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Hasta Que Maria Dió a Luz

Muchos concluyen que José y María tuvieron relaciones matrimoniales después del nacimiento de Jesús. Para afirmar esto se apoyan en el texto de Mateo 1, 25, donde encontramos esta referencia a José y María que algunas versiones de la Biblia traducen generalmente así:

“Y no la conoció hasta que dio a luz un hijo, al cual le puso por nombre Jesús.”

Sin embargo, concluir que este pasaje implica que José y María tuvieron relaciones después del nacimiento de Jesús es una seria malinterpretación del término “hasta que” en la manera en que es usado en las Escrituras. En la Biblia, la palabra “hasta” es usada a menudo en una manera específica que implica solamente el cumplimiento de ciertas condiciones. No indica nada acerca de lo que ocurre después de que esas condiciones sean cumplidas. Es evidente que San Mateo hace esta aclaración necesaria para indicar que el niño nació de María por medios divinos y no humanos. Por consiguiente, el versículo en cuestión no implica, en modo alguno, que José y María tuvieran relaciones después del nacimiento de Jesús. Los siguientes ejemplos nos ayudarán a clarificar el asunto sin lugar a dudas:

1 Corintios 15, 25 – Porque debe él reinar hasta que ponga a todos sus enemigos bajo sus pies.

Claramente, Jesús reinará también después de que haya subyugado a todos sus enemigos.

Mateo 28, 18-20 – Estoy con vosotros hasta el fin del mundo.

¿Quién concluiría que Jesús no estará con nosotros después del fin del mundo? Sin embargo, deberíamos aceptar esta interpretación si también concluimos que José y María tuvieron relaciones después del nacimiento de Jesús.

2 Samuel 6, 23 – Y Mical, hija de Saúl, no tuvo hijos hasta el día de su muerte.

Difícilmente hubiera sido posible para Mical el tener hijos después del día de su muerte. No obstante, si queremos ser consistentes, deberíamos asumir que sí los tuvo si afirmamos que José y María tuvieron relaciones después de que Jesús nació, aduciendo las implicaciones de la frase “hasta que”.

Deuteronomio 34, 5-6 – Allí murió Moisés, el servidor del Señor, en territorio de Moab, como el Señor lo había dispuesto. El mismo lo enterró en el Valle, en el país de Moab, frente a Bet Peor y nadie, hasta el día de hoy, conoce el lugar donde fue enterrado.”

Todavía nadie sabe dónde está enterrado Moisés, por supuesto, aunque ya hayan pasado miles de años desde que se escribió este relato. Es claro que el uso de la frase “hasta el día de hoy” no implica necesariamente la cesación de lo que se afirma antes de dicha frase.

1 Macabeos 5, 53 – Durante todo el trayecto, Judas fue recogiendo a los rezagados y animando al pueblo hasta llegar a la tierra de Judá.

Resulta obvio que Judas Macabeo no cesó de animar al pueblo luego de haber llegado a la tierra de Judá.

Juan 5, 17 – Pero Jesús les replicó: “Mi Padre trabaja hasta ahora y yo también trabajo”.

¿Dejó el Padre de trabajar después de que Jesús pronunció esta frase? Obviamente no.

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La solidaridad en el corazón y mensajes de los Papas

La solidaridad en el corazón y mensajes de los Papas

Podemos encontrar diversas definiciones para el término, sin embargo más allá de una descripción académica podríamos decir que la solidaridad es un sentimiento que hace que los hombres convivan de una manera más cercana porque se refiere al apoyo que se dan unos a otros para conseguir objetivos comunes, para subsanar la debilidad de unos con la fuerza de otros, para brindarse protección mutua y respaldo, y hasta podemos llegar a decir que es una muestra de fidelidad y amor que fortalece la unión y la hermandad de las familias, de los amigos, de una comunidad y de una sociedad entera.

Como suele suceder en todo lo humano, aún lo que es bueno de sí se puede corromper, así no deja de ser lamentable que muchas veces la solidaridad sea manejada por los medios de comunicación o por los gobiernos y hasta por algunas empresas con fines comerciales o políticos, utilizando la palabra para campañas espectaculares que si bien ayudan, se convierten en un espectáculo para enmascarar problemas sociales, económicos o políticos perdiéndose el sentido profundo de la verdadera solidaridad.

Sin embargo volviendo al sentido verdadero de la solidaridad al ser una virtud tan necesaria y noble no podía estar lejos de la mente de los Papas en muchos de sus mensajes y desde luego en sus encíclicas, es por ello que en este breve artículo presentaré algunos textos referentes al tema.

El primer Papa en utilizar el término fue Pio XII

En muchos de sus mensajes, así se refería a ella: “Los problemas socioeconómicos sólo pueden ser resueltos con la ayuda de todas las formas de solidaridad: solidaridad de los pobres entre sí, de los ricos y los pobres, de los trabajadores entre sí, de los empresarios y los empleados, solidaridad entre las naciones y entre los pueblos. La solidaridad internacional es una exigencia del orden moral. En buena medida la paz del mudo depende de ella.

“La virtud de la solidaridad va más allá de los bienes materiales. Difundiendo los bienes espirituales de la fe, la Iglesia ha favorecido a la vez el desarrollo de los bienes temporales, al cual con frecuencia ha abierto vías nuevas. Así se han verificado a lo largo de los siglos las palabras del Señor: ‘Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura’ (Mt 6, 33)”.

En su encíclica “Summi pontificatus”. Pio XII en una época donde la violencia llegó al extremo de llevar al mundo a una guerra mundial y los sentimientos nacionalistas se exacerbaban escribía hablando sobre los errores que se difundían:

Un error, ‘hoy ampliamente extendido, es el olvido de esta ley de solidaridad humana y de caridad, dictada e impuesta tanto por la comunidad de origen y la igualdad de la naturaleza racional en todos los hombres, cualquiera que sea el pueblo a que pertenezca, como por el sacrificio de redención ofrecido por Jesucristo en el altar de la cruz a su Padre del cielo, en favor de la humanidad pecadora.

