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Cómo reconciliar trabajo y familia

Cómo reconciliar trabajo y familia

La Ambición Femenina. Cómo re-conciliar trabajo y familia
Nuria Chinchilla y Consuelo León

Nuria Chinchilla, profesora del IESE, consultora de empresas y miembro de distintos Consejos de Administración, y Consuelo León, periodista e investigadora del Centro Internacional Trabajo y Familia del IESE, creen que es posible armonizar las exigencias profesionales y una vida familiar satisfactoria. Los obstáculos tienen que ver sobre todo con una organización laboral inadaptada a la maternidad.

— Explican en el libro que la ambición femenina es querer vivir el trabajo como un valor compartido con otros intereses, fundamentalmente con la familia. ¿La colaboración del varón pasa por contagiarse de esa ambición?

— N.C. La mujer, en líneas generales, tiene un concepto de la ambición más integral que el hombre; abarca más aspectos, no sólo el profesional. Ella quiere una vida integral, armónica, donde trabajo y familia sean compatibles y ahí está precisamente su valor como agente de cambio en las empresas, en las que puede crear cultura al respecto, y hacerlo extensivo a la sociedad.

En ocasiones las revoluciones más profundas son silenciosas, parece que apenas existen, se incorporan a la vida cotidiana como un fluir de cambios y actitudes, hasta que un día descubrimos que están ahí. La re-conciliación del trabajo y la familia es hoy una ambición de hombres y mujeres de todo el mundo desarrollado. Superadas ya las viejas batallas feministas por el voto, la igualdad legal, el acceso a la educación, la independencia económica dentro del matrimonio y la participación en la vida pública y política, el reto se plantea ahora en este otro frente en el que muchos se preguntan: “Lo tenemos todo, pero ¿a qué precio?”.

Nuestro mundo mantiene hoy barreras invisibles que impiden a la mujer desarrollar su ambición femenina plenamente y ser verdadero agente de cambio en su vida personal, familiar, social y profesional. La rutina imperante, la estructura empresarial, la ausencia de complicidad masculina y, en ocasiones, ella misma, son los obstáculos más tercos.

Sin embargo, muchos varones están cambiando. Para muchos de ellos –lo demuestran las encuestas realizadas en las últimas promociones del master del IESE–, hacer compatible trabajo y familia es uno de los criterios para seleccionar una u otra empresa.

Discriminación por maternidad

— Algunos siguen pensando que hay una mano negra contra la mujer, pero en el libro afirman que no hay discriminación en razón de género, sino de maternidad, y que una mujer sin obligaciones familiares casi nunca es un problema. Esto sí que suena nuevo.

— C.L. El mundo laboral, de ordinario, asume mal la maternidad. Pero el coste económico directo no es tal porque lo cubre el Estado. En ocasiones lo que el empresario no está dispuesto a asumir es el coste indirecto de sustituir a una persona, pero quizá porque esto exige un esfuerzo directivo mayor y más creatividad a la hora de prever el relevo. Se habla de que existe una diferencia salarial en torno al 17%, pero debemos tener en cuenta al analizar estos datos algunos factores como la antigüedad –los hombres suelen tener más– y los incentivos o complementos resultantes del logro de unos determinados objetivos que casi siempre han supuesto una inversión mayor de horas al trabajo, algo poco probable en la vida laboral de una mujer con hijos.

— ¿Qué deberían hacer las empresas para facilitar la conciliación de trabajo y familia al hombre y a la mujer? A la hora de las soluciones concretas, ¿hay que distinguir entre las pymes y las grandes empresas?

— N.C. En primer lugar, erradicar la falsa convicción de que la adicción al trabajo y la cultura de largas jornadas laborales implican necesariamente una mayor productividad. Después, abandonar la rigidez directiva que dificulta la flexibilidad espacial o temporal de los empleados, presuponiendo que actuar de este modo rebajaría el compromiso con la empresa y con sus resultados u objetivos. En tercer lugar, acabar con el prejuicio de que la maternidad es un handicap tanto para la empresa como para la propia mujer, que es contemplada únicamente bajo el prisma profesional. Y finalmente, favorecer las medidas de conciliación de la vida laboral y familiar –las que sean factibles en cada empresa en función del perfil de su plantilla y las características de su producción–. En esto hay diferencias entre grandes y pymes pero hay más factores que lo determinan.

