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La armonía entre Juan Pablo II y los jóvenes

La armonía entre Juan Pablo II y los jóvenes

La raíz de la aceptación −entre los jóvenes− de las enseñanzas de Juan Pablo II era que sabía hacer simpática la virtud. Cuando les hablaba, exponía la verdad y la bondad usando el apasionante argumento de una vida auténticamente humana. Y lo hacía mostrando la belleza de los valores, el atractivo universal del bien

El encuentro −como siempre festivo, rico de ideas y multitudinario− había terminado. Esta vez nos encontrábamos en el parque Blonie de Cracovia. Juan Pablo II estaba abandonando el palco. Y mientras también yo dejaba el lugar, vi una muchacha −de 18 o 19 años− que lloraba sentada. Su llanto era evidente, sin pudor, al descubierto. La pregunta era casi obvia: ¿Por qué llorar en una ocasión tan bella? La respuesta, entre sollozos, fue: “Porque él es tan santo y yo doy asco”.

He pensado muchas veces en aquella respuesta. Existen modos de presentar el bien posible, la belleza alcanzable, la ética de la existencia, pero con mucha frecuencia no resulta fácil comunicar la bondad. No se llega al centro de la persona. Las palabras parecen rozar el pensamiento sin que “convenzan”, sin que algo interior impulse la decisión a cambiar. No sólo de hacer algo nuevo, sino de ser más y distinto.

Aquella joven había captado las palabras pronunciadas por Juan Pablo II. Esas palabras la habían enfrentado no con conceptos abstractos, sino con la propia existencia cotidiana. No habían provocado un rechazo, ni una justificación, ni un movimiento de autodefensa absolutoria. Su llanto parecía expresión de la alegría de quien ha descubierto que lo mejor es posible. Más aún, que lo mejor, antes buscado en la experiencia habitual de lo efímero, de lo episódico, de lo puramente epidérmico, no era lo mejor. Por esto, en el fondo, aquel llanto era el descubrimiento y la aceptación de una nueva ruta que aquella joven estaba por iniciar. Y aquel inicio gozoso, al término de una jornada cargada de sentido, era bienvenido con la forma expresiva exquisitamente humana de las lágrimas.

¿Por qué Juan Pablo II fue tan amado por los jóvenes? La respuesta es: porque lo entendían. Y, como consecuencia, lo amaban.

Lo he preguntado a los mismos jóvenes en Toronto, en Buenos Aires, en Roma, en Manila, en Santiago de Compostela… Y las respuestas, con pocas diferencias, eran frecuentemente idénticas:

“Nadie, ni en mi familia, ni en la escuela, ni en la sociedad me han dicho lo que él dice. Y él tiene razón”. Sin embargo, las cosas que él decía estaban muchas veces en dirección opuesta a los presupuestos culturales del momento. ¿Por qué los jóvenes afirmaban tan rotundamente que “él tiene razón”?

Existen “educadores” que parecen poseer una claridad extraordinaria en decir qué cosa no se debe hacer y qué cosa no se debe ser, pero que parecen no tener la misma claridad para definir y comunicar qué cosa se puede ser o hacia dónde se debería caminar si se quiere ser mejor. Esta ética al revés deja en el alma la inquietud de lo ambiguo, nunca entusiasma.

Juan Pablo II afirmaba, era propositivo, no halagaba a los jóvenes con lisonjas gratuitas. Era exigente, hablaba de una realidad ardua, pero clara. Hablaba más de la belleza del amor humano que de los riesgos de una sexualidad caprichosa. Casi nunca hablaba de egoísmo, más bien de cuán estupendo sería un mundo lleno de generosidad. Al escucharle, parecía obvio que el único mundo posible sería aquel construido pensando un poco más en los otros.

La expresión “Juan Pablo II, el gran comunicador”, es cierta, pero puede inducir al error. Era un gran comunicador no tanto por el modo de comunicar −ciertamente espléndido− cuanto por el contenido de lo tratado. Comunicaba contenidos, objetivos, y por eso los jóvenes respondían a mi pregunta diciendo “él tiene razón”. No se da la razón a una bonita voz, ni a una magnífica forma expresiva. Se da la razón a quien declara la verdad, a quien afirma lo verdadero.

La raíz de esa magnífica aceptación −entre los jóvenes− de las enseñanzas de Juan Pablo II, era que sabía hacer simpática la virtud, la hacía viva, apasionante, atrayente. Más aún, necesaria. No trataba nunca de enunciar principios, de prescribir normas, de formular proposiciones abstractas. Cuando les hablaba, exponía la verdad y la bondad usando el apasionante argumento de una vida auténticamente humana. Y lo hacía mostrando la belleza de los valoresel atractivo universal del bien.