En otros mensajes profundizaba sobre el tema:

“Juzgamos necesaria aquí una advertencia: la conciencia de una universal solidaridad fraterna, que la doctrina cristiana despierta y favorece, no se opone al amor, a la tradición y a las glorias de la propia patria, ni prohíbe el fomento de una creciente prosperidad y la legítima producción de los bienes necesarios, porque la misma doctrina nos enseña que en el ejercicio de la caridad existe un orden establecido por Dios, según el cual se debe amar más intensamente y se debe ayudar preferentemente a aquellos que están unidos a nosotros con especiales vínculos. El divino Maestro en persona dio ejemplo de esta manera de obrar, amando con especial amor a su tierra y a su patria y llorando tristemente a causa de la inminente ruina de la Ciudad Santa.

“Pero el amor a la propia patria, que con razón debe ser fomentado, no debe impedir, no debe ser obstáculo al precepto cristiano de la caridad universal, precepto que coloca igualmente a todos los demás y su personal prosperidad en la luz pacificadora del amor”.

En los textos anteriores notamos inmediatamente como la solidaridad va más allá de las clases sociales, de las situaciones económicas, de los regionalismos y promueve al hombre a enfocarse en la paz y el amor aún en las épocas más críticas.

Juan XXXIII, el Papa Bueno, no podía dejar de lado hablar del tema

Así en su encíclica “Mater et Magistra” nos decía:“Hay que advertir también que en el sector agrícola, como en los demás sectores de la producción, es muy conveniente que los agricultores se asocien, sobre todo si se trata de empresas agrícolas de carácter familiar. Los cultivadores del campo deben sentirse solidarios los unos de los otros y colaborar todos a una en la creación de empresas cooperativas y asociaciones profesionales, de todo punto necesarias, porque facilitan al agricultor las ventajas de los progresos científicos y técnicos y contribuyen de modo decisivo a la defensa de los precios de los productos del campo.

“Con la adopción de estas medidas, los agricultores quedarán situados en un plano de igualdad respecto a las categorías económicas profesionales, generalmente organizadas, de los otros sectores productivos, y podrán hacer sentir todo el peso de su importancia económica en la vida política y en la gestión administrativa. Porque, como con razón se ha dicho, en nuestra época las voces aisladas son como voces dadas al viento”.

Veía el Papa que sí en todos los grupos sociales la solidaridad es necesaria tal vez en el campo tenía una aplicación más puntual por las características mismas de la actividad y de la naturaleza de los campesinos que casi siempre forman parte de los sectores más desprotegidos.

Paulo VI, el Papa que proyectó la solidaridad en los pueblos

El pontífice al que designó el Espíritu Santo para concluir con el Concilio Vaticano II en su encíclica “Populorum Progressio” hace un enfoque que va más allá de las personas individuales y lo proyecta a los pueblos:

“El deber de solidaridad de las personas es también de los pueblos. ‘Los pueblos ya desarrollados tienen la obligación gravísima de ayudar a los países en vías de desarrollo. Se debe poner en práctica esta enseñanza conciliar. Si es normal que una población sea el primer beneficiario de los dones otorgados por la Providencia como fruto de su trabajo, no puede ningún pueblo, sin embargo, pretender reservar sus riquezas para su uso exclusivo. Cada pueblo debe producir más y mejor a la vez para dar a sus súbditos un nivel de vida verdaderamente humano y para contribuir también al desarrollo solidario de la humanidad.

“Ante la creciente indigencia de los países subdesarrollados, se debe considerar como normal el que un país desarrollado consagre una parte de su producción a satisfacer las necesidades de aquellos; igualmente normal que forme educadores, ingenieros, técnicos, sabios que pongan su ciencia y su competencia al servicio de ellos”.

No cabe duda que si se hubiesen escuchado las palabras de Paulo VI viviríamos en un mundo con mucho mayor equilibrio y probablemente se hubieran evitado muchos de los conflictos y revoluciones que tantas muertes y calamidades han ocasionado.

El beato Juan Pablo II

El Papa que llegó tan inesperadamente a ocupar la cátedra de San Pedro en su encíclica “Sollicitudo Rei Socialis” remarcaba que:

“…es la solidaridad. Esta no es, pues, un sentimiento superficial por los males de tantas personas, cercanas o lejanas. Al contrario, es la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos.

Esta determinación se funda en la firme convicción de que lo que frena el pleno desarrollo es aquel afán de ganancia y aquella sed de poder de que ya se ha hablado. Tales “actitudes y estructuras de pecado” solamente se vencen —con la ayuda de la gracia divina— mediante una actitud diametralmente opuesta: la entrega por el bien del prójimo, que está dispuesto a “perderse”, en sentido evangélico, por el otro en lugar de explotarlo, y a “servirlo” en lugar de oprimirlo para el propio provecho (cf. Mt 10, 40-42; 20, 25; Mc 10, 42-45; Lc 22, 25-27). El ejercicio de la solidaridad dentro de cada sociedad es válido sólo cuando sus miembros se reconocen unos a otros como personas.

Los que cuentan más, al disponer de una porción mayor de bienes y servicios comunes, han de sentirse responsables de los más débiles, dispuestos a compartir con ellos lo que poseen. Estos, por su parte, en la misma línea de solidaridad, no deben adoptar una actitud meramente pasiva o destructiva del tejido social y, aunque reivindicando sus legítimos derechos, han de realizar lo que les corresponde, para el bien de todos. Por su parte, los grupos intermedios no han de insistir egoísticamente en sus intereses particulares, sino que deben respetar los intereses de los demás”.