Este abundante universo de políticas puede agruparse en varios bloques: flexibilidad en el tiempo, excedencias, políticas de servicios para el cuidado de hijos pequeños y de los ancianos, adaptación del puesto de trabajo, apoyo o asesoramiento profesional/personal y beneficios sociales. No todas las empresas utilizan todas las medidas: algunas están contempladas en la ley, otras van más allá. Muchas no tienen coste para el empresario y constituyen tan sólo una cuestión de cultura empresarial. Lo cierto es que cada empresa debe buscar aquellas medidas factibles para posibilitar la conciliación de la vida laboral, familiar y personal de su plantilla, al tiempo que los empleados aumentan su compromiso con la empresa.

Las “empresas familiarmente responsables” son aquellas que buscan el beneficio, dan un servicio a la sociedad y satisfacen la demanda del mercado. A su vez, son conscientes no sólo de la responsabilidad social –hacia fuera– sino de la responsabilidad interna respecto a sus empleados. Para ello no sólo tienen en cuenta el desarrollo de políticas de remuneración o planes de carrera, sino que se comprometen de un modo explícito a implantar políticas o desarrollar programas que apoyen la conciliación de la vida familiar y profesional.

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Cuidar al hombre y su subsistencia

Cuidar al hombre y su subsistencia

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy quiero centrarme en el tema del medio ambiente, como ya he tenido ocasión de hacerlo en varias ocasiones. Me lo sugiere también el Día Mundial del Medio Ambiente, patrocinado por las Naciones Unidas, que lanza un fuerte llamado a la necesidad de acabar con los residuos y el desecho de los alimentos.

Cuando hablamos de medio ambiente, de la creación, mi pensamiento se dirige a las primeras páginas de la Biblia, al libro del Génesis, donde se dice que Dios puso al hombre y a la mujer en la tierra para que la cultiven y la custodien (cf. 2,15). Y me surgen unas preguntas: ¿Qué significa cultivar y custodiar la tierra? ¿Realmente estamos cultivando y custodiando la creación? ¿O la estamos explotando y olvidando?

El verbo “cultivar” me trae a la mente la atención que el agricultor tiene por su tierra, para que dé fruto, y este sea compartido: ¡cuánta atención, pasión y dedicación! Cultivar y custodiar la creación es una indicación de Dios dada no solo al principio de la historia, sino a cada uno de nosotros; es parte de su proyecto; significa hacer crecer el mundo con responsabilidad, transformarlo para que sea un jardín, un lugar habitable para todos.

Benedicto XVI ha recordado en varias ocasiones que la tarea confiada por Dios Creador a nosotros requiere captar el ritmo y la lógica de la creación. Pero a menudo nos dejamos llevar por la soberbia de la dominación, de las posesiones, del manipular, de aprovecharnos; no la “custodiamos”, no la respetamos, no la consideramos como un don gratuito que debemos cuidar. Estamos perdiendo la actitud de la admiración, de la contemplación, de la escucha de la creación; y por lo tanto ya no somos capaces de leer lo que Benedicto XVI llama “el ritmo de la historia de amor entre Dios y el hombre”. ¿Por qué sucede esto? Porque pensamos y vivimos de una manera horizontal, nos hemos alejado de Dios, no leemos sus signos.

Pero el “cultivar y custodiar” no solo incluye la relación entre nosotros y el medio ambiente, entre el hombre y la creación, tiene que ver también con las relaciones humanas. Los papas han hablado de ecología humana, estrechamente vinculada a la ecología ambiental. Estamos viviendo en una época de crisis; lo vemos en el medio ambiente, pero sobre todo lo vemos en el hombre. La persona humana está en peligro: eso es seguro, la persona humana hoy está en peligro, ¡de allí la urgencia de la ecología humana! Y el peligro es grave porque la causa del problema no es superficial, sino profundo: no es solo una cuestión de economía, sino de ética y de antropología. La Iglesia ha insistido en varias ocasiones; y muchos dicen: sí, es justo, es verdad… pero el sistema sigue como antes, porque lo que domina es la dinámica de una economía y de unas finanzas carentes de ética.

