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El tributo del templo

Del santo Evangelio según san Mateo 17, 22-27

En aquel tiempo, mientras Jesús y los discípulos recorrían juntos la Galilea, les dijo Jesús: Al Hijo del Hombre lo van a entregar en manos de los hombres, lo matarán, pero resucitará al tercer día. Ellos se pusieron muy tristes. Cuando llegaron a Cafarnaún, los que cobraban el impuesto de las dos dracmas se acercaron a Pedro y le preguntaron: ¿Vuestro Maestro no paga las dos dracmas? Contestó: Sí. Cuando llegó a casa, Jesús se adelantó a preguntarle: ¿Qué te parece, Simón? Los reyes del mundo, ¿a quién le cobran impuestos y tasas, a sus hijos o a los extraños? Contestó: A los extraños. Jesús le dijo: Entonces, los hijos están exentos. Sin embargo, para no darles mal ejemplo, ve al lago, echa el anzuelo, coge el primer pez que pique, ábrele la boca y encontrarás una moneda de plata. Cógela y págales por mí y por ti.

Oración introductoria

Señor, inicio mi oración con la señal de la cruz, puesto que en ella está la síntesis de mi fe. En este gesto quiero manifestarte que creo en la santísima Trinidad, espero y confío en tu gracia y misericordia y te amo con todo mi corazón.

Petición

Jesús, que mi amor por ti se manifieste en mi amor y servicio a los demás.

Meditación del Papa

Justicia y misericordia, justicia y caridad, bisagras de la doctrina social de la Iglesia, son dos realidades diferentes sólo para nosotros los hombres, que distinguimos atentamente un acto justo de un acto de amor. Justo, para nosotros, es “lo que se debe al otro”, mientras que misericordioso es lo que se dona por bondad. Y una cosa parece excluir a la otra. Pero para Dios no es así: en Él, justicia y caridad coinciden; no hay acción justa que no sea también acto de misericordia y de perdón y, al mismo tiempo, no hay una acción misericordiosa que no sea perfectamente justa.
¡Qué lejana está la lógica de Dios de la nuestra! ¡Y qué diferente es de nuestro modo de actuar! El Señor nos invita a acoger y observar el verdadero espíritu de la ley, para darle pleno cumplimiento en el amor hacia quien lo necesita. Pleno cumplimiento de la ley es el amor, escribe san Pablo: nuestra justicia será tanto más perfecta cuanto más esté animada por el amor por Dios y por los hermanos. Benedicto XVI, 18 de diciembre de 20111.

Reflexión

Si nos pusiéramos a contar los sueños irrealizados, los proyectos personales sin concluir, las ideas que no han tomado forma, llenaríamos muchas cajas.

El joven que no concluye sus estudios, la chica que no se decide a formar un hogar, el empresario que no se atreve con un negocio, el profesor que no se actualiza, son ejemplos de personas que no llegan a realizarse en sus vidas.

Y tú, ¿quieres conseguir el ideal que te has propuesto en la vida? ¿estás dispuesto a pagar el impuesto que supone el sacrificio de luchar hasta lograr el objetivo?

Gracias a Dios, hay muchos hombres y mujeres que lo han conseguido antes que nosotros. Inventores como Bell, científicos como Pasteur, santos como San Javier, pagaron en su vida con el dinero justo, la moneda precisa.

Cristo nos invita a dar lo necesario de nuestra parte, para no quedarnos a medias, entre sueños e ilusiones, sino que nos ofrece el camino de su cruz, que es el sacrificio, para llevar nuestro ideal de vida hasta el fin.

Propósito

Revisar cómo estoy inculcando en mi familia el cumplimiento de los deberes como ciudadano.

Diálogo con Cristo 

Jesús, ayúdame a entregar mi vida en el servicio y en el amor a los demás, como Tú lo hiciste. Ése es el único camino con el que puedo corresponder a tantos dones con los que has enriquecido mi vida. Las excusas abundan, las tentaciones se multiplican, pero tu gracia es superior a todo.

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Actos diminutos que mueven al mundo

Actos diminutos que mueven al mundo

Estoy en la cocina, junto al estudio donde una de mis hijas escucha, por enésima vez, la música de la cinta “Los Miserables”, que la tiene enamorada. Y entonces, en lo que estoy horneando pienso en Víctor Hugo, autor de este libro prodigioso.