Impacta la definición de que la solidaridad no es un sentimiento pasivo, sino una acción solidaria para buscar soluciones que nos lleven al bien común, es responsabilidad y compromiso para con quienes más lo necesitan a costa del esfuerzo y sacrificio personal, pero al mismo tiempo contrasta con la propuesta de los socialismos ateos con su manejo del odio entre las clases.

Y nuestro querido Papa emérito Benedicto XVI decía el 21 de mayo del 2012:

“La solidaridad significa en primer lugar que todos se sientan responsables de todos; por tanto no se la puede dejar solamente en manos del Estado”, y explicó.

“Vuestra acción debe inspirarse en la caridad: aprender a ver con los ojos de Cristo y dar al otro mucho más que lo necesario externamente, darle el amor que necesita”.

En concreto, el Papa se refirió a “donar el propio tiempo, las propias habilidades y competencias, la propia instrucción, la propia profesionalidad; en una palabra: la atención a los demás, sin esperar nada a cambio en este mundo. Actuando así, no sólo se hace el bien, sino que se descubre la felicidad profunda según la lógica de Cristo, que ha donado todo su ser”.

En pocas palabras, no se trata de lavarnos las manos, sino de asumir en primera persona el sentido de la solidaridad cristiana que es una donación de la misma persona para asumir un papel activo en la aplicación de la doctrina social de la Iglesia. Y en un discurso de mucha profundidad pronunciado la Pontificia Academia de las Ciencias Sociales en mayo del 2008 ampliaba el tema.

La solidaridad es la virtud que permite a la familia humana compartir en plenitud el tesoro de los bienes materiales y espirituales y la subsidiariedad es la coordinación de las actividades de la sociedad en apoyo de la vida interna de las comunidades locales.

Con todo, estas definiciones no son más que el comienzo y sólo pueden comprenderse adecuadamente si se vinculan orgánicamente unas a otras y se consideran como apoyo recíproco. Al inicio podemos esbozar las interconexiones entre estos cuatro principios situando la dignidad de la persona en el punto de intersección de dos ejes, uno horizontal, que representa la “solidaridad” y la “subsidiariedad”, y uno vertical, que representa el “bien común”. Ello crea un campo en el que podemos trazar los diversos puntos de la doctrina social católica que forman el bien común.

Si bien esta analogía gráfica nos ofrece una imagen aproximada de cómo estos principios son imprescindibles los unos de los otros y están necesariamente interconectados, sabemos que la realidad es más compleja. En efecto, las profundidades insondables de la persona humana y la maravillosa capacidad de la humanidad de comunión espiritual, realidades éstas plenamente desveladas sólo a través de la revelación divina, superan con mucho la posibilidad de representación esquemática.

En cualquier caso, la solidaridad que une a la familia humana y los niveles de subsidiariedad que la refuerzan desde dentro deben situarse siempre en el horizonte de la vida misteriosa del Dios Uno y Trino (cfr. Jn 5, 26; 6, 57), en quien percibimos un amor inefable compartido por personas iguales, aunque distintas (cfr. Summa Theologiae, I, q. 42).

Amigos: os invito a permitir que estas verdades fundamentales empapen vuestras reflexiones: no sólo en el sentido de que los principios de solidaridad y subsidiariedad sean indudablemente enriquecidos por nuestra fe en la Trinidad, sino en particular en el sentido de que tales principios tienen la potencialidad de situar a los hombres y a las mujeres en el camino que conduce al descubrimiento de su destino último y sobrenatural.

La natural inclinación humana a vivir en comunidad es confirmada y transformada por la “unidad del Espíritu” que Dios ha conferido a sus hijas e hijos adoptivos (cfr. Ef 4, 3; 1 P 3, 8). En consecuencia, la responsabilidad de los cristianos de trabajar por la paz y por la justicia y su compromiso irrevocable por el bien común son inseparables de su misión de proclamar el don de la vida eterna, a la que Dios ha llamado a todo hombre y mujer. Al respecto, la tranquillitas ordinis [tranquilidad en el orden. Ndt] de la que habla san Agustín se refiere a “todas las cosas”, tanto a la “paz civil”, que es “concordia entre los ciudadanos”, como a la “paz de la ciudad celeste”, que es “disfrute armonioso y ordenado de Dios, y recíproco en Dios” (De Civitate Dei, XIX, 13).

Benedicto XVI eleva el sentido de la solidaridad al relacionarlo con la misma vida de la Santísima Trinidad para redescubrir mediante su práctica nuestro destino último y sobrenatural pero no en un sentido especulativo, sino mediante un trabajo serio para luchar por la paz y la justicia.

Es realmente interesante y apasionante descubrir como los Papas coinciden y al mismo tiempo enriquecen con diversos enfoques el sentido y la praxis de la solidaridad para hacernos un llamado a vivirla como una manifestación de nuestra fe y amor a Jesucristo y sus enseñanzas.

Bibliografía:

Encíclica “Summi pontificatus”. Pio XII
Encíclica “Mater et Magistra” Juan XXIII
Encíclica “Populorum Progressio” Paulo VI
Encíclica “Sollicitudo Rei Socialis” Juan Pablo II

Dedicación al trabajo: lo razonable y lo digno

Dedicación al trabajo: lo razonable y lo digno

En los últimos años, por parte de algunas instancias sindicales europeas, se está estableciendo la reivindicación que rebaja la cantidad de horas semanales a 35. Las empresas, lógicamente, rechazan esa medida, los gobiernos no la aceptan por ahora y, la verdad, muchos de los mismos trabajadores dudan de su oportunidad, más preocupados como están por asegurar el puesto de trabajo y por la cuantía del salario que por trabajar menos horas. En realidad, esa rebaja está más condicionada de lo que parece por la ideología socialista de sus promotores, y tiene menos que ver con las condiciones de trabajo que con el problema del paro. Lo que se pretende con la medida es que las empresas se vean obligadas a contratar más gente; o sea, se reduciría el paro con un reparto más amplio del trabajo existente. Sin embargo, la eficacia de esta medida es bastante dudosa.