Quien hoy dispone no es el hombre, es el dinero, el dinero, la plata manda. Y Dios nuestro Padre ha dado el encargo de custodiar la tierra, y no el dinero, sino a nosotros: a los hombres y a las mujeres. ¡Nosotros tenemos esta tarea! En cambio a los hombres y a las mujeres se les sacrifica ante los ídolos del lucro y del consumo: es la “cultura de lo descartable”. Si se rompe un ordenador es una tragedia, pero la pobreza, los necesitados, los dramas de tantas personas terminan siendo normales. Si una noche de invierno, cerca de la via Ottaviano (en Roma ndr), por ejemplo, una persona muere, eso no es noticia. Si en muchas partes del mundo hay niños que no tienen nada que comer, eso no es noticia, parece normal. ¡No puede ser así! Sin embargo, estas cosas forman parte de la normalidad: que algunas personas sin hogar mueran de frío en la calle, no es una noticia. Por el contrario, una reducción de diez puntos en las bolsas de algunas ciudades, es una tragedia. El que muere no es noticia, ¡pero si se reducen en diez puntos las bolsas es una tragedia! Así es como las personas acaban siendo descartadas, como si fueran residuos.

Esta “cultura de lo descartable” tiende a convertirse en la mentalidad común que nos contagia a todos. La vida humana, la persona ya no se percibe como valor primordial que debe ser respetado y protegido, especialmente si son pobres o discapacitados, si todavía no sirve –como el niño por nacer–, o no sirve más, como los ancianos.

Esta cultura de los residuos nos ha hecho insensibles incluso a los desechos alimentarios, que son aún más desechados, cuando en todas las partes del mundo, por desgracia, muchas personas y familias sufren hambre y desnutrición. En tiempo de nuestros abuelos se ponía mucho cuidado en no tirar nada de los restos de comida. El consumismo nos ha hecho acostumbrarnos a un exceso y desperdicio cotidiano de la comida, a la cual a veces ya no somos capaces de darle el justo valor, que va más allá de simples parámetros económicos. Recordemos, sin embargo, ¡que la comida que se desecha es como si fuese robada de la mesa de los pobres, de los hambrientos! Invito a todos a reflexionar sobre el problema de la pérdida y el desperdicio de los alimentos, para que se identifiquen las vías y los mediosde evitarlo, de manera que enfrentando seriamente este problema,ustedessean vehículo de la solidaridad para compartir con los más necesitados.

Hace unos días, en la fiesta del Corpus Christi, habíamos leído la historia del milagro de los panes: Jesús alimenta a la multitud con cinco panes y dos peces. Y la conclusión del relato: “Comieron todos hasta saciarse y recogieron los pedazos que habían sobrado: doce cestas” (Lc. 9,17). Jesús les pide a sus discípulos que nada se pierda: ¡ningún desperdicio! Este es el hecho de las doce cestas: ¿Por qué doce? ¿Qué significa? Doce es el número de las tribus de Israel, simbólicamente representa a todo el pueblo. Y esto nos dice que cuando la comida se comparte de manera justa, con solidaridad, no se priva a nadie de lo necesario, cada comunidad puede ir al encuentro de los más pobres y necesitados. Ecología humana y ecología ambiental caminan juntos.

Me gustaría que tomemos en serio el compromiso de respetar y proteger la creación, de estar atentos a todas las personas, para contrarrestar la cultura de los desperdicios y descartes, a fin de promover una cultura de la solidaridad y del encuentro.

Conversando con mis amigos evangélicos sobre el Canon Bíblico

Continuando con la serie de conversaciones entre amigos sobre temas de apologética, les comparto un diálogo ficticio que aborda las diferencias entre la Biblia que utilizamos los católicos y nuestros hermanos cristianos de otras denominaciones. Como de costumbre los argumentos los he recogido de algunas conversaciones con algunos amigos evangélicos. Los nombres de quien participan no son reales.