En sus diálogos con los jóvenes, el tema de fondo era la verdad de las cosas. La verdad −y, por contraste, la mentira− que puede o no estar presente en la propia existencia. En dos pinceladas contrarrestaba los sofismas engañosos con la consistencia de las cosas verdaderas. Así, lo bello, lo bueno y lo verdadero aparecían en él siempre unidos en una propuesta que podría llenar −hasta hacerla rebosar− la propia biografía. No sólo decía qué cosa es la bondad, sino que enseñaba a ser bueno.

Los jóvenes siempre se han preguntado sobre la posible relación con Dios. Y Juan Pablo II hacía ver que Dios no es un código normativo, ni una creencia, sino una Persona a la que creer, en la que esperar y con la cual vivir un amor intenso, fiel, recíproco, durante toda la vida. A Dios se le puede confiar la propia existencia; a un código moral, ni siquiera una jornada.

Esta extraordinaria concreción, congenial con su modo de ser muy directo e inmediato, correspondía con la esencia de su religiosidad cristiana, de su santidad de vida. Con los jóvenes emergía la alianza entre mensaje y vida. Los jóvenes veían que aquel modo de hablar de Dios brotaba de una experiencia personal madurada a lo largo de la vida de Juan Pablo II. No era la lectura de las páginas de un libro escrito por otro. Las palabras que oían captaban la verdad de su mensaje, aun cuando el tema fuera arduo, difícil de aceptar, de digerir y de aplicarlo a la propia existencia. Por eso, los jóvenes en Denver, Dakar, Czestochowa, decían con convicción: “El tiene razón”. Las diferencias geográficas parecían no contar: el tema de los jóvenes y del Papa era siempre el mismo y siempre nuevo. Permanentemente vivo e incisivo.

Así, aquella misma juventud que tenía como impronta de nuestra época −quizá de todas las épocas− la rebelión, el rechazo a priori del legado de los padres y de los maestros, se rendía voluntariamente a una nueva comprensión de Dios; un Dios no amenazador, sino Padre, como evidenciaban las palabras del Papa. Un Dios que iluminaba la propia existencia, de tal modo que confrontándose con El, se podía decir con serena y sincera convicción: “¡…Y yo doy asco!”.

Los jóvenes hablaban al Papa sin pudor, sabían que podían confiar en él. Aún recuerdo el dramático relato en Kampala, de una muchacha de 14 años. Había sido violada cuando regresaba al anochecer a la choza de su familia. Algún tiempo después, a causa del brutal hecho, se manifestó como seropositiva. Ahora, decía, no me queda mucho de vida. El Papa la llamó, la abrazó y fue una de las pocas veces en que lo que dijo a la muchacha no se oyó por los altavoces que él mismo había retirado. En el silencio de aquel diálogo íntimo entre la joven y el Papa, los millares de jóvenes participaban con conmoción y plegaria. Todos parecían sentir el abrazo del Papa, que en algún modo abrazaba a cada uno. Mejor: un abrazo con las heridas biográficas que cada uno tenía.

Esta era entonces −y continúa siendo hoy− mi convicción sobre el porqué de la extraordinaria relación de los jóvenes con Juan Pablo II: en él veían la fusión entre la fuerza del mensaje y la vida del Papa. Se notaba la autenticidad de una convicción y la evidencia de una dedicación plena a cuanto profundamente creía, y que después decía y mostraba con los hechos. Por eso persuadía, porque en él advertían el mejor testimonio de lo que él mismo proponía.

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Por qué los estados no pueden ser neutrales ante los valores

Por qué los estados no pueden ser neutrales ante los valores

Nuestras relaciones más importantes no se forman para beneficio personal sino de manera que pueda darse y recibir amor y así construir «la fraternidad que los hombres han de establecer entre ellos en la verdad y el amor» (Catecismo de la Iglesia Católica, No. 1878; ver también «Gaudium et Spes», No. 24).

Las sociedades son mejores cuando se intenta difundir amor a la población en general, y en particular al ofrecer amor a los más necesitados (ver Juan Pablo II, «Centessimus Annus», No. 10, sobre la opción por los pobres, que confirma la enseñanza de León XIII en la «Rerum Novarum», No. 125). Por eso la sociedad no es libre ante los valores sino que son «esenciales para el cumplimiento de la vocación humana» (Catecismo de la Iglesia Católica, No. 1886).

Hay muchas maneras de compartir amor en la sociedad, por ejemplo, proporcionando cuidados sanitarios, apoyando a las familias, aumentando el acceso al trabajo, protegiendo libertades importantes, etc. El estado tiene la tarea especial de asegurar que todas estas áreas se atiendan apropiadamente, y que la ley y la autoridad se ejerciten únicamente para estos fines. El Papa Juan XXIII en la «Pacem in Terris» (No. 46) establecía: «Una sociedad bien ordenada y fecunda requiere gobernantes, investidos de legítima autoridad, que defiendan las instituciones y consagren, en la medida suficiente, su actividad y sus desvelos al provecho común del país».