En primer lugar, lo que demuestra la actividad económica es que lo más eficaz para combatir el paro es la creación de riqueza y no tanto el reparto de la existente. La activación económica crea empresas y, con ello, puestos de trabajo, mientras que la baja de la productividad es un factor más bien inhibitorio, con consecuencias negativas. Además, los mismos trabajadores, cuando aceptan la medida están pensando en algo muy distinto que los sindicatos: no en trabajar cinco horas menos, sino en cobrar cinco horas como extraordinarias. A ello, además, hay que añadir una razón muy importante, que inclina a considerar esta reivindicación como demagógica: afecta a los que de hecho trabajan menos. El problema aquí no son los obreros industriales o los funcionarios, con los que no se sobrepasa el horario de trabajo estipulado porque entran y salen a la hora. El problema real son los numerosos trabajadores, normalmente de “cuello blanco” y empresas privadas, que de hecho trabajan bastante más de 40 horas semanales, aunque sea esta cifra la de su teórica dedicación. Podemos concluir así que, hoy por hoy, 40 es una buena medida y, por tanto, pasar a tratar el que hemos calificado de problema real.

Un ritmo de vida inhumano con lamentables manifestaciones

Legalmente no se puede contratar un horario desmedido. Hay una legislación bastante estricta en este terreno. Pero hay formas de burlar la ley. Y se burla con demasiada frecuencia cuando se trata de ejecutivos o de personal administrativo de bancos, empresas financieras, de auditoría y consultoría y, en algunos otros casos, de profesionales con titulación universitaria. Se hace asignando una responsabilidad que significa, en realidad, encargar más trabajo del que se puede realizar dentro del horario laboral teórico. ¿Y si trabaja con intensidad y logra acabarlo dentro de ese horario? Pues se le da más, y ya está. Se hace estableciendo una teórica libertad para irse a casa a la hora “legal”, pero de forma que quien lo hace ya sabe que es el primero en la lista cuando hay que hacer reajustes de plantillas (o sea, el primero al que hay que despedir o jubilar anticipadamente) y el último en la lista de ascensos. Se hace desde el momento de entrevistar a los solicitantes, haciéndoles ver que deben vivir para la empresa (por supuesto, con otros términos más elegantes), y rechazando a quien se supone que no estará dispuesto a aceptar una dependencia que se acerca a la esclavitud, como son las mujeres que piensan casarse y tener hijos o quienes muestren devociones sólidas que puedan de algún modo interponerse en la dedicación solicitada. Se hace y a menudo se acepta por todos, pero es inmoral. Es profundamente inmoral.

Es un verdadero fraude de ley. Siendo la ley perfectamente justa, eso ya lo convierte en injusto y, por lo tanto, inmoral. Es un cierto fraude –aquí más relativo– en cuanto que se pagan 8 horas diarias y se exigen más (si se prefiere verlo así, según los términos del contrato se debería pagar el exceso como horas extraordinarias). Pero, todavía más que por las razones anteriores, es inmoral por el profundo desequilibrio humano que causa y el perjuicio humano que ello supone. Desequilibrio, en primer lugar, entre la vida profesional y la vida familiar, en serio perjuicio de esta última: mujeres que ven llegar siempre tarde a un marido agotado a quien no le quedan energías para mostrarse un poco cariñoso ni para la relación conyugal (se han llegado a disparar los casos de impotencia funcional por esta causa, y el auténtico remedio no está en fármacos como la viagra, sino en un estilo de vida más sano); padres que no ven apenas a sus hijos, hasta el punto de declarar, como lo hacía uno, que “sé que mis hijos están creciendo porque mi mujer me pide dinero para ropa”; personas tan absorbidas por su trabajo que no tienen en la cabeza y en la conversación otra cosa, lo que necesariamente enrarece las relaciones familiares.

Hasta que peligra lo más valioso

El desequilibrio es también personal. Además de las repercusiones personales de lo anterior, el agotamiento y el stress disparan los trastornos psíquicos, empezando por la depresión y siguiendo con trastornos de sueño, y provocan que se busque el remedio en fármacos en vez de recurrir al necesario reposo. También, aunque sea más difuso, está el empobrecimiento general que supone polarizarse en una sola actividad, que acaba por incapacitar para cualquier otra, sobre todo para el cultivo de la vida espiritual en todos sus sentidos, desde el cultural (si se lee algo, son diarios económicos e informes empresariales, nada o casi nada de literatura, que queda si la hay para decorar el salón) hasta el religioso, pues desaparece la perspectiva de trascendencia y hay una atrofia para meditar sobre el sentido mismo de la vida y cualquier cosa que vaya más allá de la actividad profesional.

Quienes no resisten el ritmo comprueban con amargura la falta absoluta del más mínimo agradecimiento por parte de la empresa, que se deshace de ellos sin miramientos aunque procure hacerlo con elegancia, y es entonces (demasiado tarde) cuando se dan cuenta de que se han vaciado por el amor menos correspondido de este planeta y se han consumido por una causa que no valía la pena. Dentro de la empresa, este estilo produce una exasperación de la competitividad entre los trabajadores. Una cierta dosis está bien, pero la sociedad debe combinar correctamente solidaridad y competitividad, compañerismo y rivalidad, y la sobredosis de la segunda elimina en la práctica la primera, con lo que supone, no ya de enrarecimiento del ambiente en la empresa aunque se guarden las formas (lo cual no sucede siempre), sino sobre todo de hacer a las personas egoístas e incapacitarlas para lo más noble del ser humano: el amor.