Miguel: En nuestra conversación mencionabas un texto del libro de los Macabeos para justificar la conveniencia de la oración por los difuntos. He investigado un poco y ya sé por qué no se encuentra en nuestras Biblias. Lo que sucede es que es un libro apócrifo que no pertenecía al canon judío del Antiguo Testamento y por ende, tampoco debe pertenecer a la Biblia.

José: Antes que nada una aclaración: nosotros no les llamamos apócrifos, porque así les llamamos a otros escritos que si quedaron fuera del Canon bíblico, les llamamos “deuterocanónicos” [1], por ser libros cuya canonicidad fue puesta en duda en diversas ocasiones, incluso mucho más que el resto de los libros sagrados que llamamos “protocanónicos”. Pero dejemos a un lado la terminología para centrarnos en lo importante.

Miguel: De acuerdo. Llamémosles “deuterocanónicos” por esta ocasión para utilizar una terminología en común.

José: Gracias. Ahora bien, lo que sucede es que inclusive entre los judíos había un doble canon: el que se suele llamar el canon palestino, que seguían los judíos palestinenses y que solamente contaba con los libros protocanónicos [2], y el canon alejandrino, que seguían aquellos judíos que habían sido deportados y vivían en el extranjero [3]. Ellos utilizaban una traducción en la Biblia, que fue mandada a hacer por el emperador Tolomeo para la biblioteca de Alejandría, conocida como la Septuaginta [4]. Esta traducción de la Biblia llamada así porque fue hecha por aproximadamente 70 eruditos judíos, si contaba con todos los deuterocanónicos. Esta por cierto, era la Biblia que utilizaron Jesús y sus discípulos.

Miguel: ¿Cómo lo sabes?

José: Porque de unas 350 citas del Antiguo Testamento que aparecen en el Nuevo, unas 300 concuerdan con el texto de los Setenta [5]. Es un hecho aceptado fue el texto utilizado por no solo por las comunidades judías de todo el mundo antiguo más allá de Judea, sino por la iglesia cristiana primitiva, de habla y cultura griega [6].

Miguel: Está bien, pero que los judíos y los cristianos hicieran uso de esa versión no quiere decir necesariamente que aceptaran la canonicidad de todos esos libros. Observa por ejemplo, que los judíos actualmente no los aceptan, e incluso en la antigüedad tenemos dos testimonios importantes de parte del judaísmo: 1) Flavio Josefo [7], el gran historiador judío, testifica que los libros que llamas deuterocanónicos no se hallaban en el canon judío, y Filón, el gran filósofo judío de Alejandría y la comunidad judía alejandrina de habla griega, que solía usar la versión de los Setenta, no los llegó a citar nunca.

José: No te niego que los judíos finalmente terminaron por rechazar los libros deuterocanónicos, y ya llegaremos a analizar las causas de eso. Respecto a Josefo no hay que perder de vista el hecho de que él escribe en un momento histórico donde este rechazo comenzaba a verse más marcado y que se hizo definitivo a finales del siglo I, comienzos del II. Ahora bien, en cuanto a Filón de Alejandría, si bien es cierto que no cita los deuterocanónicos, también es cierto que tampoco cita algunos protocanónicos que si están en las Biblias protestantes. En las obras que han sobrevivido de Filón no se encuentran citas tampoco de Ruth, Cantar de los cantares, Lamentaciones, Ezequiel y Daniel [8]. El que haya omitido citar de algún libro no demostraría que rechazara su canonicidad, simplemente que no consideró relevante comentar algo en sus textos.

Miguel: Pero si es un hecho que los judíos los terminaron rechazando, ¿no implica eso que deberían estar fuera del canon? Después de todo el propio apóstol Pablo reconoce que a los judíos “les fueron confiados los oráculos de Dios” (Romanos 3,2). Ellos en lo referente al Antiguo Testamento tenían la autoridad de decidir.

José: No creo que haya que sobredimensionar ese pasaje para hacerle decir algo que no dice. Los judíos, como el pueblo escogido por Dios, se les confió inicialmente la Revelación, pero luego fue confiada a la Iglesia, quien en última instancia podría discernir de manera autorizada y definitiva sobre el canon.