Porque el bien no es neutral

La justicia y el amor requieren que el estado actúe para el bien genuino de cada persona –es decir el «bien común». El bien común reconoce así que «la persona humana… es y debe ser el principio, el sujeto, y el fin de todas las instituciones sociales («Gaudium et Spes», No. 25).

Esto significa que el estado nunca puede ser meramente neutral ante los valores. El estado sólo existe para asegurar que se reconozca el valor de las personas, que se proteja al vulnerable, y que se promueva el bien común.

En nuestro mundo, generalmente se presenta la cuestión de la neutralidad cuando algunas personas defienden que el estado no debería favorecer un valor por encima de otro. Por ejemplo, muchas personas pueden alegrarse de que seamos católicos en nuestra vida privada pero no quieren que traigamos estos valores a la vida pública.

Nuestros valores

Pero no podemos guardarnos nuestras creencias y conciencias católicas para nuestras vidas privadas. El Señor mismo y la enseñanza constante de la Iglesia nos dicen que hablemos a favor del pobre, apoyemos al matrimonio y a la familia, prestemos voz a los que no tienen, defendamos la vida inocente: «En verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mateo 25:40). No podemos evangelizar a menos que seamos libres de hablar y trabajar por la sabiduría católica en estas áreas sociales clave.

El estado democrático moderno promueve valores del liberalismo secular y asume que estos valores representan el punto más alto de civilización e imparcialidad.

Democracia y ley moral

Pero como defiende el Papa Juan Pablo II, la democracia requiere para sostenerse de un marco de moralidad: la legitimidad de la democracia «depende de su conformidad con la ley moral» («Evangelium Vitae», No. 70).

Nuestra esperanza debe ser que, en lugar de los cansados y viejos valores del secularismo del siglo XX, las sociedades revigorizarán el concepto de persona humana como imagen de Dios y esperanza de la humanidad.

El Catecismo de la Iglesia Católica (No. 1929) dice, «sólo se puede conseguir la justicia social si se respeta la dignidad trascendente del hombre». Cuando el estado coloca a la persona como lo primero, aumenta su compromiso con el bien común. Y cuando se busca el bien común en justicia y amor, las personas, y no la neutralidad, es el verdadero foco de la vida política.

La actuación pública de los católicos

La actuación pública de los católicos

Conocidas preferencias políticas
Abundan las voces que exigen que las creencias religiosas queden relegadas al ámbito de la conciencia personal, a la esfera de lo privado. Juan Pablo II decía: “No tengamos miedo de hablar de Dios ni de mostrar los signos de la fe con la frente muy alta” (Mane nobiscum Domine, n.26).

Algunos políticos exigen un Estado laico donde nadie imponga sus ideas. Pero ellos son los primeros que pretenden imponer sus ideas laicistas –que no son neutrales: es ya tomar postura–, a un país de mayoría católica.

Recientemente algunos europeos se burlaron de Mahoma, y de la cruz, en unas viñetas publicadas en el periódico. La “laicidad” de la sociedad moderna, ¿no debería partir del respeto de las convicciones del “otro”, aunque sean diferentes a las propias? ¿Qué progreso social supone burlarse de los símbolos de la fe de un creyente, sea de la religión que sea? No estamos hablando, como es obvio, de la crítica legítima sino del ensañamiento.

Impedir la difusión social de los principios cristianos, aparte de una injusta discriminación (cuantas facilidades se dan a las más extravagantes e infames opiniones), es privarnos no sólo de una esperanza de salvación, sino también del arsenal de principios que nos permiten la recuperación de la excelencia y de la dignidad agredida.

Resultados palpables y criterios claros

El compromiso del cristiano en el mundo, en dos mil años de historia, se ha expresado en diferentes modos. Uno de ellos ha sido el de la participación en la acción política. Es preciso un cristianismo a la altura de los tiempos.

Hoy, casi todo se fundamenta en las estadísticas y se acepta por consenso. Robert Spaemann que escribió: “Las condiciones de supervivencia de la humanidad no están sujetas a votación: son como son” (desde 1992 Spaemann es profesor emérito de la Universidad de München).

Los relativistas y los escépticos consideran que aceptar cualquier creencia es algo servil, una torpe esclavitud que coarta la libertad de pensamiento e impide una forma de pensar elevada e independiente.

El cristianismo constituye la raíz de los principales valores que sustentan nuestra civilización. “Habría que recordar no sólo la contribución del cristianismo a la supervivencia y difusión de la cultura antigua clásica, sino también su labor de creación de las más elevadas obras, desde las catedrales al gregoriano, desde la mística a Bach. El olvido de la religiosidad y de las epifanías del espíritu es una de las causas fundamentales de la degradación de la cultura contemporánea”, dice Ignacio Sánchez Cámara.