La obra entera se sostiene en un simple gesto, el del pobre y caritativo obispo Myriel: aprovechándose de su hospitalidad, el ex convicto Jean Valjean le ha robado los cubiertos de plata, único “tesoro” de aquel sacerdote. Valjean es detenido por la policía y llevado en presencia del obispo.

Para ayudar a Valjean, Myriel cuenta que ha sido él quien le ha regalado la plata al antiguo reo y que, de hecho, éste ha olvidado, con las prisas, llevarse dos candelabros de ese material, y se los entrega.

Al quedarse a solas con Valjean, el obispo lo perdona, le regala la plata y le pide que rehaga su vida y se convierta en un buen hombre. La narrativa de Víctor Hugo es un enramado maravilloso de un árbol de redención; la redención ―en flor― de aquel gesto, imprime para siempre el corazón de Valjean.

Y entonces, con esa maravillosa música de fondo que llega a mi cocina, pienso en la grandeza escondida en las cosas pequeñas. Cómo un gesto de amor dulce cambia las vidas de tantos, de todos. El pensamiento generoso del obispo Myriel corre rápidamente a la boca y salva, así, lo insalvable: el enorme abismo del abuso de confianza y el desengaño que justificadamente me provoca el otro.

Ya que estamos en ésas ―y seguramente porque estoy cocinando por vez primera lo que promete ser una deliciosa receta de galletas de limón―, recuerdo a los hobbits y al bueno de J.R.R. Tolkien.

En una carta, recordaba cómo “El Señor de los Anillos” sostenía la grandeza de la vida corriente: “así son a menudo los trabajos que mueven las ruedas del mundo. Las manos pequeñas hacen esos trabajos porque es menester hacerlo, mientras los ojos grandes se vuelven a otra parte” (Tolkien, J.R.R., Cartas, Carta 186, abril de 1956, pág. 289.).

El libro es creíble porque lo nuestro ―lo del hombre de a pie― es la tarea pequeña, la de todos los días (hornear estas galletas para mi familia, por ejemplo). Y también recuerdo cómo nuestra sociedad consumista nos hipnotiza para creer (nadie sale librado) que lo valioso es lo que hace ruido, lo que se ve, lo que sobresale y, claro, mi vida, la tuya, la del vecino es, bajo esa perspectiva, tan gris, tan sinsentido…

Suena el teléfono. Es mi mamá que me cuenta cómo la conmovió el último rezo público del Ángelus, del Papa Benedicto XVI. Y mientras sigue sonando la música de “Los Miserables” y mis galletas ya están en el horno, abandono a Tolkien y pienso en ese anciano que se sabe ya débil, físicamente, para lo que su Iglesia requiere, y piensa que es el mismo Dios quien le pide desaparecer para dedicarse a la oración.

Él, el personaje público, el que dirige los destinos de tantos millones, el líder moral, el que habla en nombre de Dios, quiere hacerse silencio.

Lo pequeño, lo pequeño otra vez, anudando los pensamientos de este día. Recordándome cómo esos hilos invisibles, diminutos, nos sostienen a todos. Y veo la luz de mi trabajo escondido pero que quiere ser bien hecho.

Las lágrimas que nadie observa pero que ofrece, por amor a su Dios, un paciente de cáncer en una clínica de la Patagonia. El ama de casa que quiso ser luminaria… de su familia. El suspiro cansado de una monja de clausura que renunció a su vida para sostener la mía. El correr diario de un padre que quiere darse tiempo para su familia. Tantos gestos diminutos pero hondos, ésos que mueven al mundo.

El gran pecado hoy, es sentirnos solos, insignificantes, impotentes. Pero es mentira. Somos los que actúan, los callados. Somos esperanza que se mueve. Somos ―si quieres, si quiero― el gesto amable, hospitalario, que abriga al mundo. Víctor Hugo, Tolkien, Benedicto, tú y yo. Ya se escribía, en el encuentro de Valjean y Myriel:

El hombre abrió sus ojos asombrado.
―¿De veras? ¿Sabíais cómo me llamo?
—Sí ―respondió el obispo―, ¡os llamáis mi hermano! (Víctor Hugo, “Los Miserables”, Antares, p. 61.)