Miguel: Entiendo que la Iglesia Cristiana recibió la autoridad de parte de Dios luego de que los judíos no creyeran en el Mesías, pero en lo referente al Antiguo Testamento, que fue escrito antes de la era de la Iglesia, ellos si tenían la autoridad de decidir.

José: El problema es que estás dividiendo los libros de la Escritura en base a una división humana y organizativa. Antiguo Testamento y Nuevo Testamento son títulos que les damos para agrupar aquellos libros que fueron escritos antes y después de la venida de Cristo, pero todos y cada uno son parte de una misma Revelación progresiva. Respecto al discernimiento definitivo de que libros formarían parte del canon correspondía a la Iglesia por ser la portadora de las llaves del Reino de los cielos (Mateo 16,19). ¿O es que en alguna parte de la Biblia se menciona esta subdivisión y se dice cuando se terminaría de definir el canon? [9]

No podemos colocar la palabra del judaísmo, que en su mayoría terminó por rechazar al Mesías, sobre la del cristianismo en esto. Sobre todo porque se sabe que las principales razones por las cuales ellos terminaron de rechazar esos libros, es porque los apologistas cristianos los utilizaban para demostrarles que Jesús era el Mesías.

Miguel: ¿Que apologistas?

José: Está el testimonio de Justino Mártir, el más célebre apologeta del Siglo II, del cual se conserva un debate con un judío de la época, en el cuál le reclama a su oponente, Trifón, que los judíos habían rechazado la versión de los Setenta por esta causa [10]. La razón es bastante obvia porque hay unos textos tan claros respecto al Mesías en los deuterocanónicos que movían a muchos judíos a hacerse cristianos.

Miguel: ¿Recuerdas alguno de esos textos?

José: Mira el siguiente texto en el libro de la Sabiduría:

“TENDAMOS LAZOS AL JUSTO, que nos fastidia, se enfrenta a nuestro modo de obrar, nos echa en cara faltas contra la Ley y nos culpa de faltas contra nuestra educación. Se gloría de tener el conocimiento de Dios y SE LLAMA A SÍ MISMO HIJO DEL SEÑOR. Es un reproche de nuestros criterios, su sola presencia nos es insufrible, lleva una vida distinta de todas y sus caminos son extraños. Nos tiene por bastardos, se aparta de nuestros caminos como de impurezas; proclama dichosa la suerte final de los justos y SE UFANA DE TENER A DIOS POR PADRE. Veamos si sus palabras son verdaderas, examinemos lo que pasará en su tránsito. PUES SI EL JUSTO ES HIJO DE DIOS, ÉL LE ASISTIRÁ y le librará de las manos de sus enemigos. Sometámosle al ultraje y al tormento para conocer su temple y probar su entereza. CONDENÉMOSLE A UNA MUERTE AFRENTOSA, PUES, SEGÚN ÉL, DIOS LE VISITARÁ” (Sabiduría 2,12-20)

La similitud con lo que le ocurriría a Jesús, el “justo” por excelencia es tan asombrosa que difícilmente puede ser tenida por coincidencia. Observa que allí se habla de un justo que se hace llamar a sí mismo “hijo de Dios”, que era precisamente una de las razones por las cuales los judíos querían matarle: “Por eso los judíos trataban con mayor empeño de matarle, porque no sólo quebrantaba el sábado, sino que llamaba a Dios su propio Padre, haciéndose a sí mismo igual a Dios.” (Juan 5,18). Planean además someterlo al ultraje y a una muerte afrentosa y burlarse de él precisamente como se burlaron de Jesús en la cruz: “Ha puesto su confianza en Dios; que le salve ahora, si es que de verdad le quiere; ya que dijo: Soy Hijo de Dios” (Mateo 27,43; Marcos 15,32)

Miguel: Definitivamente el pasaje parece profetizar lo que le sucedería a Jesús.

José: Y lamentablemente no está en sus Biblias.

Miguel: Está bien, podemos estar de acuerdo en que el criterio de los judíos no puede ser colocado sobre el de la Iglesia Cristiana, pero también he podido averiguar que muchos padres de la Iglesia también rechazaron los libros que llamas deuterocanónicos, y cuando digo muchos, es que eran MUCHOS.