En un sentido objetivo no vale la pena

Esta breve panorámica ya da razón de la gravedad de estos comportamientos y de la irracionalidad de este grado de exigencia. No significa esto que el ideal esté en la total rigidez en los horarios. Es necesario y razonable pedir algunos esfuerzos extra ante algunas contingencias. Todo trabajo, o casi, tiene sus momentos difíciles y sus agobios. Cuando hay una inspección, hay que cuadrar las cuentas a final de año o lo que sea, es lógico que haya que dedicar algún tiempo extra, y la misma solidaridad de los trabajadores con la empresa, que debe ser correspondida, pide que se acuda a remediar las necesidades del momento. Pero otra cosa muy distinta es cuando ese esfuerzo se pide constantemente (y es una solidaridad que aquí no suele ser correspondida) cuando está mal visto irse a la hora e incluso cuando se pide simplemente para demostrar que se vive para el trabajo y la empresa con la idea de que hay que quedarse aunque se haya acabado todo lo pendiente, disimulando mejor o peor que no se está haciendo nada.

No vale decir que se compensa con lo que se gana en esos empleos. En primer lugar, a veces no es así en términos absolutos. En segundo lugar, muchas más veces no lo es en términos relativos: Si se divide lo que se cobra por el número de horas dedicadas, resulta un trabajo más bien mal pagado. Y en tercer lugar, aunque se gane mucho, el precio que hay que pagar por ello es a todas luces excesivo. Lo que se puede comprar o vender tiene un límite, marcado por la dignidad de la persona y sus exigencias, y con este tipo de excesos se traspasa. Además, es menos voluntario de lo que se pregona y puede parecer a primera vista. Si una esfera profesional (en la cual para trabajar se han gastado varios años, es para la que uno está preparado y responde a su inclinación profesional) está de hecho cerrada si no se aceptan estas condiciones draconianas, puede hablarse más de imposición que de libertad.

Nada es inevitable

Hay otro argumento esgrimido en defensa de estas actuaciones: que son inevitables por la durísima competencia que obliga a una constante política de reducción de costes. Es una verdad a medias. Para quien sólo es capaz de pensar a corto plazo, responde efectivamente a inexorables leyes de la economía. Para quien sea capaz de mirar con más perspectiva, no es así. El equilibrio y el reposo necesario redundan en la intensidad y la calidad del trabajo. El ser humano tiene límites y es peligroso, cuanto menos, jugar con ellos. El cuidado de la persona por parte de la empresa es devuelto, la mayor parte de las veces, con la misma moneda, con lo que se evitan comportamientos poco leales por parte de los empleados. Además, el descuido de estos aspectos genera una propensión a la práctica inmoral en la gestión empresarial, lo cual es un mal para toda la sociedad y puede llegar a acabar con la empresa misma. No faltan ejemplos recientes, y muy sonados, precisamente de promotores de este estilo. Y, en último extremo, subsiste un principio fundamental que debe ser respetado: no es el hombre para el trabajo, sino el trabajo para el hombre.

No teman a los que matan el cuerpo, pero no el alma

Del Santo Evangelio según San Mateo 10, 24-33

El discípulo no es más que el maestro ni el servidor más que su dueño. Al discípulo le basta ser como su maestro y al servidor como su dueño. Si al dueño de casa lo llamaron Belzebul, ¡cuánto más a los de su casa! No les teman. No hay nada oculto que no deba ser revelado, y nada secreto que no deba ser conocido. Lo que yo les digo en la oscuridad, repítanlo en pleno día; y lo que escuchen al oído, proclámenlo desde lo alto de las casas. No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Teman más bien a aquel que puede arrojar el alma y el cuerpo a la Gehena. ¿Acaso no se vende un par de pájaros por unas monedas? Sin embargo, ni uno solo de ellos cae en tierra, sin el consentimiento del Padre que está en el cielo. Ustedes tienen contados todos sus cabellos. No teman entonces, porque valen más que muchos pájaros. Al que me reconozca abiertamente ante los hombres, yo los reconoceré ante mi Padre que está en el cielo. Pero yo renegaré ante mi Padre que está en el cielo a aquel que reniegue de mí ante los hombres. 

Oración Introductoria

Aquí estoy ante ti, Jesús mío. Vengo ante ti para estar unos momentos contigo. Te pido que renueves mi amor, mi fe y mi confianza en ti. Además te quiero pedir una cosa más, que jamás me aparte de ti. Señor, ayúdame a sacar el mayor provecho posible de esta meditación.

Petición 

Jesús, ilumina mi alma y mi mente para escuchar tu voz, en la meditación, y seguirla.

Meditación del Papa

“¿Acaso no se vende un par de pájaros por unas monedas? Sin embargo, ni uno solo de ellos cae en tierra, sin el consentimiento del Padre que está en el cielo. Ustedes tienen contados todos sus cabellos. No teman entonces, porque valen más que muchos pájaros”. Dios nunca se deja ganar en generosidad. Como buen Padre, nos consiente y nos da toda clase de bienes, aun aquellos que no nos atrevemos a pedir; pero como buen Maestro, también nos educa y nos enseña a vivir confiados en Él, poniendo al mismo tiempo de nuestra parte para corresponder a su amor.
La confianza, es una virtud elemental en toda relación humana, y cuánta más confianza deberíamos tener en Dios.
Recuerden, cuando eran pequeños, aquella vez que paseaban por la ciudad. Caminaban de la mano de su pPadre, alegres. Como todo niño miraban a todas partes, no temían nada estando al lado de su padre. Voltearon a ver a su papá y le dijeron que lo querían, no con palabras sino tan solo con una mirada… se sentían seguros.
Sabían que su papá no dejaría que les ocurriera nada malo, nada que pudiera dañarlos. Pues Dios, que es nuestro Padre celestial, jamás va a permitir nada semejante para nosotros. Tenemos garantía en el Evangelio de que así será, y en el presente no es la excepción: “Ustedes tienen contados todos sus cabellos. No teman entonces, porque valen más que muchos pájaros”.
Ya lo decía Santa Teresita de Lissieux: “Lo que le duele a Dios, lo que hiere su corazón es la falta de confianza en Él”.

