José: Lo que sucede es no todo pecado es un pecado mortal, pero eso es algo que podemos analizar en otra ocasión[5]. Nosotros mientras estamos en esta vida podremos tener caídas, pero lo importante es perseverar hasta el fin en el bien, y si caemos pedir perdón a Dios y levantarnos. Para eso nosotros tenemos el sacramento de la penitencia.

Marlene: En la forma en cómo lo explicas no está muy lejos de lo que yo particularmente creo.

José: Y lo que te explico es precisamente como lo enseña la Iglesia. A lo largo de la historia siempre han estado en pugna dos errores opuestos: el error de Pelagio que creía que la salvación era solo el producto del esfuerzo personal sin necesidad de la gracia[6], y el error de Lutero que le daba a la gracia un lugar tal que negaba el papel de la libertad humana[7]. La salvación es en primer lugar de Dios, quien nos salva gratuitamente, pero en segundo lugar y de manera subordinada, nuestra.

Entendido de esta manera se puede entender perfectamente por qué todos los textos bíblicos que hablan de como seremos juzgados, dicen que será por nuestras obras (Mateo 16,27; 2 Corintios 5,10; Apocalipsis 20,12; Mateo 25,31-46), y porqué el apóstol Santiago advierte “¿De qué sirve, hermanos míos, que alguien diga: «Tengo fe», si no tiene obras? ¿Acaso podrá salvarle la fe?” (Santiago 2,14), pues “la fe, si no tiene obras, está realmente muerta” (Santiago 2,17) y finalmente: “el hombre es justificado por las obras y NO POR LA FE SOLAMENTE” (Santiago 2,24)

Como dice San Pablo, podemos TENER FE COMO PARA MOVER MONTAÑAS, pero sin caridad somos como metal que resuena o címbalo que retiñe (1 Corintios 13,1)

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NOTAS

[1] En teología cristiana se entiende por gracia divina o gracia santificante un favor o don gratuito concedido por Dios para ayudar al hombre a cumplir los mandamientos, salvarse o ser santo, como también se entiende el acto de amor unilateral e inmerecido por el que Dios llama continuamente las almas hacia Sí. También ha sido por gracia (gratuitamente) que Cristo ha muerto para redimir a todos los hombres.

[2] Los católicos creemos que la justificación inicial si es solamente por la fe. Tal como sostiene el Concilio de Trento: “Cuando dice el Apóstol que el hombre se justifica por la fe, y gratuitamente; se deben entender sus palabras en aquel sentido que adoptó, y ha expresado el perpetuo consentimiento de la Iglesia católica; es a saber, que en tanto se dice que somos justificados por la fe, en cuanto esta es principio de la salvación del hombre, fundamento y raíz de toda justificación, y sin la cual es imposible hacerse agradables a Dios, ni llegar a participar de la suerte de hijos suyos. En tanto también se dice que somos justificados gratuitamente, en cuanto ninguna de las cosas que preceden a la justificación, sea la fe, o sean las obras, merece la gracia de la justificación: porque si es gracia, ya no proviene de las obras: de otro modo, como dice el Apóstol, la gracia no sería gracia”.

[3] Julia representa en esta conversación a los evangélicos de tendencia calvinista o reformada, que creen que la gracia es irresistible y que Dios predestina sin tomar en cuenta ningún merecimiento personal sino en base a un decreto inescrutable, a unos para la salvación y a otros para la condenación. Marlene en cambio representa a los evangélicos de tendencia arminiana, que aceptan que la gracia no es irresistible. Para los católicos, es de fe que la gracia no es irresistible.

[4] Si no se pudiera resistir la gracia, el hombre justificado nunca más pecaría. Los calvinistas admiten que la gracia se puede resistir solo parcialmente pero niegan que se pueda rechazar definitivamente.

[5] Posteriormente se tratará la distinción entre pecado mortal y pecado venial.

[6] El Pelagianismo ha sido una herejía condenada siempre por la Iglesia.

[7] Martín Lutero comienza su obra De Servo Arbitrio diciendo “Das der freie wille nichts sey” (traducido sería “que el libre albedrío es una nada”). Más adelante niega el libre albedrío al que llama “pura mentira”. Esta obra puede ser leída gratuitamente en la Web de la Biblioteca Reformada (www.iglesiareformada.com).

Yo los envío como a ovejas en medio de lobos

Del Evangelio según san Mateo 10,16-23

Yo los envío como a ovejas en medio de lobos: sean entonces astutos como serpientes y sencillos como palomas. Cuídense de los hombres, porque los entregarán a los tribunales y los azotarán en las sinagogas. A causa de mí, serán llevados ante gobernadores y reyes, para dar testimonio delante de ellos y de los paganos. Cuando los entreguen, no se preocupen de cómo van a hablar o qué van a decir: lo que deban decir se les dará a conocer en ese momento, porque no serán ustedes los que hablarán, sino que el Espíritu de su Padre hablará en ustedes. El hermano entregará a su hermano para que sea condenado a muerte, y el padre a su hijo; los hijos se rebelarán contra sus padres y los harán morir. Ustedes serán odiados por todos a causa de mi Nombre, pero aquel que persevere hasta el fin se salvará. Cuando los persigan en una ciudad, huyan a otra, y si los persiguen en esta, huyan a una tercera. Les aseguro que no acabarán de recorrer las ciudades de Israel, antes que llegue el Hijo del hombre.