José: Como te decía al comienzo, los deuterocanónicos han estado sometidos en diversas ocasiones a dudas sobre su inspiración y canonicidad, cosa que también ha pasado en menor medida con los protocanónicos. Para ponerte un ejemplo: del Canon del Nuevo Testamento el catálogo más antiguo que ha sobrevivido es el Fragmento de Muratori, datado a finales del siglo II. Allí no son nombradas las epístolas a los Hebreos, Santiago y la 2 Pedro, pero hoy día todos, católicos y evangélicos las aceptamos como parte de la Biblia. Esto demuestra que incluso en una época así de tardía la cuestión del canon no estaba totalmente definida[11].

Si uno estudia la historia del Canon, verá que el acuerdo se fue produciendo paulatinamente, pero este ni siquiera era definido en base a opiniones particulares, sino a decisiones autorizadas en la Iglesia. Allí está el caso de dos ilustres padres de la Iglesia de la talla de San Jerónimo y San Agustín. El primero inicialmente rechazó los deuterocanónicos y el segundo en cambio los defendía. El rechazo inicial del primero cedió ante la solicitud del Papa que los incluyera en la Biblia que utilizó desde aquella época la Iglesia Católica: La Vúlgata latina.

Las primeras decisiones autorizadas del Canon se encuentran en dos documentos. Uno de ellos es el llamado Decretales de Gelasio, cuya parte esencial se atribuye hoy día a un Concilio convocado por el Papa Dámaso en el año 382 d.C. El otro es el canon del Papa Inocencio I, enviado en 405 d.C. a un obispo gálico como respuesta a una solicitud de información. Ambos documentos contienen a todos los deuterocanónicos, sin distinción alguna, y son idénticos al catálogo del Concilio de Trento.

Por eso, más que basarnos en opiniones particulares, que eran perfectamente respetables y comprensibles cuando el tema no estaba zanjado, en la Iglesia nos hemos acogido a decisiones autorizadas. Y no es casualidad que en absolutamente TODOS los Concilios que se han realizado en la Iglesia para definir el Canon (ya sea locales o ecuménicos) siempre se incluyó los deuterocanónicos, tal como sucedió en el Concilio de Hipona (año 393 d.C.) y los tres de Cartago (años 393,397 y 419 d.C.) hasta que fue definido formalmente de manera definitiva en el Concilio de Trento (año 1546 d.C.)

Y no podemos rechazar libros que estuvieron en la Biblia que tuvo la Iglesia durante 16 siglos[12] solo porque en pleno siglo XVI a Martín Lutero se le ocurrió rechazarlos. En su caso, al igual que los judíos, porque le incomodaba lo que decían estos libros, al contradecir su doctrina de la Salvación por la Sola Fe, las oraciones por los difuntos, el purgatorio, etc.

De hecho, aunque muchas personas no lo saben, Lutero intentó sin éxito excluir del Canon del Nuevo Testamento también cuatro libros: Hebreos, Santiago, Judas y Apocalipsis[13].

Miguel: No lo sabía, pero no veo por qué razón habría de hacerlo.

José: Si tuviera que suponer, diría que porque en Hebreos se menciona la posibilidad de perder la salvación (Hebreos 2,3; 5,9), en Santiago se dice que el hombre se justifica por las obras y no por la fe solamente (Santiago 2,24), en Judas se dice que los que crean divisiones en la Iglesia son impíos que carecen del Espíritu Santo (Judas 1,18-19), y en Apocalipsis porque dice que todos serán juzgados de acuerdo a sus obras (Apocalipsis 20,13), todas enseñanzas incompatibles con su doctrina.

Miguel: Muy interesante la conversación, pero quedaron algunos puntos en el tintero que quisiera que conversáramos en una próxima ocasión.

José: Con mucho gusto.

La rutina… ¡no es tan mala!

El trabajo es parte integrante del ser humano en su camino a la santidad.