“Al que me reconozca abiertamente ante los hombres, yo los reconoceré ante mi Padre que está en el cielo”.
¡Que Qué más queremos, si Jesús mismo intercede por nosotros ante el Padre! Tan solo hay una pequeña aunque costosa condición: Reconocerle abiertamente ante los hombres. Esta condición es pequeña pero difícil porque muchas veces preferimos “quedar bien” ante nuestros amigos, compañeros de trabajo, ante la sociedad…
Nuestra manera de reconocerle ante los hombres, y así no ser negados por Cristo ante el Padre, es dar testimonio de vida con cosas tan simples como ir a Misa, confesarse y -si llega el caso- defender la fe. De este modo Cristo estará feliz con nosotros y será nuestra garantía el día final.

Propósito

Hoy daré testimonio de mi fe invitando a un amigo a hacer una visita a la Eucaristía.

Diálogo con Cristo

Señor, te pido que me des la gracia de jamás negarte delante de los hombres. Te pido fortaleza, fe y amor para dar testimonio con mi vida. SeSé que me costará pero contigo a mi lado todo lo puedo. Te amo, Señor.

Re-conciliar trabajo y familia: el eje de “la ambición femenina”

Re-conciliar trabajo y familia: el eje de

Son autoras del libro la profesora del IESE Nuria Chinchilla y la investigadora Consuelo León. En él se pone en evidencia un problema social y cultural ante el que numerosas personas y familias, y sobre todo la mujer, se enfrentan cotidianamente.

Motu proprio, y como declaración de principios, las autoras afirman que “las mujeres queremos la libertad de poder poner en el currículum vitae ´casada y madre´; de quedarnos embarazadas o decir que vamos a estarlo en breve; y ser también reconocidas como algo más que una fuerza de trabajo cualificada, interesante, eficiente y complementaria del varón. En definitiva, aspiramos no sólo a no esconder a nuestra familia, sino a hacerla compatible con nuestro trabajo profesional. A la vez pretendemos que esto no sea el resultado de una batalla particular, sino el reconocimiento de un derecho social”.

El lector se encuentra ante un libro directo, hasta el punto que, citando a Timothy Leary, afirma: “las mujeres que buscan ser iguales a los hombres carecen de ambición”.

La rotundidad de tales aseveraciones puede inducir a pensar al lector que va a sumergirse en un nuevo memorial de agravios, como en tantos clásicos del feminismo, en los que, en base a tópicos más o menos fundamentados, de lo que se trata es del enfrentamiento entre sexos, de desvalijar y subvalorar al varón, de culpabilizarlo de las deficiencias, insuficiencias y limitaciones que históricamente gravitan sobre la mujer. Las autoras de este libro, sin embargo, pretenden todo lo contrario: establecer relaciones de igualdad hombre-mujer, pero no de identificación. Y lo formulan con formas suaves, sin rastro de queja o resquemor y con optimismo, porque vislumbran un horizonte mejor a construir entre los dos.

Porque la familia es de los dos

El libro repasa la historia de la mujer en el mundo con datos antropológicos y sociológicos, describe la variedad de situaciones laborales hoy existentes, analiza la preocupante baja natalidad en el Primer Mundo y en especial en España, y, con sentido práctico, incluye una panorámica actualizada de ayudas a la familia en los diversos países (desde las excedencias hasta las prestaciones directas, del permiso de paternidad a las infraestructuras de apoyo) que pueden ser de utilidad para familias, organizaciones sociales y administraciones públicas.

Aun valorando positivamente el apoyo de los entes públicos a la familia, las autoras entienden que se sustentan en un error conceptual, ya que “la mujer trabajadora con cargas familiares es la destinataria en muchos países de las ayudas, porque se entiende que es ella quien tiene la obligación de ocuparse de la casa”, cuando en realidad, la familia es de los dos, marido y mujer.

Una aportación central, posiblemente la más relevante desde el punto de vista de creación de doctrina, es la idea que Chinchilla y León lanzan del “feminismo de la maternidad”, eje vertebrador de la diferencia de la mujer y el hombre.

En base a datos de estudios europeos sobre países desarrollados, Chinchilla y León recuerdan que el 60 por ciento de las mujeres ambiciona hacer compatible trabajo y familia, el 20 por ciento centra su actividad sólo en la familia y el 20 por ciento restante sólo en el trabajo. La mujer ha avanzado mucho en la actividad laboral y abundan los altos cargos, pero todavía sigue la discriminación en la selección de personal, “no por razón de sexo, sino por el hecho de ser, o poder llegar a ser, madre”. Más aún, muchas mujeres son despedidas con subterfugios cuando se sabe que están embarazadas. Ellas aseguran que “las mujeres sueñan con políticos, empresarios y agentes sociales que apuesten por este valor de renta fija, pero a largo plazo, que es la maternidad”.

El concepto “Empresa familiarmente responsable”

En este contexto, las autoras se hacen eco del elevado porcentaje de rupturas matrimoniales y entienden que, en parte, derivan de haber descuidado la vida familiar en esta sociedad en que lo que vale es lo que se cuantifica con dinero. Chinchilla y León explican que las personas “somos como un malabarista chino que intenta mantener muchos platos en el aire. Uno es de porcelana, la familia. El resto son de plástico y, aunque sean importantes, pueden ser repuestos si se caen”.