El cristianismo, y la religiosidad en general, constituyen un poderoso instrumento para mejorar el mundo, siempre que se supere la tentación del fanatismo. Siempre que no se olvide que la moral cristiana es, ante todo, una invitación a la reforma personal.

Contradicciones del relativismo

El relativismo, al no tener una referencia clara a la verdad, lleva a la confusión global de lo que está bien y lo que está mal. Si se analizan con un poco de detalle sus argumentaciones, es fácil advertir que casi todas suelen refutarse a sí mismas:

* “La verdad no es universal” (¿excepto esta verdad?).
* “Nadie puede conocer la verdad” (salvo tú, por lo que parece).
* “La verdad es incierta” (¿es incierto también lo que tú dices?).
* “Todas las generalizaciones son falsas” (¿esta también?).
* “No puedes ser dogmático” (con esta misma afirmación estás demostrando ser bastante dogmático).
* “No me impongas tu verdad” (tú me estás imponiendo ahora tus verdades).
* “No hay absolutos” (¿absolutamente?).

El deber y el derecho de los cristianos a estar presentes en la vida pública, se sustenta en el reconocimiento del valor cristiano de las realidades terrenas. No se reduce la vida pública a la vida política, sino que es mucho más amplia. Existen ámbitos relevantes que deben de ser respetados y protegidos por el Estado: el entorno familiar, la cultura, las relaciones económicas y laborales, los derechos humanos universales, etc.

Las nuevas situaciones reclaman hoy la presencia de los fieles laicos en todos los campos. A nadie le es lícito permanecer ocioso. Muchos católicos han dejado el campo de la política. No se trata de que todos seamos especialistas en política, pero sí se debe de conocer un mínimo sobre el bien común y de la administración pública y del gobierno civil, porque sin esta comprensión no puede haber crítica constructiva ni opciones inteligentes.

La participación activa en la sociedad en la que se vive en consecuencia de la vocación divina del cristiano corriente, que no puede desentenderse de los problemas de sus semejantes, ni dar la espalda a las necesidades de su ambiente.

Cuestiones urgentes

1. Promover la dignidad de cada persona. La dignidad personal constituye el fundamento de la igualdad de todos los hombres entre sí. Habría que recordar que, lo que el hombre piensa de sí mismo depende de que exista Dios o no.

“Vivir y actuar políticamente en conformidad con la propia conciencia no es un acomodarse en posiciones extrañas al compromiso político o en una forma de confesionalidad, sino expresión de la aportación de los cristianos para que, a través de la política, se instaure un ordenamiento social más justo y coherente con la dignidad de la persona humana”( cfr. Sobre el compromiso y conducta de los católicos en la vida política (16.I.03).
Son inaceptables las variadas formas de discriminación: racial, social, económica, cultural, política, geográfica, etc. Hay discriminación incluso hacia los que viven en ciertas colonias o códigos postales.

2. Derecho a la vida. El aborto, la eutanasia, el homicidio, el genocidio y el suicidio, y cuanto viola la integridad de la persona, degradan la civilización humana y deshonran más a sus autores que a sus víctimas. Spaemann dice: Si pensamos en algunos problemas éticos contemporáneos, como la manipulación de embriones, la eutanasia o la eugenesia, podemos ver que de algún modo está detrás la meta de un mundo sin sufrimiento. El sufrimiento es sin duda algo negativo, pero ¿no perdemos algo específicamente humano cuando queremos eliminar el sufrimiento a toda costa? ¿Tiene sentido cifrar el valor de una vida en la ausencia de sufrimiento?

Creo que cuando se pone el sentido de la vida en mantener alejado el sufrimiento, la vida se vuelve muy pobre. Por ejemplo, las penas de amor pueden ser un gran sufrimiento. Pero yo supongo que alguien que sabe un poco de la riqueza de la vida siempre preferirá sufrir por penas de amor que nunca haberse enamorado. Sufrir es a veces el precio que se debe pagar. Y si no se está dispuesto a pagarlo, la vida puede volverse muy pobre.

3. La familia es el primer campo en el compromiso social. Y hablamos de familia en singular, ya que en ella se incluye la familia incompleta -la de la madre o el padre soltero-, y la familia que vive irregularidades por la ausencia de uno de los padres o de los dos. Evitamos hablar de familia en plural, porque ya se sabe que allí de incluye a la familia homosexual, que no es familia sino sociedad de convivencia. “Cuando hoy se dice que existen distintas opciones sexuales, se está desconociendo el hecho de que una de estas opciones es constitutiva para la existencia de la humanidad y la otra es una anomalía”, dice Spaemann.

4. Los fieles laicos de ningún modo deben abdicar de la participación en la política; es decir, en la vida civil, social, legislativa, administrativa y cultural, destinada a promover institucionalmente el bien común. Todos somos destinatarios y protagonistas de la política.

5. Los fieles laicos han de estar presentes en la vida educativa, en los ambientes de investigación científica y técnica, en los lugares de creación artística y de reflexión humanista.