¿Nos hemos preguntando el “para qué” de nuestro trabajo? Ya sea un trabajo o responsabilidad profesional, o de estudiante o de ama de casa o voluntariado, cualquiera de ellos es “testimonio de la dignidad del hombre, de su dominio sobre la creación. Es ocasión de desarrollo de la propia personalidad. Es vínculo de unión con los demás seres, fuente de recursos para sostener a la propia familia; medio de contribuir a la mejora de la sociedad en la que se vive y al progreso de toda la humanidad” (J. Escrivá de Balaguer, Es Cristo que pasa, cit. nº 47).

Al regresar a nuestras labores rutinarias estamos regresando a lo que, en parte, da estabilidad a nuestras vidas. El tener un trabajo o una responsabilidad de acuerdo a nuestro estado de vida es una bendición de Dios. ¿Lo habías visto de esta manera?

Llevémosla más cerca de Dios.

Con un poco más de tiempo y sin andar corriendo y con prisas, será hermoso aumentar en tiempo y en calidad nuestro contacto con Cristo, Nuestro Señor.

No importa dónde estés, no importa si viajaste o te quedaste en tu lugar de siempre, como en esta época del año todos o casi todos, disminuyen su trajín diario, seguramente tendrás más y mejor oportunidad de entablar una conversación con Dios, y de manera sincera, sencilla, calmada y con mucha fe, esperar ser escuchado. El propio Evangelio lo dice… Marta lo recibió en su casa, María escogió la mejor parte (Luc 10, 38-42).

Éste es un tiempo de quietud para tu alma y un gran regalo para Dios, que siempre está ansioso que le compartas tus penas y alegrías, tus éxitos y tus fracasos, tus anhelos y decepciones, que aunque Él ya conoce todo de ti, le gusta escucharte, sabiendo que tomas conciencia de tu propia realidad, para recurrir y abandonarte en Él.

Solidaridad, virtud del líder

Solidaridad, virtud del líder

Con este suplemento de líderes buscamos ofrecerte elementos del actuar que te hagan cada día ejercer tu papel de forma mas eficiente y eficaz, así como descubrir aquellos elementos y características que un líder como tú debe cultivar y/o fomentar.

Durante el mes de agosto se celebra la solidaridad que es un principio universal de la humanidad, indispensable para la sana convivencia entre los seres humanos.

La vivencia de la solidaridad

A pesar de ser una virtud social elemental muy poco se vive entre la mayoría de los ciudadanos. Es por esto que resulta de vital importancia que quienes ejerzan el liderazgo comprendan que la solidaridad es la virtud del líder por excelencia.

El líder es aquella persona capaz de influir o inspirar positivamente en otros para lograr un fin valioso para su entorno y para con la persona en lo particular, es decir el un bien común.

Por otro lado, la solidaridad es una virtud que ejerce cada uno de los miembros de una comunidad y que consiste en la identificación de los intereses y necesidades de los demás, una identificación que implica una verdadera empatía o ponerse en los zapatos de los demás.

En una comunidad en la que se vive la solidaridad no debería haber desequilibrios y mucho menos una gran desigualdad, ya que al momento en que algún miembro de la misma tenga algún problema los demás le ayudarían hasta que pueda resolverlo.

Ausencia de la solidaridad

Desafortunadamente el materialismo y el individualismo que se fomenta a través de los medios de comunicación y la ausencia de una educación en valores ha hecho que la solidaridad esté generalmente ausente en nuestra sociedad.

Lo vemos manifiesto en las decisiones que toman lo políticos, en particular los diputados, que no alcanzan a entender que el bien común no es la suma de los bienes particulares de personas y de grupos, sino el bien que equilibra mediante la justicia, lo que cada uno merece y puede tener siempre y cuando los demás no se vean afectados.

Por lo anterior no podemos hablar de bien común en una sociedad en donde no se vive la solidaridad, ya que esta virtud social permite lograr el equilibrio entre las necesidades y fines de todos los que buscan en última instancia ser felices.

Elementos de la solidaridad

Uno de los elementos de la solidaridad es el reconocimiento de la dignidad de la persona humana y con ello el entendimiento de que todos somos iguales en dignidad.

Otro elemento es el amor propio y en consecuencia el amor a los demás. Si somos capaces de entender la naturaleza humana que llevamos impresa en nosotros mismos, si somos capaces de amarnos y respetarnos, en consecuencia podremos amar y respetar a los demás que son iguales a nosotros.