Desde el punto de vista de la empresa, el libro aporta el desarrollo y explicación del concepto “Empresa familiarmente responsable”, término acuñado gracias a línea de investigación conciliación trabajo-familia impulsada por el IESE desde hace seis años, dentro hoy del Centro de Internacional de Trabajo y Familia. La empresa, además de misión específica como creadora de riqueza tiene una responsabilidad social externa y una misión interna que hace referencia a sus empleados. Los directivos y directivas de nuestro tiempo son referentes fundamentales en toda esta tarea, son ellos los que “gracias a su integridad, liderazgo y capacidad ejecutiva” pueden repensar la empresa y flexibilizarla teniendo en cuenta las necesidades y perfil de su plantilla, la naturaleza y posibilidades de la entidad que dirigen. Especialmente útiles pueden resultar para ello los dos capítulos dedicados a liderazgo personal y gestión del tiempo, que completan el panorama social, legislativo y empresarial del problema.

Expertas en equipos

Las autoras sostienen que la mujer puede conseguir un verdadero liderazgo y realizar una gran aportación social si sabe mantener su especificidad, porque “la mujer que abandona su feminidad y admira al varón hasta imitarlo es al final fagocitada por el sistema y no podrá ser agente positivo de cambio”. Este liderazgo de la mujer puede ser mucho más fuerte de lo que aflora a la superficie: “Las mujeres podemos enseñar a los hombres que el éxito no siempre está asociado al poder formal. Nosotras buscamos más la influencia –poder informal– y trabajar en algo que nos guste junto a personas con las que nos llevamos bien. Por eso podemos llegar a ser expertas formando equipos”.

La Carta de Derechos de la Unión Europea señala que “la principal prioridad en política familiar es la puesta en marcha de medidas que permitan conciliar la vida familiar y la profesional”. Chinchilla y León creen que se están produciendo avances significativos en ello y un “feminismo integrador” se está abriendo paso.

Liderazgo

Liderazgo

Liderazgo entendido como saber mucho, querer compartir y querer a las personas

Si hay una palabra de moda en el mundo de la gestión empresarial es liderazgo. Es lógico: al final, un directivo básicamente dirige personas para conseguir un fin común. Liderazgo es, precisamente, la capacidad del directivo de que otros le sigan en ese objetivo común, es decir, que hagan lo que él quiere.

¿Y qué hace falta para ser un líder? Pues, depende de si uno quiere ser un líder mundial, nacional, municipal… es decir, depende de cuántas personas quieres que te sigan. Yo aquí hablaré de un liderazgo más modesto; el que debo ejercer para que mis colaboradores me sigan. Sobre este tema hay escrito carretas y carretones, probablemente de mucha utilidad. Sin embargo la dificultad que, al menos yo, encuentro es que me dan tantas directrices que, al final, no sé ni por dónde empezar. Para ser líder hay que motivar, comunicar, hay que tener visión, etc., etc. Para mí son muchas variables, no me caben en la cabeza y mucho menos las puedo llevar a cabo. Por esto me he planteado un ejercicio más sencillo para identificar algunos componentes del liderazgo.

Un ejercicio interesante puede ser el pensar en personas a las que a lo largo de nuestra carrera profesional, hemos seguido. Una vez identificadas, podemos pensar qué cualidades tenían esas personas, esos jefes, con los que hemos trabajado muy a gusto y siguiendo lo que nos decían. Yo he hecho este ejercicio y me sale lo siguiente. Uno sigue a aquellas personas que saben mucho de la materia que se trata. Pero no solo saben, sino que saben enseñar y comparten su conocimiento. Es decir, sigo a aquellos de los que he aprendido mucho porque eran grandes profesionales del tema que llevaban entre manos y lo sabían compartir.

Pero no es suficiente. Porque gente que sabe mucho, hay bastante. Hace falta otro componente. Normalmente seguimos a aquellos que, no sólo saben sino que se han preocupado por nosotros, por nuestra carrera profesional, por nuestro futuro. Seguimos a ese ‘jefe’ que nos ha defendido delante de ‘sus’ jefes y que ha puesto el interés de los colaboradores por encima del suyo propio. Seguimos a ese jefe que tienen interés genuino en el desarrollo de los colaboradores y no sólo y exclusivamente en alcanzar los objetivos empresariales previstos, que aparecerán luego en su curriculum de logros personales.

En definitiva, seguimos a aquellos de los que aprendemos y que se preocupan por nosotros. Es una receta sencilla, pero quizá útil para conseguir un ambiente profesional mejor y un equipo de trabajo más eficiente.

Para trascender hay que servir

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En una ocasión, una alumna en su graduación de preparatoria comenzó su discurso diciendo: “Para trascender hay que servir.” Trascender: “ir más allá del límite”; “la inmortalidad del alma.” ¿Por qué debía esto venir al caso en una graduación?

El tema de la trascendencia importa particularmente cuando la vida está por tomar otro rumbo, o cuando se empieza a forjar un futuro, ya que de los ideales depende hasta dónde una persona pueda llegar.

El deseo de trascender del ser humano se refleja, entre otras cosas, en tantas ciencias, filosofías, y corrientes que ahora estudian la muerte, la vida, el duelo.

Es un tema que a todos concierne, que está ahora de moda, y del cual todos tarde que temprano nos sentimos con derecho a opinar. Y esta alumna opinó que para que nuestro paso por la tierra no sea estéril, es necesario servir.

Servir a Dios = trascender

¡Cuántas ocasiones no tenemos durante nuestra vida de reflexionar sobre estas verdades!

Navidades, años nuevos, muertes, nacimientos, graduaciones, etcétera, servir… en un velorio es tan claro que la vida es corta, que Dios existe, que los seres queridos se marchan, que la mayoría de las veces no dejamos más que recuerdos, que hay que aprovechar el tiempo, que debe haber algo más.

En la vida ordinaria, ¿será tan claro? ¿por qué será que el ser humano puede asistir a un sin número de velorios y no buscar una vida de servicio a los demás? ¿o porqué no decidirse a vivir cara a Dios? ¿a servir a Dios? ¿Le faltarán razones?