Oración introductoria

Puedo caminar seguro, Cristo, por esta vida, aún entre medio de lobos porque se sé que no estoy nunca sólo. Dame fuerzas para crecer en mi vida de unión contigo; que tenga más fe y esperanza para aceptar lo que me pidas, que tenga más amor para quererlo intensamente y que tenga fortaleza para llevarlo adelante. Quiero serte fiel, Señor, cuando llegue la prueba, dame tu gracia y eso me basta.

Petición

Dame la fuerza que necesito para ser testigo tuyo en medio de mis actividades.

Meditación

Cristo nos llama para ser sus testigos frente al mundo. Invita a salir del mezquino horizonte para ser evangelizadores en nuestra casa, trabajo y familia. ¿Seremos capaces? ¿Podemos llevar una cruz sobre los hombros a pesar de lo débiles que somos? Sí. Ya que Cristo le pide a cada hombre lo que está a su medida.

Cuánta confianza inflama nuestro pecho al ver que no caminamos solos por este camino. Jesús lo recorrió primero y nos dejó su cuerpo bondadoso en la Eucaristía, para cumplir su promesa: N “no se preocupen de cómo van a hablar o qué van a decir: lo que deban decir se les dará a conocer en ese momento, porque no serán ustedes los que hablarán, sino que el Espíritu de su Padre hablará en ustedes”.

Perseveremos en la evangelización de nuestro ambiente con energía y decisión, no sólo para salvarnos a nosotros sino también para prender una llama más en este mundo que lentamente va apagándose.

Reflexión 

Todo bautizado lleva impreso en el alma el mandato misionero, y Cristo, por sus palabras, nos infunde el ánimo que necesitamos. Es claro que el camino tiene incomprensiones de parte de aquellos que nos rodean, incluso de los más cercanos, pero “en Él somos fuertes”. Jesús pasó por la cruz y luego resucitó, sigamos su mismo camino.

Propósito

Invitar a algún conocido del trabajo o familiar a hacer una oración juntos.

Diálogo con Cristo

Señor, tutú lo sabes todo, conoces lo débil y miserable que soy. Dame tu mano en este día para no tener miedo de decir que soy católico, para testimoniar tu amor a los hombres y ser capaz de quererte un poco más. Dame tu corazón para hablar bien de los demás y sembrar caridad. Dame tus ojos para ver al que sufre. Y, sobre todo, dame la gracia de ser cada vez un mejor hijo tuyo.

Haced esto en recuerdo mío

Del santo Evangelio según san Lucas 22, 14-20

Cuando llegó la hora, se puso a la mesa con los apóstoles; y les dijo: «Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer; porque os digo que ya no la comeré más hasta que halle su cumplimiento en el Reino de Dios.» Y recibiendo una copa, dadas las gracias, dijo: «Tomad esto y repartidlo entre vosotros; porque os digo que, a partir de este momento, no beberé del producto de la vid hasta que llegue el Reino de Dios.» Tomó luego pan, y, dadas las gracias, lo partió y se lo dio diciendo: Este es mi cuerpo que es entregado por vosotros; haced esto en recuerdo mío.» De igual modo, después de cenar, hizo lo mismo con una copa de vino, diciendo: «Esta copa es la Nueva Alianza, sellada con mi sangre, que es derramada por vosotros.

Oración introductoria

¡Señor, cuánta seguridad me dan tus palabras! Has dado tu vida por mí y me esperas en la casa del Padre. No dejes nunca que pierda de vista la meta a la que me llamas. Fortaléceme por medio de esta meditación para que logre pasar de la divagación a la oración y pueda transformarme en un auténtico receptor de tu gracia.

Petición

Señor, dame la sabiduría y fortaleza para seguir por tu camino.

Meditación del Papa

En la Eucaristía, la Iglesia responde a la indicación de Jesús: “Hagan esto en memoria mía”; repite la oración de acción de gracias y de bendición, y con ella, las palabras de la transustanciación del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Nuestras Eucaristías se realizan en ese momento de oración, en un unirnos siempre y de nuevo a la oración de Jesús. Desde el principio, la Iglesia ha comprendido las palabras de la consagración como parte de la oración realizada junto a Jesús; como una parte central de la alabanza llena de gratitud, a través de la cual el fruto de la tierra y del trabajo del hombre, nos viene nuevamente donados como cuerpo y sangre de Jesús, como auto donación de Dios mismo en el amor acogedor del Hijo. Participando en la Eucaristía, nutriéndose de la Carne y la Sangre del Hijo de Dios, unimos nuestras oraciones a la del Cordero Pascual en la noche suprema, para que nuestra vida no se pierda, a pesar de nuestra debilidad y de nuestras infidelidades, sino que sea transformada. Queridos amigos, pidamos al Señor que, después de habernos preparado debidamente, también con el Sacramento de la Penitencia, nuestra participación en su Eucaristía, que es esencial para la vida cristiana, sea siempre el punto más alto de todas nuestras oraciones. (Benedicto XVI, 11 de enero de 2012).