El papel del líder

Si el líder es la persona que tiene como vocación influir positivamente en los demás en la búsqueda del bien común, entonces tiene que ser solidario y enseñar a ser solidarios a los demás, de otra forma ese liderazgo tendrá como objetivo un bien particular y el destino de las decisiones será muy pobre y limitado.

Nuestra sociedad necesita con urgencia de líderes dispuestos a dar un testimonio de vida, personas influyentes que hagan de este mundo un mejor lugar para vivir. Comencemos ya a vivir la solidaridad, comencemos entender y reconocer en los otros un yo que también quiere ser feliz.

La solidaridad es la virtud por excelencia del líder de nuestro tiempo.

La economía de la sonrisa

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A menudo acumulamos dinero para conseguir cosas que nos hagan sentir bien, cuando repartir tiempo y dinero con los demás nos hace más felices

Había una vez un rey sabio y bueno que observaba preocupado la importancia que todos daban al dinero, a pesar de que en aquel país no había pobres y se vivía bastante bien.

– ¿Por qué tanto empeño en conseguir dinero?- preguntó a sus consejeros. – ¿Para qué les sirve?
– Parece que lo usan para comprar pequeñas cosas que les dan un poco más de felicidad – contestaron tras muchas averiguaciones.
– ¿Felicidad, es eso lo que persiguen con el dinero? – y tras pensar un momento, añadió sonriente. – Entonces tengo la solución: cambiaremos de moneda.

Y fue a ver a los magos e inventores del reino para encargarles la creación de un nuevo aparato: el portasonrisas. Luego, entregó un portasonrisas con más de cien sonrisas a cada habitante del reino, e hizo retirar todas las monedas.

– ¿Para qué utilizar monedas, si lo que queremos es felicidad? – dijo solemnemente el día del cambio.- ¡A partir de ahora, llevaremos la felicidad en el bolsillo, gracias al portasonrisas!

Fue una decisión revolucionaria. Cualquiera podía sacar una sonrisa de su portasonrisas, ponérsela en la cara y alegrarse durante un buen rato.

Pero algunos días después, los menos ahorradores ya habían gastado todas sus sonrisas. Y no sabían cómo conseguir más. El problema se extendió tanto que empezaron a surgir quejas y protestas contra la decisión del rey, reclamando la vuelta del dinero. Pero el rey aseguró que no volvería a haber monedas, y que deberían aprender a conseguir sonrisas igual que antes conseguían dinero.

Así empezó la búsqueda de la economía de la sonrisa. Primero probaron a vender cosas a cambio de sonrisas, sólo para descubrir que las sonrisas de otras personas no les servían a ellos mismos. Luego pensaron que intercambiando portasonrisas podrían arreglarlo, pero tampoco funcionó. Muchos dejaron de trabajar y otros intentaron auténticas locuras. Finalmente, después de muchos intentos en vano, y casi por casualidad, un viejo labrador descubrió cómo funcionaba la economía de la sonrisa.

Aquel labrador había tenido una estupenda cosecha con la que pensó que se haría rico, pero justo entonces el rey había eliminado el dinero y no pudo hacer gran cosa con tantos y tan exquisitos alimentos. Él también trató de utilizarlos para conseguir sonrisas, pero finalmente, viendo que se echarían a perder, decidió ir por las calles y repartirlos entre sus vecinos.

Aunque le costó regalar toda su cosecha, el labrador se sintió muy bien después de haberlo hecho. Pero nunca imaginó lo que le esperaba al regresar a casa, con las manos completamente vacías. Tirado en el suelo, junto a la puerta, encontró su olvidado portasonrisas ¡completamente lleno de nuevas y frescas sonrisas!

De esta forma descubrieron en aquel país la verdadera economía de la felicidad, comprendiendo que no puede comprarse con dinero, sino con las buenas obras de cada uno, las únicas capaces de llenar un portasonrisas. Y tanto y tan bien lo pusieron en práctica, que aún hoy siguen sin querer saber nada del dinero, al que sólo ven como un obstáculo para ser verdaderamente felices.