El filósofo no sabe nada que el resto de las personas no sepa, pero él defiende el saber del hombre común y corriente en contra de los sofistas. Y mientras haya sofística tendrá que seguir habiendo filosofía

6. Actualmente, el camino privilegiado para la creación y transmisión de la cultura son los medios de comunicación social. Urge que estén animados por la pasión de la verdad, la defensa de la libertad y del respeto a la persona y a su intimidad.

Dios nos pedirá cuentas si no procuramos intervenir en las obras y en las decisiones humanas, de las que depende el presente y el futuro de la sociedad.

Iglesia y política

Santo Padre Benedicto XVI dijo recientemente: “indudablemente el fin de la política es crear un justo ordenamiento de la sociedad, en el que a cada uno le es reconocido lo suyo y ninguno sufre miseria. En este sentido, la justicia es el verdadero objetivo de la política, así como lo es la paz que no puede existir sin justicia. Por su naturaleza la Iglesia no hace política en primera persona, sino que respeta la autoría del Estado y de su ordenamiento (…) “Frecuentemente, sin embargo, la razón es cegada por los intereses y por la voluntad de poder. La fe sirve para purificar la razón, para que pueda ver y decidir correctamente. Es tarea de la Iglesia el curar la razón y de reforzar la voluntad del bien. En este sentido –sin hacer ella misma política– la Iglesia participa apasionadamente de la batalla por la justicia. A los cristianos comprometidos en las profesiones públicas espera en la acción política el abrir siempre nuevos caminos para la justicia”.” Febrero 1, 2005).

Sabemos que el gobierno requiere más de principios morales que acuerdos internacionales. La corrupción que existe y permea casi todo es un obstáculo para el desarrollo económico.

“La suerte futura de la humanidad está en manos de aquellos que sean capaces de transmitir a las generaciones venideras razones para vivir y razones para esperar” (GS 31, 3).

Para concluir citamos una frase de Joseph Joubert: “Como la dicha de un pueblo depende de ser bien gobernado, la elección de sus gobernantes pide una reflexión profunda”.

El Papa Bueno y el Papa Grande

Bueno y Grande son dos adjetivos que podrían situarse junto al nombre de los papas que he conocido. He aprendido a amarlos a todos porque representan a Cristo. Pero cuando el sensus fidei, la nariz católica del Pueblo de Dios lo dice de alguien en particular, no dudo de que tiene un sentido. Es muy natural llamar a Juan XXIII el Papa Bueno y otorgar el título de Grande a Juan Pablo II, unidos porque se ha comunicado conjuntamente la canonización de ambos, otro gesto de Francisco, el Papa Sencillo.

Podría pensarse en una bondad del Papa Juan derivada de sus grandes encíclicas sociales, o de la convocatoria del Concilio Vaticano II con el que buscaba una notable mejora de la Iglesia, un mayor diálogo con el mundo, una mejor relación entre la fe y la razón. Pero posiblemente pensamos que no fue por ninguno de esos motivos. Con Machado, podríamos decir que fue un hombre bueno en el buen sentido de la palabra, tanto que va a ser canonizado, lo que significa que, ayudado por la gracia de Dios, se ha identificado con Cristo ejercitando las virtudes heroicamente.

No puedo olvidar aquello que dijo a san Josemaría en la inicial audiencia que le concedió: La primera vez que oí hablar del Opus Dei me dijeron que era una institución imponente que hacía mucho bien. La segunda vez, que era una institución imponentísima que hacía muchísimo bien. Estas palabras entraron por mis oídos, pero… el cariño por el Opus Dei se quedó en mi corazón.

Juan Pablo II el Grande. También podría pensarse en su largo pontificado, en los cientos de miles de kilómetros recorridos, sus catorce encíclicas, las Jornadas Mundiales de la Juventud y de la Familia, el Catecismo, los sínodos convocados, su fuerza comunicadora, etc. Pero pienso que este papa no se le llama Grande por eso o, en todo caso, es una partecita de su grandeza.

Juan Pablo II es Grande porque es un campeón de la santidad, que mostró en el atentado sufrido, en la salud y en las duras enfermedades padecidas. Él comprendió muy bien algo dicho por Pablo VI: que el fruto más precioso del concilio último había sido el solemne recuerdo de la llamada a la santidad para todos en todas las tareas honradas. Como sus predecesores, quizá por eso entendió muy bien a san Josemaría, considerado precursor del concilio, justamente por haber predicado desde el 2 de octubre de 1928, con una especial luz de Dios, esa misma idea sencilla, que no sé si captamos a fondo.

Lo recogía la estampa que se ha utilizado para pedir que fuera introducido en el número de los santos: “Él, confiando totalmente en tu infinita misericordia (de Dios) y en la maternal intercesión de María, nos ha mostrado una imagen viva de Jesús Buen Pastor, indicándonos la santidad, alto grado de la vida cristiana ordinaria, como camino para alcanzar la comunión eterna Contigo”.