Hay una frase que dice: “fuertes razones hacen fuertes acciones”. La vida eterna debiera ser una fuerte razón, sin embargo a veces pareciera que no hemos entendido lo que hay que hacer para ganarla. Tenemos la brújula descompuesta y lo consideramos algo relativo, siendo que Dios ha querido mostrarnos el camino.

Inteligencia y voluntad

Se dice que el valor de un hombre no depende tanto de la fuerza de su entendimiento, como de su voluntad.

Y entonces habrá que considerar si más bien es que no hemos querido entender lo que debemos hacer para ser coherentes con nuestra fe, para vivir cara a Dios, sin miedo a la muerte.

¿Será que quiero llegar al polo norte, pero pienso que el norte está para el sur? o ¿será más bien que quiero llegar al norte caminando hacia el sur? porque claro está que el deseo de trascender lo llevamos todos.

El corazón del hombre: su conciencia

En una persona la inteligencia puede estar muy clara, pero si la voluntad estuviera mal orientada, por más esfuerzos de entender, su conciencia quedó ofuscada.

Y es que la voluntad es querer y queremos también con el corazón. Cuidado donde uno lo ponga, porque ahí, sí que será donde en la vida ordinaria se manifiesten nuestras razones.

Pascal lo decía así: “el corazón tiene razones que la razón no entiende”.

Si estamos en esta vida para trascender, ¡qué bueno es reflexionar sobre la muerte y sobre la vida! pero igual de bueno es encaminar a diario la voluntad y el corazón a la voluntad de Aquel que nos puso en este mundo.

Es la capacidad de amar lo que nos hace superiores a cualquier creatura, pero en la libertad de corazón, si no ponemos esfuerzo podemos errar el camino.

“Nunca digas nunca”

“Nunca digas de esta agua no beberé.” Cuántas veces a la vuelta de la vida cambia la manera de concebir los principios morales, o se tiene un credo pero resulta que se opta por actuar de manera contraria. Le pasaba a San Pablo: “Hago el mal que no quiero y dejo de hacer el bien que quiero.”

Por lo tanto, el riesgo de todo ser humano no está en equivocarse, sino en equivocarse y no darse cuenta que está equivocado, o permanecer en un camino que antes no hubiera elegido por las razones equivocadas, porque como consecuencia se nubla su inteligencia.

El detalle del “nunca digas de esta agua no beberé” en las cosas que a la moral o al alma se refieren, no debe ser tanto el riesgo de beberla alguna vez, sino el de continuar bebiéndola por la comodidad, la ignorancia, el miedo de no reconocer el error, o el famoso “todo mundo lo hace.”

La conciencia tiene esa capacidad de auto convencimiento. Quien no vive como piensa acaba pensando cómo vive y tal vez es por esto que a pesar de reflexionar muchas veces durante nuestras vidas, no logramos ser totalmente coherentes.

“Preguntarle a Dios que quiere de mí equivale a preguntarle qué debo hacer para ser feliz.”

¿Cómo y cuanto servimos a Dios y a los que nos rodean? al pensar en la muerte y en el camino de la vida, ¿será importante tener ideas claras?

Si. Pero no bastan. Hacen falta convicciones profundas para poner el corazón en su lugar, fortaleza para levantarlo incontables ocasiones, para pedir perdón y fe para volver a entregárselo a Dios cuantas veces sea necesario, luchando día con día.

Es importante saber a dónde vamos, es importante preguntarle a Dios a donde quiere que vayamos, esa pregunta es personal, pero puede requerir consejo de algún director espiritual para afinar la conciencia. Y mucho valor para actuar en consecuencia.

Sin embargo, toda elección implica una renuncia, y si elijo trascender he de renunciar a una vida cómoda y sin servicio. “Lo que hace falta para conseguir la felicidad, no es una vida cómoda, sino un corazón enamorado” San Josemaría.

Chistoso, porque ahora llamamos amor a muchas cosas que no lo son y pretendemos tener una fe al gusto del cliente.

Es contradictorio pretender amar a Dios y luego no buscar el camino para llegar Él. Es contradictorio elegir, solo en ciertos momentos de reflexión de nuestra vida, una meta de trascendencia y pretender llegar a ella por el camino fácil. No puedo querer llegar al norte caminando hacia el sur.

“Dichosos los limpios de corazón porque verán a Dios”

Hay quienes opinan que seguir a Dios es algo muy difícil o no tan valioso en el mundo moderno.

Nadie niega que ir contracorriente y aceptar la voluntad de Dios cuesta trabajo. Pero en realidad, es reconfortante saber que para trascender en esta vida no es necesario no equivocarse nunca, ni tener siempre todas las virtudes. Ya que de ser así ni San Agustín, ni la magdalena, ni tantos otros lo hubieran logrado.

La fe y la esperanza están en admitir que Dios no pierde batallas y por eso vale la pena entregarle la vida entera, comenzando y recomenzando lo que haga falta.

Y justo porque nos ama tal cual somos, y no nos pide no caernos nunca, tampoco bastan, aunque ayudan mucho, las buenas intenciones y las buenas obras para trascender… basta el amor: poner el corazón en donde Dios quiere que lo ponga.

“El día que me muera. Dios no me va a juzgar por los lugares de la tierra que he tenido la dicha de conocer, ni por la gente importante a la que he tratado, ni por los recuerdos que conservé de mi juventud. En el fondo, no querrá saber a cuantos leprosos atendí, ni cuanto afán puse en que los niños aprendieran. Cuando muera y me encuentre frente a frente con Cristo, Jesús sólo se va a interesar por mi amor: como he amado, cuanto he amado, a quien he amado, por qué razón he amado. Y en la respuesta a estas preguntas estará mi salvación.” San Juan de la Cruz.