Reflexión

Cristo estaba ansioso de celebrar la Pascua con sus apóstoles. Sabe lo que esta Pascua significa, pero no la teme, sino la desea, no huye, sino que la prepara cuidadosamente. Quiere compartir la mesa con sus apóstoles, despedirse, es su adiós en el tiempo.

A nosotros también nos espera Cristo para compartir la mesa con nosotros. Y si al hacerlo nuestros corazones se encuentran abiertos y deseosos de conocer más y mejor al Señor, el Espíritu Santo trabajará en cada uno de nosotros, y así podremos vivir, cada día más,como cristianos auténticos, esforzándose por adquirir las virtudes necesarias para ello.

Jesucristo es Sumo y Eterno Sacerdote que instituye el sacerdocio y la Eucaristía. En este jueves hagamos una reflexión de agradecimiento. Al despedirse Él, también promete su presencia viva, poniendo en manos de los Doce al Espíritu Santo que hará realidad el misterio de la Eucaristía. Demos gracias al Señor por cada sacerdote que hace posible, por medio del Espíritu, la presencia viva de Cristo.

Oremos por las vocaciones, que no falten hombres que con sus manos consagradas hagan presente a Cristo para poder recibir la vida de Dios en la Eucaristía.

HIMNO SACERDOTAL

Brota de mi corazón un himno ardiente
cuajado en el manantial del ser:
Jesús Martí, yo te elijo, vente,
yo te llamo: Jesús Martí Ballester.

Cogiste mi corazón de niño
con ternura delicada y paternal,
me sedujeron tu afecto y tu cariño
y me dejé cautivar.

Yo escuché tu llamada gratuita
sin saber la complicación que me envolvía,
me enrolé en tu caravana de tu mano
sin pensar ni en las espinas ni en los cardos.

Te fui fiel, aunque a girones
fui dejando en mi camino pedazos de corazón,
hoy me encuentro con un cáliz rebosante de jazmines que potencian mis anhelos juvenilesy me acercan más a Dios.

En el ocaso de la carrera de mi vida
siento el gozo de la inmolación a Tí.
Tienes todos los derechos de exigirme,
puedes pedir si me ayudas a decir siempre que ¡Sí!.

Necesitaste y necesitas de mis manos
para bendecir, perdonar y consagrar;
quisiste mi corazón para amar a mis hermanos, pediste mis lágrimas y no me ahorré el llorar.

Mis audacias yo te di sin cuentagotas,
mi tiempo derroché enseñando a orar,
gasté mi voz predicando tu palabra
y me dolió el corazón de tanto amar.

A nadie negué lo que me dabas para todos.
Quise a todos en su camino estimular.
Me olvidé de que por dentro yo lloraba,
y me consagré de por vida a consolar.

Muchos hombres murieron en mis brazos,
ya sabrán cuánto les quise en la inmortalidad, me llenarán de caricias y de flores el regazo, migajas de los deleites de su banquete nupcial.

Pediste que te prestara mis pies
y te los ofrecí sin protestar,
caminé sudoroso tus caminos,
y hasta el océano me atreví a cruzar.

Cada vez que me abrazabas lo sentía
porque me sangraba el corazón,
eran tus mismas espinas las que me herían
y me encendían en tu amor.

Fui sembrando de hostias el camino
inmoladas en la cenital consagración:
más de treinta mil misas ofrecidas
han actualizado la eficacia de tu redención.

No me pesa haber seguido tu llamada,
estoy contento de ser latido en tu Getsemaní;
sólo tengo una pena escondida allá en el alma: la duda de si Tú estás contento de mí.

Mi gratitud hoy te canto, ¡Cristo de mi sacerdocio!
Mi fidelidad te juro, Jesucristo Redentor.
Ayúdame a enriquecer con jardines a tu Iglesia, que florezcan y sonrían aún en medio del dolor.

Sean esos jardines para tu recreo y mi trabajo, multiplica tu presencia por los campos hoy en flor,
que lo que comenzó con la pequeñez de un pájaro, se convierta en muchas águilas que roben tu Corazón.

Diálogo con Cristo 

Gracias, Señor, por recordarme que la Eucaristía es ese fuego que puede ir ablandando la coraza de piedra que aprisiona y endurece mi corazón. Permite que no participe simplemente como un observador en tu Eucaristía, sino que la sepa adorar, para poder unirme humildemente, con un corazón arrepentido, a tu oración. Toma todos mis esfuerzos y sacrificios de hoy por esta intención.

Propósito

Participar en una hora eucarística como un acto de reparación por los sacrilegios que se comenten en torno a la Eucaristía.