Mi yugo es suave y mi carga ligera

Del Evangelio según san Mateo 11, 28-30

Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré. Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana. 

Oración Introductoria

Señor, Dios de Misericordia, vengo a Ti para encontrar el descanso de mi alma. Recíbeme en tu Corazón divino que has abierto para que descansemos en Él. Vengo a presentarte mis deficiencias y errores, pero aun siendo mis miserias las que te traigo, transfórmalas tú en signo de humildad y en un deseo ardiente de ti que nunca se apague.

Petición

Jesús mío, concédeme reconocer mi miseria y mi cansancio, para que recurra sólo a Ti, que eres fuente de Gracia y de perdón. Haz que te busque a Ti y que seas sólo Tú mi quieto Rincón de descanso y consuelo durante mi jornada.

Meditación del Papa

El saludo tradicional, con la que se desea el shalom, la paz, se convierte aquí en algo nuevo: se convierte en el don de aquella paz que sólo Jesús puede dar, porque es el fruto de su victoria radical sobre el mal. La “paz” que Jesús ofrece a sus amigos es el fruto del amor de Dios que lo llevó a morir en la cruz, para derramar toda su sangre, como cordero manso y humilde, “lleno de gracia y verdad”. Por eso el beato Juan Pablo II quiso denominar este domingo después de Pascua, como de la Divina Misericordia, con una imagen bien precisa: aquella del costado traspasado de Cristo, del que salió sangre y agua, según el testimonio presencial del apóstol Juan. Mas ahora Cristo ha resucitado, y de Él vivo, brotarán los sacramentos pascuales del Bautismo y de la Eucaristía: los que se les acercan con fe a ellos, reciben el don de la vida eterna.
Queridos hermanos y hermanas, acojamos el don de la paz que Jesús resucitado nos ofrece, ¡dejémonos llenar el corazón de su misericordia! De esta manera, con el poder del Espíritu Santo, el Espíritu que resucitó a Cristo de entre los muertos, también nosotros podemos llevar a los otros estos dones pascuales. Que nos lo obtenga María Santísima, Madre de Misericordia.(Benedicto XVI, 15 de abril de 2012).

Reflexión 

El ser humano busca siempre la felicidad, y todos lo experimentamos cada día porque verdaderamente deseamos ser felices. Pero en esta búsqueda nos cansamos fácilmente, sobre todo cuando no vemos ningún resultado satisfactorio y convincente. En este mundo difícilmente encontraremos algo que llene plena y definitivamente nuestras ansias de felicidad, porque el corazón Dios nos lo ha hecho a la medida de Él, y sólo Él lo podrá satisfacer perpetuamente.

Él nos conoce muy bien y sabe lo que llevamos en nuestro interior (cfr 1Jn 3, 20), sabe de sobra nuestras limitaciones y cansancios, nuestras flaquezas y debilidades. Por eso nos ofrece un lugar para descansar y recobrar fuerzas para seguir luchando mientras dure esta vida. Ese lugar, el mejor del mundo es Él mismo, Dios, el Omnipotente y Creador, que se hace refrigerio y alivio para sus creaturas. Muchas veces nos hemos sentido cansados, agobiados, saturados y a punto de explotar, pero ¿cuántas veces hemos ido a descansar en los brazos de Dios? ¿Cuántas veces hemos ido a encontrar refugio, consuelo y fuerzas en el Corazón de Cristo? Pero no sólo espiritualmente, sino también físicamente, porque Él nos ha dado su palabra, y Él nunca ha defraudado a nadie que se haya acercado buscando la paz que nos ha prometido.

Pero al mismo tiempo que nos restaura las fuerzas, nos deja la enseñanza que a veces más nos cuesta recordar: imitarlo a Él que es manso y humilde de corazón. ¿Por qué el Señor nos dice que encontraremos descanso cargando su yugo? Porque Él no piensa ni actúa como nosotros queremos, sino como nosotros necesitamos, porque el yugo suave es el perdón y es nuestro deber de imitar su humildad y su bondad. Si supiéramos que es Él quien lleva nuestras cargas, nuestras penas, nos quejaríamos menos y agradeceríamos más, pues si por nosotros fuera ¿qué merecemos realmente?

¿Por qué estamos cansados? ¿Qué nos agobia? Lo que más nos puede cansar en nuestra vida son nuestras mismas limitaciones, pero lo que nos esclaviza es el pecado. El ser humano lleva siempre su cruz a cuestas, pero nosotros mismos la hacemos más pesada cuando le añadimos el fardo del pecado, nuestro propio pecado. San Agustín dice al respecto que el trabajar por Cristo no es cansarse, sino encontrar reposo, porque el mejor trabajo que alivia al hombre es el del amor, el de la caridad.

San Gregorio Magno una vez escribió que lo que más puede hacer infeliz nuestra vida es el querer someternos a la corruptibilidad de las cosas materiales, de las cosas y seres que perecen y no a Dios. Nos atormenta la necesidad de tener cosas y luego el temor de perderlas. Con el Señor no es así, pues el acudir a Él significa librarnos de yugo de la muerte para tomar el yugo de la vida de Jesús, del ejemplo de humildad y mansedumbre que debe adornar a todo cristiano.

El encontrar descanso en Cristo implica también ayudar a otros a encontrarlo. Cristo no invita a algunos a acercarse a Él, sino que dice “venid todos los que estáis fatigados”, y todos nos encontramos así, por eso hay que invitar a otros a acercarse al Corazón dulcísimo de Jesús, donde encontrarán la paz.

Propósito

Buscaré unos minutos de oración al final del día para poner en manos de Cristo mis trabajos y preocupaciones y para pedirle la paz del corazón y el descanso para mí y para todas las personas que me rodean.

Diálogo con Cristo

Gracias, Señor, por querer darme consuelo. No te basta quererme dar el perdón a mis muchas ofensas, sino que también me ofreces alivio, paz, serenidad, descanso y consuelo. No hay nadie tan afortunado que no necesite estas gracias de Ti, por eso no rechazo tu oferta, sino que la acepto con corazón agradecido. No te canses, Señor, de buscarnos ni de darnos el consuelo que buscamos, porque solos no podríamos ni sobrevivir un instante ante las vicisitudes de esta vida. Concédenos poder llegar un día a disfrutar del consuelo eterno contigo en el cielo.

Misión de los doce apóstoles

Del santo Evangelio según san Mateo 10, 1- 7

Jesús convocó a sus doce discípulos y les dio el poder de expulsar a los espíritus impuros y de curar cualquier enfermedad o dolencia. Los nombres de los doce Apóstoles son: en primer lugar, Simón, de sobrenombre Pedro, y su hermano Andrés; luego, Santiago, hijo de Zebedeo, y su hermano Juan; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el publicano; Santiago, hijo de Alfeo, y Tadeo; Simón, el Cananeo, y Judas Iscariote, el mismo que lo entregó. A estos Doce, Jesús los envió con las siguientes instrucciones: «No vayan a regiones paganas, ni entren en ninguna ciudad de los samaritanos. Vayan, en cambio, a las ovejas perdidas del pueblo de Israel. Por el camino, proclamen que el Reino de los Cielos está cerca.

Oración introductoria

Jesús, gracias por el don de la fe católica, porque podemos disfrutar de tu compañía y recibirte en la sagrada Eucaristía. Sabemos que no somos dignos pero tú así lo has querido en tu infinito amor de Padre. Ayúdanos para que en esta meditación nos llenemos de tu amor y podamos ir por todo el mundo y proclamar tus maravillas, contagiando con tu amor los corazones de cuantos encontremos en nuestro camino.

Meditación del Papa 

El mundo actual olvida en ocasiones los valores trascendentes de la persona humana: su dignidad y libertad, su derecho inviolable a la vida y el don inestimable de la familia, dentro de un clima de solidaridad en la convivencia social. Las relaciones entre los hombres no siempre se fundan sobre los principios de la caridad y ayuda mutua. Por el contrario, son otros los criterios dominantes, poniendo en peligro el desarrollo armónico y el progreso integral de las personas y los pueblos. Por eso los cristianos han de ser como el “alma” de este mundo: que lo llene de espíritu, le infunda vida y coopere en la construcción de una sociedad nueva, regida por el amor y la verdad. Homilía del Papa Juan Pablo II, 24 de Enero 1999

Reflexión 

Detengámonos brevemente en el primer versículo, cuando Jesús convoca a sus discípulos y ellos acuden a Él y reciben una serie de dones que ellos jamás se hubieran imaginado. Los discípulos creían ya tenerlo todo, se sentían contentos por estar con el Maestro. Pedro, que había dejado su casa, a su suegra y su barca, se sentía feliz. Lo mismo Mateo, quien había dejado todas sus riquezas. Y así cada uno había dejado todo para seguir al Maestro… y para servirle. Ya no podían esperar otro cambio de rumbo en sus vidas… pero, ese día el Señor se notaba distinto, se alegre y recogido a la vez. Les recordaba el día en que cada uno de ellos había sido llamado y les había invitado a dejar las redes y seguirle. Ya nada más podía pedirles Jesús. Sin embargo, ese día tan especial Jesús convoco a doce de los que le seguían de cerca y los envío a llevar su mensaje de amor y salvación a todos los hombres; les dio el poder de expulsar a los espíritus impuros y de curar cualquier enfermedad y dolencia.
Hoy Cristo nos sigue convocando para que vayamos y demos testimonio. Pero necesita de nuestra docilidad a fin de que respondamos a esta convocatoria como lo discípulos. No es una invitación de grupo, sino individual, con nombres específicos: Pedro, Juan, Mateo. Solo que hoy son nuestros nombres los que se escuchan. No perdamos la oportunidad de estar atentos para escucharle y abiertos a lo que Él quiera de nosotros… aunque pensemos que ya no podemos dar o recibir más.
La Iglesia nos necesita para ser luz en la tierra, necesita de hombres y mujeres, laicos y consagrados para la nueva evangelización.

Propósito 

Viviré con mayor delicadeza mi vida cristiana transmitiendo el amor de Cristo con mi testimonio, haciendo 2 actos de caridad ayudando a una persona.

Dialogo con Cristo

Jesús, quiero corresponder al don de la vida de gracia. ¡Qué sería de nuestras vidas sin tu presencia en nuestras almas! Ayúdanos a valorarla al máximo y a cuidarla con mucho cariño. Que demos testimonio de tu amor en medio de la sociedad que sufre por no conocerte. Te pedimos por todas aquellas almas que aún no te han conocido y andan en tinieblas para que algún día abran los ojos de sus corazones al amor de Dios. También te pido por aquellas personas que aun conociéndote no se acercan a ti.

Posible canonización en 2013 de Juan Pablo II y Juan XXIII

Wojtyla “santo súbito”, pero junto a Juan XXIII, el “Papa bueno”. Esta mañana en el Vaticano se reunieron los cardenales y obispos miembros de la “ordinaria” de la Congregación para las causas de los santos, para examinar diferentes casos antes de que comience el verano. Entre estos, destacan el milagro atribuido a la intercesión del beato Juan Pablo II. El último paso decisivo antes de la firma final de Francisco, que llevará a la canonización récord del Pontífice polaco, que fue beatificado hace dos años.

Pero, inesperadamente, los cardenales y obispos también tendrán que discutir sobre otro caso, que se ha añadido en estos últimos días: el de la canonización de Juan XXIII, el Papa que convocó al Concilio Vaticano II, que murió en junio de hace 50 años y que fue beatificado en el año 2000. Un cambio no previsto que demuestra la voluntad para celebrar juntas las dos santificaciones, llevando a los altares y al culto universal tanto al Pontífice de Bérgamo, como al Pontífice polaco.

La fecha más probable para la ceremonia en la que Roncalli y Wojtyla podrían ser santificados es diciembre de 2013, inmediatamente después de que termine el Año de la Fe, dado que la hipótesis inicial de octubre parece cada vez menos plausible por la falta de tiempo y por problemas de organización. El cardenal Angelo Amato, Prefecto de la Congregación para las causas de los santos, después de la decisión que tomaron los cardenales y obispos esta mañana, se reunirá con Francisco y, pocos días después, la noticia de los dos Papa santos podría hacerse oficial definitivamente.

Había sido el mismo Wojtyla, en septiembre de 2000, durante el Jubileo, quien proclamó beato a Juan XXIII, en la misma celebración de la beatificación de Pío IX, el último Papa rey. En aquella ocasión, lo que llevó hacia el primer “grado” de los altares a Roncali fue el milagro de la curación (de 1966) de sor Caterina Capitani.

Como se sabe, según las normas para la canonización es necesario que se reconozca un segundo milagro, que se haya verificado después de la beatificación. Durante los últimos 13 años ha habido diferentes indicaciones de gracias y de presuntos milagros atribuidos a la intercesión de Roncalli, pero hasta hace algún tiempo ninguno de estos había pasado los exámenes de las comisiones médica y de teólogos de la “fábrica de santos” del Vaticano. Así pues, será posible que se reduzcan los tiempos. El Papa, de hecho, puede, si así lo pretende, derogar incluso el reconocimiento del milagro y proceder, después de haber escuchado el parecer de los cardenales de la congregación, con una canonización.

Eran las 19.49 del 3 de junio de 1963 cuando la multitud que se encontraba en la Plaza San Pedro vio que se encendían las luces de la habitación del apartamento papal. Era la señal que indicaba la muerte de Juan XXIII. En menos de 5 años, el anciano prelado de Bérgamo, elegido como Papa “de transición”, había llegado al corazón de todo el mundo, debido a la sencillez de sus gestos y de sus palabras. Las visitas a la cárcel Regina Coeli y a los pequeños enfermos del hospital romano Bambin Gesù, las salidas a las parroquias, hicieron de él un obispo muy popular. La histórica decisión de convocar a un Concilio ecuménico cambió el rostro de la Iglesia, aunque Roncalli no llegó a ver su conclusión.

Justamente, mientras el Concilio seguía su curso, muchos obispos propusieron proclamar a Juan XXIII santo por aclamación. Su sucesor, Pablo VI, prefirió seguir las vías canónicas, por lo que se puso en marcha un proceso canónico y se unió a Roncalli con su predecesor Pío XII.